24 mayo 2010

Capítulo 10. "Oh, la Habana!, Oh, la Habana!...."

Quien no baila, quien no goza, caballero en mi habana..... Así reza el estribillo de un son popular, de por allá en los 80, y que todavía logro tararear cínicamente sin forzar mucho mi memoria al interactuar con La Habana, la capital de los cubanos, el sitio embrujado que se odia y se ama al mismo tiempo y que convierte en “acto heroico” lo que debía haber sido placer de caminar por sus aceras -destruidas por las raíces de los árboles, hace ya mucho tiempo. La habana, pudiera definirse, como el lugar primordial, el territorio donde las consignas revolucionarias en las paredes (aquellas que han sobrevivido al tiempo, o la falta de mantenimiento) crean una descontextualización aplastante con la realidad que se vive. O como la ciudad que se apaga cuando cae la tarde dejándose ganar por la oscuridad o, como la ciudad que vive del esplendor pasado, pero –como decía mi abuela-lo que fue y no es, es como si no hubiese sido.....
Nosotros, todavía en la vieja mansión de nuestros amigos (que cuidan como fortaleza pues les permite hacer semanalmente los ensayo de su banda) nos sorprende la llegada de mi sobrina: “La Artista” (Dramática desde pequeña), la cual esperábamos desde hacia mucho rato... ‘Ño tío!!!! Es que tuve que venir caminando desde lejos!! –Me decía- mientras nos apretamos fuerte haciendo un intermedio a los espaguetis que, con mucho amor, nos habían preparados los anfitriones. Un millón de historias nos debimos haber contado esa tarde entre risas acompañadas por el jugo “Tropical Island” y la botella de cola de producción nacional que adquirimos en un improvisado mercadito (por dólares) del frente. Después de la sobremesa llamamos un taxi legal, del gobierno (que se conocen como Panataxi), para irnos con todas las maletas y nuestro cansancio hasta la casa donde, mi sobrina “la artista”, había separado verbalmente la renta de un cuarto un par de semanas antes.
- Tu estas segura que esa gente en tu edificio tienes buenas condiciones –le pregunto entretanto acomodamos el equipaje en el maletero.
- Si tío –me responde- yo les dije que ustedes llegaban hoy y que venían con un niño, ellos estaban muy contentos pues en esta etapa no hay mucho turismo.
- Ok, y..... ¿Cuanto es que cuesta la habitación con baño?
- Ellos me dijeron que 35 diarios más la comida, si es que quieren que ellos le preparen desayuno o cena (que fina esta palabra para un cubano eh!).
- ¡ay tío mira que te gusta burlarte!......
- No está mal -responde mi esposa- al menos podemos estar cerca de ti y salir juntos (refiriéndose a la “sobri”).
Nos despedimos de los amigos con la promesa de regresarnos más tarde para continuar la tertulia. El taxi, en su camino, bordeaba un área que, años atrás, había sido sede de unos edificios de oficina y que ahora, convertido en parque, acogían transeúntes cansados o largas filas de espera por el transporte local.
- Oye sobrina –como sorprendido- y es que ahí no habían unas oficinas del hospital.
- Hay tío mijo, aquí cada vez que se cae un edificio hacen un parque, esa es la ultima.(Nos reímos de la frase)
- No muchacho –interfiere el chofer- si en cualquier momento la habana tiene más parques que Holguín y le roba el protagonismo –nos dice con una mirada burlona.
- Y es que Holguín tiene muchos parques? Y es que está muy lejos? –indaga mi esposa
- Ni se te ocurra mami, que eso está al otro lado de la isla y, si multiplicas la distancia por lo malo de las carreteras, entonces está llegando casi a España.
Apretaste mijo! –Me dice alguien desde el fondo tratando de controlar a nuestro pequeño que se desvivía por mirar por la ventanilla.
Llegamos al costado del edificio donde La Artista (ilegal en la habana y que renta un cuarto mensual por algo de 30 CUC) aparentemente nos había separado la habitación. Bajamos todo y, con paso cansado, alcanzamos la cerca que delimitaba los predios de la residencia. Abrimos el pórtico y, rápidamente, una afrocubana “empotrada” en el sillón del portal nos recibe con: Son ellos tu familia? (esto me huele mal...deduzco en cuestiones de segundos) ¡Hay niña que pena! -continua la alquiladora- Pero como nunca me confirmaste le rentamos a otra persona, ya ahora estamos llenos, no tenemos habitaciones... (Todo sin haber movido un músculo del “trono” y mirando al infinito).
Yo sé que en ese preciso momento a mi sobrina le hubiera gustado que se la tragara la tierra. Pero yo, que bajo extrema presión cubana me lleno de calma, la tomo del brazo y bajito, en el oído, le susurro:
- déjalo así, si ella no tiene habitaciones por alguna razón será, todo lo que sucede conviene... salgamos de aquí y después buscamos otro.
- Pero tío....-trata de responderme ella-
- Nada, nada, (dándole poca importancia al desplante y la espalda a la empotrada) dejemos esto así y vamos rápido que ya la noche esta cayendo –al tiempo nos regresamos con la familia a la acera.
- Mira mi niña –nos grita la empotrada desde el lejano portal- ahí hay dos casas que rentan pero no sé si rentan con niños, ve hasta allá.
- Ok gracias -le respondo, porque mi sobrina no podía ni hablar- llegando casi a la esquina.
La situación se empezaba a poner difícil, nos habíamos confiado en que todo estaba resuelto y, definiéndolo en buen cubano, nos “comió el león”. Subimos hasta el tercer piso, donde otra inquilina que le rentaba a mi sobrí nos permite transitoriamente dejar todo el equipaje, en tanto buscábamos, por una hora y dos cuadras a la redonda, un cuarto de renta para los venideros tres días. Todo era cada vez más dificultoso, el que no estaba lleno, no rentaba con niños, estaba en reparación o, en el peor de los casos, no podían rentar a extranjeros por tantos días. Nos regresamos al apartamento de mi sobrina, que más apenada no podía estar y donde, en el ultimo de los casos, tendríamos que apretarnos los 4 durante la noche en su cama (dicen los más optimistas que antes del amanecer la noche se hace más oscura y yo confiaba en ello) Por el momento logramos bañarnos a golpe de jarritos de agua desde un cubo en lo que la sobri preparaba una comida rápida con frijoles y picadillo. Hago unas llamadas a los hoteles de la ciudad por el aquello de que nadie sabe si había algún precio módico desistiendo, después de la segunda respuesta, al darme cuenta que nada había cambiado. Llaman a la comida y mi esposa que se sienta en la mesa con mi hijo. Los acompaño en una de las esquinas. Los frijoles le encienden el bombillo a la artista y de repente le da por llamar a otra amiga que le recomienda una casa de renta a solo unas cuadras. Sin embargo, decidimos comer y caminar luego.
Bajamos las escaleras y enfilamos (tío y sobrina), loma abajo, hasta la casa referida. Nos recibe una señora que, con dos habitaciones disponibles, nos vende el sitio como el más seguro y limpio de todos. Yo, en realidad, ya no tenía mucha más opciones a esa hora como para ponerme pesado. El sitio no estaba del todo mal, por lo menos limpio y organizado con ventilador, aire acondicionado, baño independiente y hasta agua caliente (ni que nos hiciera falta).
- Bueno señora –como cerrando el trato- si me pone la camita para el niño en el cuarto nos regresamos ahora mismo.
- Claro que si, yo voy organizando todo en lo que ustedes regresan.... y no tengas miedo mijo que yo no le voy a rentar a nadie como te hicieron los de la otra casa.
(¿Y como ella se enteró de los que nos había pasado? ¡Coñó!!! Aquí si que los chismes corren rápido) Pero bien, así ya, con más calma, me devuelvo por mi familia comunicándoles que hemos encontrado la morada final de ese día y dándole las infinitas gracias a la anfitriona de las ultimas 2 horas.
Comidos y bañados (gracias a dios, el picadillo de soya y el jarrito del baño) desempacamos todo rápidamente y decidimos devolvernos por los amigos de la tarde para, con ellos, darnos una vuelta por el famoso “vedado”, el reparto más poblado de Latinoamérica, el sitio de donde son la mayoría de los cubanos que viven en el extranjero y que han transformado el barrio habanero en morada previa sobre-poblándolo, de tal manera, que a estas alturas puede tener, sin equivocación, la mitad de la extensión territorial nacional. Es como si todos los Estados unidos dijeran vivir en Manhattan o toda España en el barrio de Salamanca.
Optamos de que el panataxi -ese que habíamos esperado por espacio de media hora a que nos recogiera- nos “aterrizara” en el malecón y calle 23 (sitio de referencia inequívoca) donde la oscuridad se tragaba el litoral sin importarle tener todas las luces encendidas. Cruzamos la calle para sentarnos en el muro donde evitábamos a más de uno que nos vendía el famoso cucurucho de maní a buen precio. Mi hijo disfrutaba el sonido y el olor del mar repitiendo las últimas malas palabras que había escuchado de mi boca. Mi esposa entablaba conversación con nuestra amiga. Yo, con mi sobrina y mi otro amigo, nos debatíamos del por qué las calles tan oscuras. Los autos, con mucho cuidado, trataban de tomar izquierda en la oscuridad y en ausencia del semáforo. La noche fresca (por suerte). El tiempo que pasaba mientras se abarrotaba, cada vez más, el muro malecón. No parecía martes, podría haber sido sábado o domingo. Al menos desde el muro se desconectaba del ambiente cargado del otro lado de la calle –decía alguien-. Todo era como un calmante que decidimos abandonar, después de un rato, para caminar calle arriba en busca de algo más privado. El bar de jazz: muy caro, el “rapidito” por CUC: repleto. Los travesti y las putas se hacían notar en las esquinas y la heladería Coppelia cerrada. A esa altura, nos quedaba la cafetería del Hotel Habana Libre como única opción aunque, ella, nos devolviera los malos recuerdos de, cuando tres años atrás en y escasas 4 horas en la ciudad, habíamos podido tomar solo helado de vainilla de todo un menú súper extenso y en faltante. De todas formas y, presionados por la insistencia de mi hijo de tomar algo, decidimos quedarnos a hacer un segundo intento. Por suerte esta vez el menú no estaba tan mutilado.
Después de algo más de una hora, todos repletos, contentos, cansados de hablar y con mi hijo desmadejado en mis brazos, alcanzamos a parar, en las afueras, otro taxi (este de nombre OK) que sin mucho interrogatorio, pasándonos por el túnel de la calle 31, nos devuelve a cada uno, desapareciéndose rápidamente en la oscuridad de la 7ma avenida, luego de estar seguro que habíamos podido abrir la reja de calabozo que, por puerta frontal, tenia la casa de renta y que la convertía en un punto prácticamente infranqueable.
Día 6. El miércoles amanece fresco y tranquilo, nos levantamos temprano para aprovechar la mañana hasta que, en la tarde, pudiéramos ir con La Artista (que en esos momentos estaba en los ensayos de su grupo teatral) hasta el morro o la habana vieja. Trato infructuosamente de contactar telefónicamente un amigo que me había propuesto transportarnos en su auto. La anfitriona, aprovechando la puerta abierta de la habitación, nos invade con una taza de café y nos propone un desayuno “riquísimo” después del cual resolvemos caminar hasta la no muy lejana costa, sin tener que depender de un transporte. Las aceras todavía no estaban hirviendo pero ya las paradas de ómnibus, adornadas por el “viva la revolución” o el “viva Fidel” del fondo, mostraban largos grupos de espera. Pasamos, despacito, por el acuario nacional (que se repletaba en semana de receso escolar) siguiendo hasta la descubierta costa en la calle 70 (que parecía más basurero que sitio de contemplación) y donde unas cuatro personas practicaban surf. Se respiraba tranquilidad en el sitio pero estaba demasiado sucio como para extendernos en nuestra visita. Nos devolvemos -evadiendo las señales de: “no pise el césped” que nos atacaban por doquier- tratando de encontrar la acera que bordeaba el rimbombante hotel más cercano hasta la calle 3ra y.....ahí mismo, como maldición de miércoles atravesado, comienza nuestra desdicha. Al cruzar la calle con la luz verde peatonal somos casi atropellados por cuatro autos, incluyendo un almendrón y un “tur” (como se definen los autos de renta por CUC), que se apuraban a tomar la derecha en esa intercepción. En otro país esto se hubiera considerado infracción o amenaza al peatón pero, en la habana, nos ganamos el calificativos de “comemierdas” y “échense pa’lla” gritado por los chóferes que se nos encimaban ante nuestras caras atónitas. Asustados e indignados logramos cruzar la calle y, maldiciendo la indisciplina vial, nos refugiamos en un enorme mercado cercano (gloria del pasado y vergüenza del presente) al que se nos prohíbe la entrada por la mochila que cargaba en mi espalda.
- Mire señora que esta mochila es mi cámara, usted quiere se le la abra.
- No, mia, no se pue’entlal con ná, si quiele dejala en el gualda’olso –me responde con un idioma un poco extraño-
Ante la prohibición, y la inseguridad del guarda-bolsos, mi esposa prefiere quedarse afuera con mi hijo y la mochila mientras, yo, me desaparezco a perder mi tiempo en el interior ya que, no obstante al tamaño de la instalación y el historial que lo precedía, la mitad de los estantes y refrigeradores estaban más vacíos que película de post-guerra, ni imaginar entonces que pude encontrar jugos nacionales o el famoso yogurt que, ante mi interrogante, se me describen como: “productos están en falta”...
- Pero estarán en falta hace 50 años ¿no?, respondiéndole a la cajera que me preguntaba como pagaría por los escasos panes, leche y refrescos que maravillosamente había encontrado.
Detallando el cajero descubro que se podía pagar con tarjeta de crédito y, en uno de los actos más ingenuos de mi estancia, decido usar esa vía para ahorrarme, supuestamente, el dinero en efectivo. “Desenfundando” mi tarjeta en el punto de pago descubro que ese tipo de evento en cuba esta hecho, precisamente, para que nunca se nos olvide que la paciencia existe porque el desespero es inevitable. Después de mostrar la tarjeta, la vendedora tiene que ir hasta una caja especial de la tienda, establecer la conexión, pasar la tarjeta, venir de nuevo a pedirme otra identificación con foto, decirte que no te pareces a la foto, esperar por un recibo, anotar el numero de la identificación en él, caminar hasta mí con el recibo para que lo firme, pasar el producto y la tarjeta en su caja, poner en el recibo el numero de la tarjeta y hacerme firmar el ultimo nuevamente en lo que me devuelve la tarjeta y la identificación...!dame paciencia dios mío, dame paciencia!, indiscutiblemente, no pago más con tarjeta en un mercado. Salgo. Mi esposa no me cree que de los 25 minutos dentro del sitio 22 fueron la espera para pagar, ella dice que eso no puede ser posible pues no había cola. Yo desvío la conversación. Nos sentamos en las afueras al golpe de reggaeton y pedimos unos jugos de mangos que se exhibían en una pancarta.
- No mi vida eso está en falta –nos explica (cariñosamente) la joven que atendía que venia y se alejaba al son de la música
- Bueno está bien –tratando de reponerme- dime, en lenguaje claro, que tienes para limitarme a ello.
- Lo que tiene precio y subrayado con lápiz –nos aclara.
Devorábamos entonces (los adultos) la única opción de sandwich con una cerveza (para bajarme los calores del genio). Mi hijo mete una de sus “perretas” al darse cuenta que de la pancarta de helados Nestlé que se mostraba a un lado de la nevera solo “dos” estaban disponibles y, desgraciadamente, eran los únicos que el no había señalado. Logramos convencerlo por uno de ellos al mismo tiempo que mi esposa, “deslumbrada” por los autos de renta parqueados a nuestros costados me pregunta si no era mejor alquilar uno y prescindir de los taxis y los almendrones.
- Mira -le respondo- desdichadamente, y apartándonos del precio de la renta, yo aprendí a manejar en otro país, o sea que si tú le sumas a eso al estado de las calles, las pocas señalizaciones y la indisciplina que se botan mis coterráneos lo más posible es que nos matemos en el primer intento, así que yo prefiero que maneje otro... ¿me entiendes?
- Bueno si tú crees eso pues será mejor así, tú conoces mejor que yo esta ciudad –me responde ella en tono de aceptación-
Terminamos la merienda. Nos despojamos del sitio bordeando la embajada-fortaleza Rusa que se erige, imponente todavía, como símbolo del intervensionismo que se le permitió durante tantos años en la isla. Las calles no tenían mucho tráfico, por ello, seguimos loma arriba sin ningún otro percance automovilístico hasta la casa de renta donde, sin mucho que hacer, la anfitriona, comienza un interrogatorio solapado por las historias de los supuestos extranjeros que han visitado su casa y que inevitablemente regresan al otro año (me imagino porque no hablan español pero, si ella sigue así, yo no regreso más). Me voy hasta el balcón a tirar unas fotos en espera de mi sobrina en lo que, mi esposa y mi hijo, se guardaban del sol en la sala.
- Quieren que les prepare almuerzo –nos pregunta la anfitriona-.
- No gracias ya comimos algo allá abajo en el mercado. (miro a mi esposa) yo creo que lo mejor es llamar un taxi ¿no? – tratando de ponerle punto final al interrogatorio.
La anfitriona nos propone llamar a un amigo pero, este, no estaba disponible. Llamamos a un Panataxi y dejamos nuestras referencias en la casa en caso de que alguien nos llamara. Mi sobrina seguía brillando por su ausencia. 10 minutos más tarde bajamos a la calle sin tener evidencias o rastro de Taxis. La artista (mi queridísima y demorada sobrí), finalmente, aparece por una esquina con paso cansado pues, según ella, había tenido que caminar por algo más de 10 cuadras a nuestro encuentro, le brindo de nuestra agua y subo, una vez más, a contactar la agencia de taxis que me pide paciencia (no jodas, si eso es lo que más he tenido desde que llegué) sin muchas esperanzas bajo y le hago señas a otro panataxi que en sentido contrario gira en U bloqueando la avenida.
- Hasta el morro chofe?
- si como no, monten. -nos responde él.
- Si te es posible irte por el malecón te lo agradecería –le sugiero con la intención de mostrarle a mi esposa el supuesto eclecticismo arquitectónico de la ciudad que parte del periodo colonial español y que para en la década de los sesenta, insertándole algunos elementos post-revolucionarios y hasta buenos ejemplos del Kitsch con, algún que otro, derrumbe o parquecito improvisado. Luego del deleite nos desaparecemos, para alegría de mi hijo, en el túnel de la habana donde el chofer no los describe como el primero de América (fundamentado en esa maldita condición que nos hace pensar que fuimos los primeros del pasado como justificación a ser los últimos del presente). Nos deja en la entrada de la fortaleza del morro, desde donde se podía divisar -después de franquear un millón de vendedores de artesanías que se aglomeraban en el primer nivel- una imponente ciudad que ahora se desvanecía entre el golpe del tiempo y el salitre.
Nos tomamos nuestro tiempo recorriendo las afueras, logramos evadir unos de los cobradores en un pasadizo pues, en teoría, no entraríamos al área de la farola. Llegamos hasta un área solitaria donde nos recreamos por un buen rato. Ya de vuelta, y haciéndonos los locos, tratamos de pasarnos al interior pero los cobradores son infranqueables. Regresamos al área de la entrada y bajamos por un largo trecho hasta unos de los famosos restaurantes pero su soledad nos da mala espina y decidimos no exponernos a una comida que sabe dios desde cuando la guardan. Subimos otra vez y, como quien no quiere las cosas tomamos rumbo a la fortaleza de la cabaña, camino que se nos troncha al enterarnos que estaba cerrado por la inauguración de la feria del libro. Se nos habían acabado las opciones de ese lado y la habana parecía aún muy lejos. Le saco la mano a un almendrón que acababa de dejar a alguien y cuando le digo que vamos para la habana me dice que me lleva pero por 5 CUC. Este se volvió loco......
- 5 CUC hermano? Oye, que solo son 700 metros de túnel eh? –le contesto medio indignado-
- Bueno y cuanto tu me das? Me pregunta el chofer
- ¿Yo? Nada, y muchas gracias por su servicio -dándole la espalda y arrastrando a la tribu hasta el tope.
En nuestro camino, loma arriba nuevamente, el almendrón nos pasa por el lado y parquea un poco más adelante. Mi sobrina no me quitaba la vista y mi esposa, que sabia lo que se avecinaba, le sugiere: déjalo tranquilito que ese está que explota. Yo, parado, meditativo, seguía el ir y venir de los autos en el túnel mientras pensaba: ¿y no es que podremos cruzar ese túnel caminando?
©A. Valdés

10 mayo 2010

Capítulo 9. "La Jineteología"

Día 5: ¡Vamos mamita, que ya es hora!...Intento despertar a mi esposa aprovechando su sobresalto al estallido de un tractor que trataban de arrancar (me da risa) sumándosele al acto una moto karpaty que, como terremoto de Haití, pasa por la esquina de la casa. Mi hijo, en cambio, continuaba durmiendo plácidamente. ¡Vamos, vamos! Que tenemos que levantarnos y recogerlo todo para salir temprano para la habana pues nunca se sabe lo que nos espera en la carretera. Eran como las 7:30 y (¡supuestamente!) el que nos “Peugeotransportaría” hasta la capital estaría recogiéndonos sobre las 9 para que, al mismo tiempo, el chofer fuera hasta la unidad de policía a los trámites anulatorios de la multa. Después de hacer fila para el baño nos sentamos a desayunar, acompañados de mi madre y abuela, que se quedan atónitas con la historia del día anterior habiendo confirmado, antes, con ellas, que todo estaba coordinado para las 9 y poder extendemos entonces, sedados y tranquilos, en una larga conversación matutina que pasaba por accidentes, prisioneros, planes para el viaje, recordatorios y, alguna que otra, llamada telefónica que se troncha (como si no fuera isleño) con la llegada del “Peugeot empolvado” 25 minutos antes de la hora acordada. Parecía increíble. De pronto y hasta los cubanos se acostumbran a ser puntual en los momentos menos esperados. Mi esposa empieza a meter maletas en el “descuarejingadito” ayudada por el otro chofer (el de la mala suerte), mi madre cargaba a mi hijo mientras yo, me sentaba un último momento, con el dueño del carro, a explicarle una vez más lo de la multa no obstante a haberlo hecho la noche anterior. Le pregunto, otra vez, si quiere ir conmigo a la unidad de policía en ese momento a poner la reclamación pues el jefe nos estaba esperando. El me mira con cara de “perrito acobardado” y me deja saber que “NO”, que "no quiere meterse más en candela”.¡Pero si ya lo estabas angelito! -Infiero yo-, pero me repite nuevamente que no, que es mejor dejar las cosas así (me da la sensación que esta “cagao” del miedo) me dice que el paga la multa y deja que las cosas se enfríen…
Mira mi herma –le digo- yo no sé cuál es esa teoría, al final ya tú estás marcado, primero porque ni te vayas a imaginar que la policía no sabe lo que tú haces con tu carro, y segundo por la visita de ayer a la delegación. Si hoy no vas pues le das la razón. Si quieres pagar la multa ok, yo tengo que respetar tu decisión pero me parece que entonces no deberías dedicarte más a esto.
No chico no, no lo veas así –me dice él- acá las cosas son diferentes y ya después yo me las arreglo…. tu vas a ver!.....
Yo, tratando de pensar como él, me quedo mirándolo “lelo”. ¡Ok compadre! –Le digo- haga lo que usted crea y buena suerte, en resumidas esa tu vida y tú sabrás que es mejor para ti. -Ahora entiendo (y lo peor es que no puedo quejarme) cuando las personas, incluidas él, me recomendaban no perder el tiempo en esa reclamación. Es como una reafirmación de ese principio (fundamentalísimo) que guía y mueve la sociedad cubana al son de: “Tienes que dejar que te la metan” (dicho en la jerga más popular), eso es. Es como una enfermedad en la cual no hay cura ni mejoría. Pase lo que pase -a cualquier nivel social- hay que dejar que te la metan y solo quejarte “bajito” (si puedes), o tratar de “metérsela” a otro. ¿Te parece esto gracioso? –Me desahogaba con mi esposa-… yo no sé qué carajo "pintaba" yo ayer comiendo “catibia” por allá tan lejos. Si, ya sé –confrontando la cara de mi esposa- ayer me dijiste que no me podía poner bravo, pero tengo que descargarme ¿no?
Mira –argumenta ella- al menos ahora, después de la entrevista de ayer, tenemos un punto para discutir y reclamar si algo nos sucede por la habana ¿no lo crees?
¡Y si!…creo que sí tienes mucha razón. Es mejor verle la parte positiva a todo esto: Él, se queda con la multa, me sigue manejando y yo, le pago sin coger más lucha con esto aquí pues, en resumidas, cada cual se la resuelve como le han dejado aprender, así que…. mejor me voy con la ola y que sea lo que sea.
Ya para ese tiempo (envuelto en bolsas plásticas para evitar se nos ensuciaran mucho en el “extra sucio” maletero) todo el equipaje estaba montado y, despidiéndonos de los que se quedaban incluido el “aguanta-multa-caratriste”, nos ponemos en marcha. Casi arrancando le pido a mi mujer, que ocupaba el asiento trasero, un pañuelo, aclarándole al chofer que me mira extrañado: Nada hermano, es que si aparece un policía y tengo que ponerme el cinturón, no tengo otra opción que un pañuelo en el hombro pues, la última vez, me dejó una marca prieta que ni a puño con jabón batey quería salir la mancha. El chofer se ríe como si mi explicación fuera un chiste y consiente en que el carrito está un poco sucio pero como no es de él pues no coge “mucha lucha”. Si ya sé -remato yo- esto es también gracias a lo que tantos años nos ha castigado la teoría de: “los que es de todos no es de nadie” y que se jodan lo que vienen. (Silencio rotundo)
Realmente hoy no era un día muy bueno para mí, así que opto por adelantar en el camino sin sacar mucha conversación. Le pido al “chofe” que no me ponga reggaeton ¡por favor! Accediendo amablemente en lo que apaga la radio. Por los primeros 45 minutos del viaje, el camino se hace callado, solo siendo interrumpido por algunos gritos de mi hijo y las preguntas de mi esposa, pero todo marchaba bien, todo en calma.
Ustedes me dicen cuando quieran parar -interviene el chofer cincuenta minutos más tarde- .
Tú no cojas lucha herma que nosotros estamos acostumbrado a tiradas largas, métele la pata y olvídate de eso –le respondo.
Seguimos el viaje en paz. Al “chofe” se le notaban las ganas de hablar pero sin poder encontrar la manera (yo, contento con ello). La carretera que se hacia por momentos estrecha y muy mala….. De verdad que este tipo es muy “guanajo” –rompe el hielo el conductor refiriéndose al dueño del carro- yo no se por que no fue a la policía después que ya te había metido en esto….
No mira, déjame explicarte- le respondo- él no me metió, nosotros nos metimos solos, y al final, si él no quiere buscarse mas problemas es cuestión de él ¿no crees?
Si ya, pero es que él tiene una mala suerte del carajo, todo le pasa a él, a mi nunca me han tocado y eso que yo manejo para todos lados, inclusive, cuando tengo que ir a la habana por lo de la ciudadanía… (Esta es nueva y no me la sabia –pienso yo-) ¿Ciudadanía de donde, hermano, es que tu no eres cubano? Le pregunto con malicia.
Él: la española hermano, la española. (Vaya, otro mas en la “comparsa” de la ciudadanía española, me imagino cuantos más me voy a encontrar en estas andanzas. De pronto, y hasta los negros amigos míos, se están haciendo ciudadanos españoles… ¡quien sabe!)
¿Y es que se demora mucho eso?!Me imagino cuanta gente se está haciendo la ciudadanía verdad!? –lo provoco-.
Él: ¡muchachoooo!, un millón (esta frase ya la habíamos oído), pero que más vas a esperar, hay que escapar de alguna manera ¿no? A mi eso es lo que me queda, pues ya yo lo perdí todo a manos de un “supuesto” amigo y de la extranjera con la que me casé pues la muy descará’ me pidió el divorcio por rebeldía cuando se enteró de que yo andaba con otra…. (Esta conversación se está poniendo buena). Mi esposa, que hasta ese momento se había relegado al espaldar del asiento trasero se hecha un poco hacia alante mostrando inusitado interés en el asunto y me abre los ojos como indiscutible pedido de querer más datos.
Yo: de madre papa, aquí todo el mundo tiene una historia y…. ¿como es eso de la extranjera?
El chofer, entonces, en un tono más “tristón”, divaga sobre la perdida de sus dos carros a manos de un “HP” amigo que se los roba para poder irse del país, mientras él estaba en la cárcel denunciado por el mismo “HP”, un plan maquiavélico que habían creado contra él para sacarlo del juego de la renta ilegal y la búsqueda de los “fulas”. punto donde arranca con lo de su boda con una extranjera que había conocido en el pueblo. La misma que, después, le pidió el divorcio. (Se calla por un momento). Me pregunta: ¿allá donde tú vives conoces muchos cubanos?
Si unos cuantos -respondo- no muchos, pero unos cuantos.
Y es que esta ciudad – insistiendo él nuevamente- (me da su nombre) ¿está muy lejos de donde tu vives?
Yo: no, no mucho, es como a una hora, son como 120 km… ¿es que acaso la extranjera es de ahí?
Él: ah bueno, entonces a lo mejor no conoces a una muchacha que es del pueblo y que vive por allá….
Yo: (regañando a mi hijo que quería abrir la ventanilla) si, si, claro que la conozco, a ella si la conozco y ella vive en ese pueblo, pero que tiene que ver eso con tu historia... (Nos habíamos quedado intrigados)
Él: no viejo, es que con ella fue que me casé y me embarqué…
Yo: pero ven acá mijo ¿no me acabas de decir que tú te habías casado con una extranjera? (mi esposa se acerca mas a mí. para la oreja. los ojos le brillan. no se porque a las mujeres les gusta tanto estas historias macabras, mi hijo se pone insoportable)
Él: si chico, ella es la extranjera, que tiene dos hijos y… (Yo que lo corto)…Espérate hermano, vamos a organizar esto. Ella, de la que me hablas no es ninguna extranjera, es una guajira del pueblo que se fue jineteando y que se nacionalizó en otro país, pero eso no le da el titulo de extranjera. Si me guío por tu comentario entonces yo soy también extranjero ¿no? Explícame eso hermano pues ahora mismo estoy “botao”.
Bueno, es que ella se hace pasar por extranjera y ya la gente la llama así –me aclara él.
Mira lo que son las cosas de la vida –interrumpo nuevamente la conversación- yo vengo con mi esposa, que es nacida en otro lugar, para que conviva conmigo en casa de mi familia y me la catalogan de extranjera cuando no debe ser así y  resulta que esta mujer, nacida, alimentada con boniato y que se jineteó a media playa viene ahora al cabo de los años a hacerse llamar “la extranjera” (me imagino que la negrita del rapidito del capitulo 4 haga lo mismo) pero.. ¡Como cambiar eso, eh! de verdad que nosotros los cubanos no tenemos limites….. (Mientras sigo instigando al chofer para que cuente)
Él: Mira muchacho esa historia es largísima, yo ya había hecho mi fortunita a costillas del alquiler ilegal de autos (se refería a hacer de taxi), pero como tenía un poco de dinero pues me iba hasta la ciudad a “putear” por las noches, y en una de esas noches es que la "tumbé", por lo menos eso creía yo. Estuvimos juntos hasta que ella, a la semana, se fue. Después ella regresó dos veces más, acá, de vacaciones, y como nos iba bien (claro yo le daba su merecido –nos dice el con cara de malicia-) ella me preguntó si me quería casar y yo, que no soy “come mierda”, le dije que si. En resumidas ella es más vieja y yo sabia en lo que estaba ¿no es verdad?
Claro que si –respondo yo-.(mi hijo se va quedando dormido)
Entonces nos casamos -continua él- yo pagué toda la boda que fueron como 2000 dólares….
¿Qué tú pagaste eso? Pregunto extrañado.
Si, yo pagué toda la boda, ella no puso un centavo, nos fuimos de luna de miel y “todo eso” (el significado de el "todo eso" me lo explicó) hasta que ella se regresó y me dijo que me pondría los papeles para sacarme de cuba. Yo pensé que había encontrado la gallinita de los huevos de oro, un poco vieja pero gallina al fin que es lo que uno necesita acá. El supuesto papeleo se demoraba y se demoraba hasta que la llamé un par de veces. Ella solo me decía que tenia que esperar y, como la espera se hacia tan larga decidí, entonces, ya que el dinero seguía apareciendo, de darme por ahí mi “corridita” con mujeres hasta que conocí a otra muchacha (cubana de la isla y que reside en ella, o sea, para nada guajiri-extranjera) y terminamos enamoramos. Pero nada es perfecto hermano –baja la voz- una “informante” de la vieja que vive en el pueblo la llamó para meterle el chisme y la muy descará’ (refiriéndose a la supuesta extranjera) me puso una demanda de divorcio por rebeldía. La última vez que la llamé le dije que no lo hiciera, que si ella quería yo le pagaba todo el proceso para que me sacara y después yo allá me las arreglaba sin tener que molestarla, pero ella no quiso. Me puso los papeles y, al mismo tiempo, la mala con mi familia, la cual me botó de la casa dejándome en la calle, la suerte es que me recogió la otra muchacha con la que estaba saliendo…. ¿Qué te parece?
Espeluznante –respondo mientras miro a mi esposa- (de hecho los dos conocíamos de quien nos hablaba el “chofe”) me parece tremendo eso que me cuentas pero ven acá mijo, ¿y tú no te distes cuenta de que te podía pasar eso desde el principio? Vaya, eso para no decirte que tú fuiste el jineteado en lugar del jinetero!
Bueno si -prosigue él- pero al final yo lo que quería era irme y ni una cosa ni la otra, y arriba de todo mi familia me bota de la casa por culpa de ella.
Bonita familia esa que tu tienes ¿eh? Y.. ¿es que te botan de la casa porque te jineteaste a una jinetera o porque no lograste que te sacara del país? (esquivamos un tractor de cargado de caña quemada)
No hermano –se repone él- esa mujer viró a todo el mundo en mi contra, como ella le traía “regalitos” a todos pues todo se pusieron de su parte.
No te puedo creer -interviene finalmente mi esposa.
Pues si lo vas a tener que creer y todavía no se saben la mejor parte –nos dice.
¿Ah no? Ven acá y que puede haber mejor que eso que te ha hecho esa mujer y tu familia? -le insisto yo, mientras él trataba de esquivar unas personas que, en el afán de llegar a su destino, bloqueaban la autopista mostrando dinero a cuanto carro se le acercaba-
Mira muchacho, esa “yuma” vino una vez más acá y se quedó en casa de mis padres pues a ella en su casa no la pueden ni ver, no se lleva ni con la madre ni con las hermanas y entonces, como era de esperar y haciéndose la dolida, se quedó en mi casa, o sea en casa de mis padres para terminar acostándose con mi hermano que tiene 16 años y mis padres lo aceptaron, inclusive, ahora sigue viniendo y se acuesta con él en la cama donde antes se acostaba conmigo y tiene a todo el mundo dormido con la historia de que se lo va a sacar de cuba muy pronto.
Aguanto (yo) la respiración. Le “meto” una mirada a mi esposa que hace un gesto de repulsa. Retorno la mirada, sin haber, él, quitado los ojos de la carretera (que por momentos les noté aguados) y una vez más, con el aliento cortado, le miro fijamente preguntándole: ¿eso es verdad o es un chiste tuyo?
Coño compadre, no me jodas, que es verdad y todo el mundo en el pueblo lo sabe -responde.
Yo: No, no jodas tú, no es que dicen: ¡pueblo chiquito infierno grande! Entonces ustedes eran los únicos que no sabían que esa mujer era así?
_Si hermano pero yo no sabía que mi familia me iba a traicionar por ella.
Si, es verdad, que tu familia te haya traicionado es lo que más me llama la atención y que dejen que esa “Jineta” se acueste con uno de 16 añitos es una actitud más vergonzosa que la de ella misma. Te voy a decir algo, y es en serio, yo conozco jineteras muy dignas, como igual te digo que no se puede juzgar a la persona por la profesión que tenga pues nadie sabe como ha llegado ahí, pero mijo, si todos en ese pueblo saben quien es ese angelito, o tu eres muy ingenuo o muy mentecato…..
Coño chico no me digas eso –confrontándome.
Claro te lo digo coño, así que tú estabas tratando de jinetear a una guajira que se hacia pasar por extranjera y resultas tú jineteado, arriba de todo, compra a tu familia con pacotilla y te botan a ti de tu casa…
No, yo creo que ella eso lo hace por despecho ¿no crees? –le pregunta mirando a mi esposa.
¿Por despecho? No mijo, eso se hace por “HP”, no me jodas, una cosa es la profesión y otro los sentimientos papito, y ¿ahora donde vives? ¿En casa de la otra novia que te recogió?
_Si, en casa de ella, a esa si no le importó que me haya quedado sin nada…..
No vaya –respirando aliviado- por suerte quedan gente honestas en esta tierra. No si yo te digo a ti que las historias de aquí si que son completamente “surrealista” (creo que esa palabra no la entendió él) y de verdad que no se por que la televisión cubana es tan mala con la cantidad de historias que tienen en la vida real. ¿Me decías tú que el dueño del carro es mal-afortunado? No jodas hermano, que por la historia que me nos haces usted si que es el rey de la mala suerte ¡eh! (y le doy un golpecito en el hombro)
No, si mira –responde más calmado- después de eso me metí en la iglesia y “el señor” me ha guiado por el camino de la paz, pero puedes estar seguro que si logro sacar la ciudadanía española le voy a caer a esa mujer allá a ver que dice. (La suerte es que el señor le ha dado paz por que, de lo contrario, si logra salir de cuba mata a la jinetera) y es que todo viene junto –continua él- pues, casi pegado a eso, es que el supuesto amigo mío, me da la mala con los carros, me meten preso y se va de cuba con el dinero en que los vendió. La suerte es que el dueño de este carro, que me conocía del pueblo y sabe que soy gente honesta, me llama para que le maneje y así me busco los pesos pues sino me hubiera tenido que ir en una balsa, o en un crucero, pues como yo nada más tengo terminado el preuniversitario no creo que me fueran a mandar de misión a Venezuela….
Esta deducción nos saca algo de risas al tiempo que le ponía, él, punto final a toda esta novela que nos había acompañado por las dos últimas horas con un sol que castigaba el techo del “sufrimiento”. Ya no muy lejos se divisaba la mancha de humo negro que tapizaba la habana mientras nos desviábamos un poco antes, en el primer anillo (como se le conoce), para evitar la zona del puerto. Quizás por algún que otro momento tratamos de retomar la conversación pero, los sustos en la vía, nos lo habían impedido. Entramos a la ciudad y yo, hacia un esfuerzo por reencontrarme con la habana de aquellos años en que, desde el cojín de mi bicicleta rusa (afortunado yo) la había descubierto, pero la tarea se me hacia muy difícil en este momento. La ciudad (en arquitectura) no había cambiado mucho. Solo un poco más descolorida, descuartizada y derrumbada pero todavía en pie con ese olor característico que no logro definir. Los semáforos apagados, bicicletas por doquier, las personas cruzando las calles a mediación de cuadra, el niño jugando pelotas en el solar, la señora tendiendo sus sabanas en el balcón y el viejito que vende limones en una carretilla caracterizaban la ciudad a la que había renunciado algunos años atrás, y que ahora me tocaba enseñarle a mi esposa e hijo. Ahí estaba la habana y yo rápidamente guiaba al chofer hasta el punto de desembarque insistiéndole que se arrime a la derecha. Me bajo del carro. Trato de tocar el timbre de la casa de los amigos que nos esperaban. Un señor que pasa por la acera me recomienda chiflar o gritar pues había “apagón” desde la mañana….. ¡Vaya, lo que nos faltaba! Me decido a hacerme notar y grito: ¡Que estoy aquí afuera carajo!!!!!!! Pero nadie se inmuta en la calle. Salen mis amigos muertos de la risa desde el interior de la casa para abrazarnos y ayudarnos con las maletas. Metemos todo apuraditos. Mi hijo se entretiene con los 3 perros y 4 gatos de la casa. Le pago al chofer despidiéndolo con un apretón de manos y una pregunta: ¡bueno que! te vas a llegar hasta la embajada española? (le guiño un ojo). El me devuelve el apretón de manos con un gesto de complicidad. Bueno, ya estábamos en la habana y como dicen muchos: La Habana es Cuba, lo demás es paisaje. Así que todo es permitido.
©A.valdés

26 abril 2010

Capítulo 8.“La maldita delegación"

El que pedaleaba el bici-taxi por 5 pesos cubanos (algo así como 25 centavos dólar), que nos lleva de regreso desde el malecón hasta el centro, sudaba como si hubiera cortado, él solo, los 10 millones de arrobas de caña que se prometieron en los 70 mientras mi esposa, con esa infinita humanidad que la hace sufrir el castigo del prójimo, pujaba y hacia más fuerza -que el mismo bicicletero- en cada lomita que se le interponía en la conquista del llano con su lento pedaleo. No es fácil tener que buscársela de esta manera eh!? Me susurraba ella con cara de clemencia mientras mi hijo, que en lo que iba de día no había abierto mucho la boca, le dio a esa hora por preguntar (en su inglés de 3 años) la causa por la cual tantos niños corrían por el muro del malecón. Graciosamente minutos antes de esto, el mismo “taxista de las tres ruedas”, había estado contando sus anécdotas con supuestos turistas que habían querido pagar su servicio en dinero cubano y yo, que ya me aburría de dar tantas explicaciones acerca del lugar donde vivíamos, intentaba minimizar los efectos del lenguaje de mi hijo haciendo sonar mi voz un poco más alta que él, no obstante a que, sin descuidar su obligado ajetreo -el ciclista-, mirándonos por el retrovisor de la izquierda, preguntara: ¿y el niño en qué idioma habla? A lo que rápidamente, sin dejar que mi esposa “tantaneara” respondo: !tu sabes chico! demasiados jueguitos y muñequitos americanos en la televisión, aparte, como mi mujer no trabaja pues no nos dan circulo infantil.
¡Ahhh!!!! Es que pensé que hablaba ruso jeje!!, remataba él en lo que intensificaba el pedaleo.
Después de esto seguimos el viaje bastante callados para, en algo más de 15 minutos, haber alcanzado finalmente al parque. Le pedimos al bici-taxista que nos deje en una de las intercepciones que nos sacaba directamente a la oficina de nuestro conocido y le pago el valor de su servicio (multiplicado) en divisa. El, amablemente, nos deja en la esquina acordada mientras, con infinito agradecimiento, se guarda los dos dólares que le amplifican más su interrogante de si éramos nosotros "reales" nacionales. Logramos despedimos, dándole la espalda, y arrancamos a caminar, muy despacio evadiendo los “embotellamientos” humanos, por una calle donde la una de las CaDeCa de la ciudad exhibía una fila de condenación que competía con, un poco más adelante, una aún más infernal donde se vendía pan y galletas. No muy rápido logramos “aterrizar”, por esa misma calle, en la oficina del conocido donde, preguntando por él, se nos invita a sentarnos en el improvisado recibidor y donde retomamos, nuevamente, el debate de los “pro y los contra” de ir a la delegación.
Yo sondeando a mi esposa: ….pero mami si ya perdimos la mañana en inmigración sin que se nos haya aclarado nada, al contrario, esa respuesta tan convincente de que: “para con ellos nosotros no tenemos problemas” me hace todo más dudoso ¿de verdad tú crees que valga la pena arriesgarnos en otra aventura?
Yo creo que si –añade ella- en resumidas a lo mejor y nos explican mejor. ¿No crees?
Yo: bueno, si tú lo dices….
Mi amigo, al fin, sale de una de las puertas notando la indecisión de nuestras caras. Nos indaga al respecto. Le contamos lo acontecido en la oficina de inmigración. El, abre los ojos, mueve su cabeza y espera, pacientemente, al final de la historia para preguntar: ¿y es que acaso tú esperabas otra cosa?
No claro que no -le respondo- pero por lo menos deberían tener una mejor justificación preparada ¿no crees?..Bueno, como dicen ellos y mi esposa, yo creo que es mejor ir a la delegación y ver, si allá, nos pueden sacar de esta eterna duda ¿acaso tú sabes dónde está esa famosa delegación?. Nuestro amigo busca a sus lados, se aleja un poco hasta un buró de la recepción para corroborar la posición de la delegación de Minint con otro de sus compañeros de trabajo. ¡Positivo! Ya sabe donde es. Se regresa hasta nosotros, Le pregunto si nos puede llevar en su carro si no es que (teniendo en cuenta los acontecimientos de las multas) le vamos a buscar problemas a lo que él nos devuelve una respuesta irónica: búscame al que me puede decir algo a mi por montarlos en mi carro, allá los estúpidos que se dejan enganchar ¡eh!.
¿Ah sí? Qué bueno –le celebro- y ya que no te vas a buscar problemas, ¿podrías esperar a que comamos algo? Es que tenemos un hambre de desmayo (nos sonreímos)
Claro que si mi herma -responde él- y cuando regresen, déjale saber a la recepcionista para que me busque en mi oficina, Ok? Aceptamos y, con la misma, salimos disparados del lugar, por el ansiado “apoyo estomacal”, hasta a uno de esos cafés que venden todo por chavitos (divisa o CUC, como quieran llamarle) siguiendo, al pie de la letra, las instrucciones de mi amigo de: no comer nada en las cafeterías en moneda nacional para evitar una diarrea (a tanta insistencia era mejor seguir sus consejos ¿no?). Así nos desplazamos, como dos cuadras más adentro, donde nos atrae la relativa soledad de las mesas emplazadas en unos grandes portales de puntal alto. Nos sentamos. De la diminuta carta-menú escogemos la opción más rápida: sándwich de jamón y queso (variante nutritiva que antes de la globalización se conocía como bocaditos) apoyados por unos refrescos nacionales, más el agua embotellada que arrastrábamos desde nuestra salida en la mañana. El lugar, no obstante al lento servicio y comparado con otros del entorno, no estaba “tan” mal, se podía respirar algo de tranquilidad que solo era alterada por algún que otro transeúnte que pasaba, muy pegado al portal, para evitar el golpe del sol. El tiempo pasaba –!tan, pero tan lento!- que hasta nos llegamos hasta relajar un poco cuando, súbitamente, a mi hijo le dan ganas (graciosamente) de ir al baño y yo, que conozco de esa maldita maldición que arrastran los baños de mi país (no importa, inclusive, si son en el área turística) le pido a mi esposa que me deje hacer esta diligencia por ella. Ella accede y llevo al pequeño hasta el “golpeado retrete” señalizado como baño, decisión de la cual todavía me alegro infinitamente pues sí, llega a ser mi esposa la que entra (por equivocación) a este sitio, la hubiésemos tenido que recoger con un infarto en el “suyocardio” al “chocar” con el estado precario de la instalación sanitaria. Yo dentro del “volcán”, aguantando la respiración, le insisto a mi hijo que se apure y que se concentre en la orinada y no en “la decoración” de los alrededores sacándolo de allí tan pronto termina, tiempo (casi paralelo) en el que le hago una seña a mi esposa, en la salida del sitio, para que recogiera y saliéramos de vuelta a la oficina de nuestro amigo lo más rápido posible pues, el tiempo apremiaba y el baño nos espantaba.
Llegamos de vuelta a la oficina. Volvemos a preguntar y la secretaria nos dice: ¡ay mi amor, yo creo que él se fue para una reunión!!
¡No me jodas! (Pienso bajito) pero si acabo de ver el carro allá afuera… pero ahí mismo mi esposa (que me ala la mano) se da cuenta de que nuestro amigo salía por otra de las puertas, con cara de insulto, invitándonos a seguirlo mientras le reclamaba a la secretaria: ¡Maricusa, maricusa! que la reunión es las 5 mijita.....
Nos acomodamos lo mejor posible dentro del mini-auto mientras, evadiendo la multitud en la calle, logramos tomar la vía hacia las afueras riéndonos de las cosas que nos habían pasado y de las que todavía (él) no estaba al tanto. En una de las calles principales de la ciudad, una persona vestida de “amarillo” parada a mediación de cuadra, con un talonario en la mano, un pie en la acera-otro en la calle y rodeado, de unas 15 personas, le hace insistentes señas a mi amigo de que pare el auto. Señal que él respeta inmediatamente en lo que yo le pregunto: ven acá hermano ¿y esto que es ahora?...no me vayas a decir que hay problemas con ese "amarillo" también….
¡Na’! –Responde él- eso son solo inspectores de transito que paran a todos los carros de de placa estatal para que lleves, si es que te ve vacio, algún que otro pasajero que vaya en tu ruta, pero nosotros vamos llenos, así que tranquilo (se ríe). El amarillo rápidamente, nos señala que podemos continuar, al acercarse al auto y constatar que íbamos repletos (pues 4 personas en un Tico de la Daewoo es considerado tumulto).
Yo: oh, mira eso, yo pensé que los inspectores ya se habían acabado.
No papa -dice mi amigo retomando el camino- aquí lo único que se acaba es la comida, lo demás no hay ni quien lo cambie, ni quien lo arregle...(no sé por qué me parece haber escuchado esta frase antes) Y terminamos riendo todos en el carro mientras mi hijo pegaba la lengua en el cristal.
Nos bajamos frente a la entrada de la delegación donde, el custodio (un cadete del servicio militar) nos remite la recepción, donde a la vez, y después de escuchar nuestros motivos, una señora nos remite hasta la segunda puerta del fondo donde la “muchacha que atiende estos casos” no recibiría. Así fue (después de tener tiempo para encender mi MP3) otra mujer (no tan muchacha como nos la habían descrito) nos recibe muy amablemente en su oficina invitándonos a sentar y escuchando, sin interrupciones, la primera parte de nuestra historia hasta que, unos minutos más tarde, se abre “el intercambio” con una primera pregunta muy lógica.
…..Pero…. ¿a quién le pusieron la multa al chofer o a ustedes?
Al chofer –respondo yo- a nosotros no nos pueden poner multa, bueno! me imagino ¿no?..
Muchacha (madura) #1 del Minint: No, claro que no, pero entonces tiene que ser él quien venga a reclamar aquí en patrulla, y que recuerde que tiene solo tres días para hacerlo. (imagino que haya querido decir transito) Pero después de esto, lo que sí me parece, es que esta “agente” quiere salir muy rápido de nosotros (lo cual me hace arremeter nuevamente): Mire señora, déjame ver si me hago explicar, y disculpe si le corté la idea. Yo entiendo eso de, que la multa, la tiene que reclamar el chofer, pero nosotros estamos aquí por una sencilla razón que es, la preocupación, del no saber si ahora van a multar a todo el que nos transporte ¿usted se imagina nuestra posición, no? Y además, ?a que patrulla le va a reclamar él? en ese punto de control, ayer, no había nadie ni de inmigración, ni ninguna patrulla! Y esto se lo decimos con todo el conocimiento del mundo porque, esta conversación, ya la tuvimos esta mañana en la oficina de inmigración.
¿! Ah no!? –indaga sorprendida la muchacha Minint #1- y.. ¿Entonces quien estaba en el punto?
Dos desamparados policías. Le respondo yo.
Muchacha-Minint #1: ¡Ahhhhhh!!!! ¡Eso mismo es! El policía se pensó que el chofer del carro se estaba buscando unos pesos con ustedes y por eso le aplicó el decreto ¡Eso es!... (No sé, me da la impresión que de acuerdo a su respuesta, ella no ve nada de extraño en lo sucedido, y no es porque el chofer no se estuviera buscando los famosos pesos, pero tampoco es como para que quieran, ellos, que tu entiendas algo que no es lógico)
Yo: pero ven acá (frase muy usada en cuba y que “no” requiere un movimiento obligatorio hacia uno de aquel con quien hablas), a mí me gustaría saber cuánto de real hay en una ley que diga que un particular no puede montar a nadie en su carro ¿o es que las multas aquí solo se fundamentan en la percepción de ilegalidad que tenga el policía? Imagínese usted si, mañana que vamos para la habana, van a multar a todos mis amigos que nos monten en sus carros ¡y mira que son unos cuantos!.......
Muchacha-Minint #1: bueno, el problema es que (y ahí tenemos de nuevo la famosa frasecita) ¡tú sabes muy bien cómo es la realidad aquí!...Por ahí hay muchas personas que tienen carros particulares que se dedican al “boteo” (hacer de taxi) para buscarse unos pesos con los turistas y debe ser por eso que ayer ellos le pusieron esa multa al chofer del carro, pero al mismo tiempo, creo también, que se les debían haber explicado o indagado más…. (Yo la corto) Mire señora, la cosa es que el policía en ese punto nunca escuchó la mas minina explicación y solo se dedicó a poner la multa, no obstante a mi insistencia de que revisara la visa..
Y, es que tú tienes la multa ahí? –Pregunta ella.
Claro que si, aquí la tenemos (pasándole instantáneamente el papel a sus manos). Ella, revisa la multa meticulosamente e ingresa, al mismo tiempo, los datos del chofer en la computadora mientras, mi esposa, continuaba dando las mil y una razones para sentirse mal. (Satirizando el momento pienso que si el chofer, no quería hacerse notar, ahora que su nombre está en la computadora de la delegación sí que está marcado para siempre) A ver, a ver... – insiste mi esposa- ¿es que realmente podemos hacer algo para evitarnos más problemas?
Muchacha-Minint #1: Bueno yo creo que si ustedes saben a dónde van a estar, y quién les va a manejar, pues lo mejor es que lo reporten todos esos datos a inmigración con direcciones, nombres y chapas de los carros.
¿Qué? –le objeto sorprendido- Usted sabe lo que representa eso, no? Coño, es que si tenemos que venir y pagar 40 dólares por persona por el cambio de visa para después tener que reportar a inmigración donde vamos a estar, y con todos los que nos vamos a transportar, para poder evitar las multas, eso sí que me parece ridículo. Aquí hay algo que no concuerda ¿Verdad? O nos dedicamos a declarar cuanto paso demos o pagamos los 80 dólares, pero las dos convoyadas son demasiado. En inmigración nos dicen que con el cambio de visa ya todo es legal pero por otro lado, el policía que te para, como nos pasó, convierte en infractor al chofer y el que está en el medio, nosotros, es el más afectado. ¿No crees que están poniéndola muy difícil para alguien que solo viene a ver su familia?
Muchacha Minint #1: (con muy buena actitud) no chico, mira, es que hay mucha gente aquí que se dedica a eso en sus carros particulares…(y pienso yo mientras ella sigue hablando: ¿pero por que prohibir que lo hagan? si en resumidas tampoco es que el transporte del estado esté bueno, ni nada de eso, de alguna manera se tienen que buscar sus pesos ¿no? Pero lo jodido de esa realidad es que, no obstante a que alguien tenga un carro particular, -ojo que eso en el diccionario significa de propiedad privada- no es legal entonces que monte a cualquiera (cóbrele o no) y menos si es extranjero, pues tampoco hay ley que lo permita. O sea, que hasta ahí llega la legalidad, o tu derecho a usar tus propiedades como te venga en gana. Al final no es que hayamos entendido mucho pero ya casi me convenzo que voy a tener que lidiar con esta disconformidad por los 13 días restantes) la Muchacha Minint #1, en ese momento y, me imagino que por un sentimiento solidario para con los posibles tres únicos legales de la provincia, nos pide un minutos para comunicase con otra oficina donde pide la ayuda de otra “oye chica” en la tramitación del famoso decreto. Hasta ese momento, ella, no nos había logrado explicar la ley o el código que penalizaba ese acto mientras seguía buscando en la computadora… si mira –retoma la conversación con algo más de información- es que para los efectos de la ley tú eres cubano pero ella es extranjera…
Yo: ¡tú ves! esto es muy difícil… ¿y entonces de que sirve la visa A2? Si me pudieras decir.
Muchacha-Minint #1: no, la A2 es solo para los efectos de poder estar en tu casa, pero si usas un carro que no le paga el impuesto al estado, y que hace de taxi, entonces la policía “puede pensar” que el chofer está cometiendo una ilegalidad y lo multan, cosa que no les hubiera pasado si el chofer fuera tu familia. ¿Saben ustedes cuantos casos tenemos de jineteras que se montan en carros particulares con los extranjeros?
Yo: no, no me imagino, pero es que ni yo soy jinetero, ni la madre de mi hijo es una desconocida que encontré en un hotel cuando ya pagamos 80 dólares por un trámite, supuestamente legal, que nos ha creado más insatisfacción que placer...¿Me entiendes?
La esperada otra “Muchacha-Minint”, de verde, entra a la oficina. Se presenta y rápidamente se incluye en la conversación. Se pone al día y, después de haber escuchado lo mejor de la historia, le pregunta a la Minint #1 que si ya había buscado por el nombre del policía con la oficina de transito pero que, también, podía llamar con el número de talonario si era muy difícil dar con el nombre. cuestión que, enfrasca, paso a paso, a nuestra anfitriona, contactando telefónicamente todos los posibles puntos de patrulla que pudieran haber estado implicados, recibiendo rotundas negativas mientras, nosotros, nos enfrascamos en tratar de sacarle algo a la #2 para entender tanta incoherencia. La #1, ya frustrada, decide llamar a la oficina central y pide referencia del número de talonario (en su mano) para que la llamen de vuelta. Cuelga el teléfono. Los camiones, que constantemente entran y salen (no sé con qué) siguen estremeciendo las paredes de la oficina. Tenemos unos segundos de silencio interrumpido ya sea, por "cuchicheo" entre ellas sobre las ultimas chancleticas que sacaron en la shopping (tienda por divisa) o por la indescifrable conversación de mi hijo, con uno de sus muñecos, en la mesa del fondo sin hacer caso a los piropos de ellas hacia él……. Suena el teléfono. La Muchacha-Minint #1 lo toma y por su conversación logro enterarme que los “mete-multas” (por llamarlos de alguna manera) pertenecían a la unidad de policía de mi pueblo ¡Eureka! Nada más y nada menos que la unidad de policía de mi pueblo ubicada un poco más allá del frente de mi casa (es como para morirse de la risa)……. La Muchacha-Minint #1 pide comunicarse con la estación de mi pueblo cuando la Muchacha-Minint #2, al ver que ya todo se va esclareciendo, se despide de nosotros deseándonos buena estancia (¡si, como no¡¡ya lo creo!!) mientras la #1 (teléfono en oreja) le deja claro que la esperará a las 5 de la tarde para ir “allá”, con lo que la otra concuerda. Nosotros, ahora mas callados (no así mi hijo que también le da por visitar el baño del sitio) seguimos sentados esperando el resultado mientras, la #1 acuerda con el jefe de la unidad la posibilidad de que nos recibieran para anular la multa dado lo extraño del caso. Ella mueve afirmativamente la cabeza y se despide amablemente girándose hacia nosotros.
Mira, yo creo que esto lo van a poder resolver con Chávez…. (Nos dice)
Yo: ven acá y no es posible que alguien nos resuelva esto aquí en cuba, es que es de madre tener que esperar a que lo resuelvan desde Venezuela, eh!
Ella: no chico (se ríe), es que Chávez es el jefe y el los vas a esperar mañana con el chofer en la mañana para cancelar la multa ¿está bien?
Yo: bueno, yo creo que sí, yo voy a coordinar con el chofer antes de irnos y lo dejo allí para que anulen eso, pero bueno, ya hemos robado demasiado de su tiempo así que nos vamos.. (Interrumpiendo mí esposa) Entonces... ¿Me puedo o no montar en cualquier caro?
Muchacha-Minint #1: si chica, claro si te puedes montar en cualquier “cosa” (la mejor definición de auto a lo cubano).
Muchas gracias -concluye mi esposa- y ojala no tengamos que regresar aquí con otra queja.
Ahora sí, recogemos los “matules” (como decimos en mi pueblo) para despedimos y salir, cuidadosamente sin que nos pisara ningún camión, a devolvernos, de alguna manera hasta donde me imagino, nuestro amigo, estaría esperándonos si no se había ido a la reunión. Miro a mi esposa y con cara de obstine le comento: lo mejor de haber perdido todo el día en esto es que en ningún lugar nos pudieron decir si en realidad existe una infracción o no, al final todo pasa por el criterio personal del que te encuentres en el camino pues no hay ley o decreto claro ni para ellos mismos… ¡esto es de madre!, pero ahora los policías ya están jodidos pues si nos vuelven a parar les doy el nombre de ella y me los quito de arriba (mientras saco el mp3 de mi bolsillo con el que había grabado toda la conversación en la oficina, salvando la información para apagarlo). ¿Lo grabaste todo? Pregunta mi esposa. Sí, creo que sí, pero tengo que escucharlo luego -respondo.
Nos acercamos a la parada del ómnibus (guagua para los cubanos) en la que, se cobijaban del sol, tres personas. Yo no tengo ni idea de para donde van estas guaguas –le aclaro a mi esposa- y opto por preguntarle, a una “real” muchacha que vestía uniforme escolar, si ese servicio local nos llevaba hasta el centro a lo que ella responde afirmativamente. Esperamos “la local”, sin que nos haya pasado un taxi por el lado, por solo quince minutos hasta que uno de los artefactos de dibuja (afortunados nosotros) en la lejanía. El ómnibus venia repleto (como era de esperar) pero, poco a poco, logran entrar todos. El chofer, que nos ve con el coche, le señala a mi esposa que puede montar por la puerta trasera mientras yo le cojo la mano a mi hijo y subo por delante. Se cierran las puertas del ómnibus. Mi hijo se me agarra fuerte de las piernas mirándome sorprendido, le paso la mano por la cabeza. En fracciones de segundos una señora en el primer asiento (en gesto indiscutible de amabilidad) agarra -a mi hijo- de la mano y se lo sienta en las piernas mientras yo saco algo de menudo de mis bolsillos.
Cuanto es el pasaje chofe’? pregunto medio perdido.
Él: 40centavos mijito….
Yo solo encuentro 5 pesos cubanos en mis bolsillos y al intentar pagar recibo la negativa del chofer explicándome nuevamente que son 80 centavos lo que le debo y que no me preocupe por el pasaje del niño, pero que 5 pesos no puede aceptar. (Nos zarandeamos en una curva)….Ahora si estoy jodido, que hago para pagarle a este hombre (pienso en silencio). Mira, es que no tengo más nada -le indico- y vas a tener que aceptarlo pues si no me voy a tener que bajar. Él, me mira con cara de medio disgustado sin haberle quitado, por ello, la atención a la carretera: Bueno mira párate ahí, indicándome una esquina al otro lado de la entrada. Como era de imaginar a este ese momento había sido, yo, el centro de atención de los pasajeros que llenaban la parte delantera de la guagua (¿quien se monta en una guagua sin menudo eh?) y gracias a eso, creo yo, una de los pasajeras que venía sentada detrás de chofer estira su mano, con un peso cubano, brindándomelo para que pagara el transporte….
Yo no te puedo aceptar eso pues no tengo como pagártelo –le aclaro.
No te preocupes chico, paga con eso, en resumidas es solo un peso y no vas a bajarte a caminar con el niño de aquí hasta donde vayas no? –argumenta ella.
Bueno gracias, quieres aceptarme entonces este (al mismo tiempo que le ofrezco los 5 pesos que llevaba en mi mano). No, no, no, deja eso y paga –insiste ella.
Un millón de gracias (esto si no me lo esperaba) y le paso el dinero al chofer, que se demora varios segundos en indicarme donde depositarlos al tratar de evadir unas curvas con huecos en la calle. La señora que cargaba a mi hijo (que ya se bajaba, según ella, en la próxima parada) se levanta y me sede el puesto dándole yo las gracias. Trato chequear, infructuosamente, la posición de mi esposa en el fondo para ver si podía alcanzarnos. Los estudiantes en el fondo de la guagua gritaban y se reían de cualquier cosa. Me siento a mis hijos en las piernas en lo que, de al lado, una muchacha me pregunta:
De donde son ustedes? Qué lindo tu hijo!!!!..... (Es la cuarta vez en el día que me preguntan de dónde somos, ¿¡que!? ¿Acaso tenemos tanta cara de asustados que nos delata?) Bueno yo soy de un pueblo cerca –respondo- pero por qué me preguntas?
Es que como me preguntaron si esta guagua iba para el parque me imaginé que no eran de aquí (muy inteligente de su parte), pero no viven en ese pueblo, verdad? ¿O sí? -Continúa investigando ella.
No, nosotros vivimos en la habana. (Respuesta que se me ocurre dada esa arraigada condición cubana que soluciona o, justifica como de “la capital” cualquier acción, modismo o lenguaje fuera de lo común)
Ahhh!!!! De la habana… y el niño no habla? (mi hijo, que reparaba todo su alrededor, ni respiraba con tal de que lo bajaran de aquel artefacto)
Bueno si, pero es que está tan cansado que ni quiere hablar –le respondo.
Pasan unos minutos. La joven le hace gracias a mi hijo y este se sonríe (re-atacando ahí mismo ella): Qué bonito ¡eh? (refiriéndose al pequeño)
Si muy bonito, el cabrón salió a su mamá y… déjame hacerte una pregunta (tratando de distraerla) ¿es que esto no para después del boulevard?.
No, -responde la “insistente”- después de estas dos paradas ya no tiene más hasta el malecón.
Vaya, pues entonces nos tenemos que bajar –agrego- mientras súbitamente me levanto.
Para ese tiempo ya el ómnibus se enfilaba por el prado sin que todavía mi esposa hubiera podido caminar hacia nosotros debido a la aglomeración en la puerta trasera. Trato de encontrarla con mi vista para hacerle saber que nos quedábamos en la próxima parada. Llega el bus a su destino y nos bajamos todos, respiro aliviado.
Mi esposa: tremenda experiencia eh? Esta si me gustó…..
Si ya creo -le respondo.
Dentro de una cafetería, frente a la parada, un grupo de personas ayudaban a levantar a un viejito que se había desmayado, tratamos de enterarnos de algo más pero ya había demasiado bulto alrededor del desplomado. Alguien sugería que lo viera el médico y otro, con más sentido común, sugería que le dieran agua-azúcar. Dejamos atrás el desosiego. En la oficina de nuestro amigo nos indican que teníamos que esperarlos hasta las 6 (hora es que se suponía acabara la reunión).
Tenemos tiempo, vamos a dar una vuelta y nos sentamos en el prado a esperarlo –le propongo a mi esposa. y camino arriba compramos unas botellas de agua en un mercado quedándonos con las ganas (pues estaba en “falta”) de comprarle yogurt a mi “primogénito” que después de tanto ajetreo se dormía en el coche (respiro aliviado). Los niños, en el boulevard, corrían por entre las mesas de artesanías. Ingenuamente tratamos de comprar libros infantiles en una librería donde nos enteramos que estaban solo de "adorno" hasta la apertura de la feria del libro. Nos sentamos, por fin, en el prado donde un grupo de hombres jugaban dominó. A nuestra espalda la parada del bus se repletaba a cada segundo sin que se avizorara bus en el horizonte, un perro callejero se nos acerca y le damos un pedazo de pan que mi hijo todavía sostenía en su mano mientras en el techo del lugar donde venden helados, una frase (que había perdido el nombre del autor) rezaba: “Jamás renunciaremos a nuestros principios, coppelia”, haciéndome sonreír sin que mi esposa entienda la razón. Finalmente aparece nuestro amigo que nos propone “multiplicarnos por cero” e irnos de regreso. Nos ajustamos nuevamente en el mini y llegando al pueblo mi amigo me pregunta si mantenemos el viaje de al otro día para la habana y que si queríamos llegarnos, aprovechando el carro, hasta casa del otro chofer para explicarle lo de la multa.
No chico, yo lo llamo por teléfono y le explico para que mañana, él, vaya, ¿no crees? –miro a mi esposa. Si pero no te vayas a poner bravo luego si él no quiere ir a la policía a reclamar la multa, oíste – me advierte ella.
Yo: ¿Tú crees? (nuestro amigo se ríe)
!Tú sabes que por momentos parece que no eres tu el cubano de esta historia! – dice mi esposa haciendo un gesto de negación.
Tú crees de verdad que no quiera anular la multa? –insisto nuevamente-.
Espera y verás viejo, espera y verás…….
©A. Valdés

13 abril 2010

Capítulo 7.“Las 72 horas”

Día 4: Cómo luchar contra lo imposible, eh? Para evitarlo, habría que ponerse en el lugar del cubano que vive en la isla y llegar a sentir, en carne propia como él, la incertidumbre a la que se expone día a día y más aún cuando, esa misma incertidumbre, le ha cambiando la vida de tal manera que, él cubano, llega a pensar que esa angustia es completamente normal, que esa incertidumbre suya es el desarrollo natural de las cosas o que hasta el mismo todopoderoso (para los más espirituales) se los ha impuesto de esa manera. Por eso mismo, es muy difícil que un nativo (sea por propia evolución psíquica o por lucha de contrarios en el añorado extranjero) que ya ha logrado superar esta barrera de la desesperanza, a su regreso a la isla vuelva a dejarse enclaustrar en este juego absurdo de esos que no han tenido las misma suerte. Así mismo –y si esto ya no es parte de tu realidad o a lo mejor, en el peor de los casos se te olvidó- como entender entonces el miedo a saber que no hay nada legal, el miedo a saber que cualquier reclamación que hagas te marca o el miedo que no te deja hacer nada por desconocimiento de las leyes o los decretos..¡Cómo hacerlo entonces!?
En algún momento, después que alguien me preguntaran el porqué de “tan pocas señalizaciones” en cuba, le había comentado jocosamente a mi esposa que la diferencia entre la democracia y cuba es sencilla: En la democracia todo está permitido a menos que, públicamente ya sea por ley o señalización (para ponerlo más gracioso) se te haya prohibido. Lo de cuba es diferente. Que no se conozcan las leyes o que no hayan señales, no quiere decir que sea Cuba un país más permisivo ¡no señor! ¡Ni te lo imagines! En cuba todo es ilegal (o prohibido) a menos que una señalización te lo permita. Fíjate en el caso de la calle: que no haya prohibición de doblar izquierda en el semáforo no quiere decir que lo puedes hacer, pues todos saben que es prohibido aunque no se conozca la ley que lo promulga ni el decreto que la invalide. Eso es el todo de la isla, cada mínima acción no es más que un espejo de la inmensa "irrealidad" que se vive, por ello, ni culpar al chofer y su miedo de que reclamemos la multa y lo embarquemos, en resumidas, él ya está convencido de que está haciendo algo ilegal y que todos al su alrededor lo saben pues, para también subsistir, deben cometer ilegalidades que no se convierten en problema hasta que chocan con el “sistema” o su aparato regulatorio. Por eso es que lo comprendo aunque no esté de acuerdo, y recuerda que infelizmente, para su propio deterioro, el desconocimiento y la incertidumbre convierten al ser humano en más cobarde y más incompatible a cualquier cambio (si es que se puede utilizar el término). Entonces? Puedes entender por qué no puedes esperar una actitud diferente a la del chofer cuando trata de que no llevemos la multa a inmigración?.....
Mi abuela y mi madre que, en la mesa del comedor, compartían el apurado desayuno con nosotros me miraban con una cara de no haber entendido mucho pero de concordar con todo mientras, mi conyugue, solo asentaba con la cabeza. Desde la cocina mi hijo que pedía arroz con frijoles para el desayuno y, finalmente desde la acera, la sorpresa de la llegada (antes de la hora acordada) de “el multado” con su “Peugeot desbaratadito” me iba sacando de tanta verborrea y haciéndome entrar nuevamente en frecuencia. Me levanto de la mesa para abrirle la puerta y dejarlo pasar. “El multado” (que repara en mi ropa: sandalias y chores) me pregunta: oye... ¿y no era que había una vieja imperfecta con tus chores el otro día en inmigración? ¿Tú vas a ir así?
Yo: claro que si hermano y además intencionalmente, si lo que estoy loco por que me digan algo….
Se ve que ya tu no vives en esta candela papa –se ríe maliciosamente y continúa- mira, hablando de eso, tú no crees que sea “innecesario” toda esta pérdida de un día para ti con esta multa… (Yo que le corto la conversación) Mira compadre, te voy a responder suave pero preciso, yo puedo entender que no quieras que te marquen en la policía como tú dices, pero de todas formas ya lo estás ¿eh? Aparte, ya te dije que esto lo hago más por nosotros que por ti y si al mismo tiempo te quitan la multa pues te salvaste ¿no crees?
El multado: bueno sí, eso es verdad ¿entonces nos vamos?....... Y como tomándole la palabra, no sin antes haber tomado nuevamente café “bautizado” y despedirnos de la parentela, nos adentramos: multado, nacional y extranjeros con visa A2, en ese caricaturesco e indescifrable mundo de la “almendrotransportación” con el cual, y a lo mejor milagrosamente, llegaríamos una vez más hasta las oficinas de la ciudad.
La carretera, cuando ya se nos acababa el repertorio de la multa y las historias del chofer sobre la relación con su esposa y su hija, se hacía aburrida y tediosa entre tanta soledad y baches. Ya no había mucho que revelar. Me dedico a contar las curvas y pierdo la cuenta, casi llegando a la ciudad, en el numero 112 cuando el multado interrumpe el silencio de los últimos 20 minutos con la historia de la mala suerte con los carros y las mujeres del otro chofer (aquel que nos había buscado en el aeropuerto)….y que si había estado casado con una extranjera y que la misma extranjera le había pedido el divorcio al poco tiempo de haber pagado, él, toda la boda con su dinero.. Vaya, que toda una historia a la cual le ponía mas asunto mi esposa que yo mismo que seguía concentrado en las posibles alternativas de comunicación para con “los agentes” de inmigración. Entre la famosa historia entramos a la ciudad, nos dirigimos entonces hasta las oficinas que nos habían recibido 48 horas antes y nos bajamos del carro. El chofer nos mira con cara de animalito asustado sugiriéndonos que podemos llamarlo en caso de que necesitemos que nos recojan a la vuelta, le pago el viaje, mi hijo da un salto y se para en la entrada del sitio mientras mi esposa se encargaba de revisar que nada se quedara. Nos recibe en la puerta la misma señora de dos días atrás (la vestida de verde) que nos mira como queriéndonos reconocer al pedir la razón de nuestra visita, le hago saber que vamos para extranjería y muy amablemente ella (mientras le hace una seña con quien hablaba) me indica a quien seguir para esos trámites mientras en la oficina del acuñador un grupo de personas explicaban sus razones para ser meritorios “del cuño”. El lugar estaba más lleno y, me imagino que por ser lunes, de las 4 ventanillas de atención tenían 3 abiertas (de verdad que somos unos afortunados) en una de las ventanillas reconozco a “la satélite” (si, la misma que me había señalado como mal vestido el sábado) y que trataba, en ese momento, de terminar una conversación, no muy amistosa que digamos, con un señor que exigía una respuesta por la demora de sus papeles migratorios y su intención rotunda de ver al jefe para plantearle su queja. “la satélite”, en tono más alterado que el mismo doliente, trataba de evadir en todo momento los argumentos del señor mientras que este, ya casi gritando, perdía cada vez más la paciencia con ella al solo escuchar de su boca que tenía que esperar. Los ánimos se exaltan, los que aguardábamos nos miramos absortos. el satélite y el doliente se gritan más de una vez y la cosa se pone “caliente”, otro agente (que viene a aplacar la discusión) le pide al señor que se siente y espere no sin que antes "la satélite", que lo sigue hasta donde se agrupaban las sillas, le advierta que para evitar “escandalitos” en el sitio todo lo que tuviera que expresar lo dijera delante de “LA” superior (parece que era mujer) y no en la sala, al mismo tiempo que ella me echa –la satélite- una mirada como amedrentadora sin reparar o advertir los shorts y las sandalias (a lo mejor y como era lunes su decreto de: “no chores” no se ponía en práctica). Al doliente ¡el pobre! no le queda más remedio que asentir y finalmente, más calmado, se cambia de silla para una muy cerca de nosotros, situación que, sin pensarlo dos veces aprovecho yo para preguntar por la causa de tanto desespero. Respuesta del doliente a mi interrogante: todo esto es por los papeles para la ciudadanía española que los puse desde el 2007 y todavía ellos no me los devuelven cuando ya casi me llega el turno en la embajada española. Esa mujer tiene un peloteo conmigo como si uno fuera un “mongólico”, pero lo que me jode es que no te expliquen qué carajo pasa con los papeles.
Yo: ¿y es que hay tantos haciendo esos trámites que se demoran tanto?
El doliente: hay mijo, un millón, ¿tú no sabes ahora todos quieren ser españoles?… Miro a mi esposa con cara de pasmado (esta si no me la sabia) no me imaginaba que había tanta gente tratando de hacerse a la ciudadanía española, supongo que sea una de las vías que tengan para escapar y me imagino -como en una película- la gente tratando de encontrar el más insignificante pasado ibérico de sus ancestros para poder reclamar su derecho sanguíneo a ser peninsulares.
Claro muchacho- continua el doliente- no ves que cuando tienes el pasaporte español ya eres libre de viajar a donde quiera, hay gente que ni le importa buscar su familia, ellos lo que quieren es el pasaporte pa’ escapar de aquí. Así, entablamos una conversación de preguntas y respuestas a la cual se une un señor bastante gracioso que había estado a nuestras espaldas, con un acento español más marcado que el del mismísimo rey y con un sin fin de historias de la embajada española, las colas y las decepciones. Desgraciadamente, para ponerle fin a este buen momento más rápido que tarde, “la satélite” regresa pidiéndole al doliente que la acompañe y nos quedamos todos con ganas de seguir escuchando. Por unos segundos el lugar se queda en un silencio que solo es interrumpido por la interminable conversación de la portera con los que pasaban o entraban al sitio. Nosotros, que ya llevábamos unos 15 minutos sin el doliente y sus historias, chequeamos con los que nos antecedían el tiempo que les había tocado esperar. Como un flashazo veo salir del interior, con una carpeta llena de papeles y preocupado, a un primo de mi mamá que se dedica a la renta de cuartos a turistas (hostal pa’ yumas, como diría un buen cubano). Le corto el paso: que hay primo ¡cómo andas! -Coño!!!! Qué bueno verte –me dice él- el otro día llamaste a la casa pero estaba complicado (mira a los lados y baja sospechosamente la voz) estoy aquí pues mi sobrino que se fue en balsa llegó anoche pero no quiere salir de la casa ni dejarse ver mucho, por eso vine temprano (ya recuperando el tono de voz)¿van a pasar por allá? -Si claro –le respondo- en cuanto termine aquí me llego por allá, pero tú sabes lo lento que es esto ¿no?
Bueno ok –añade él- entonces los espero ¿está bien? y se despide con paso apurado.
Tremenda intriga eh! –Repara mi esposa- lo de ayer era folklore pero esto de hoy es intriga, como dices tú.
Yo: ¿si, eh? Es que ese medio-primo mío del que él habla se fue en balsa hace como 5 años y vive en Miami, yo creo que trabajaba en esa época en algo de turismo, y parece que ahora es que viene por primera vez pero tiene miedo de que lo vea alguien y empiece la “chivatería” y la envidia y lo cojan acá por cualquier motivo.
Bueno –retoma mi esposa- yo eso no lo entiendo mucho pero…. si tiene miedo pa’ que viene? (Deducción muy lógica) y, si ya está aquí y con esa lucha ni lo disfruta él y preocupa más a los demás...¿No crees?
Nada mi’ja –contestándole yo- esos son sentimientos demasiados difíciles como para poderlos entender, que te puedo decir. Cortando el tema del balsero puesto que mi hijo, que por espacio de 45 minutos se había portado “decentemente”, comenzaba a hacerse notar en el lugar. Se me ocurre ahí mismo que la portera podría darme alguna otra solución a la espera y sin pensarlo dos veces fui a su encuentro. (De frente a ella) Por favor, usted podría decirme si hay alguna manera de ver al encargado de una reclamación de multa no obstante a tener visa A2? es que la oficina de extranjería está repleta hace rato (señalándole hacia el cubículo). La portera me mira y achina los ojos como examinando lo más recóndito de su cerebro, se toma unos segundos y me dice: espérame aquí que yo creo que eso lo atiende otra persona. La señora deja su puesto de trabajo para chequear en las ventanillas y con la que habla, a la vez, sale hacia el fondo y regresa rápidamente pidiéndonos que pasemos con ella a la oficina del jefe. ¡Tú ves! teníamos que haber preguntado antes –me reclama mi esposa- en lo que nos abren la puerta de la jefatura ante la mirada atónita de los “otros agraciados” que seguían esperando su turno. La señora que nos guía (también de verde) nos abre una puerta y nos pide que continuemos hasta la oficina del fondo donde nos esperan “los encargados”. Abrimos la puerta (pedimos permiso) se nos invita a sentarnos. Se presentan los encargados (4). Nos presentamos nosotros (nacional con dos extranjeros), le exponemos nuestra queja y nos piden ver los pasaportes. El encargado #1 revisa minuciosamente los documentos mientras yo, les cuento lo acontecido dejándoles claro que, si mi única preocupación era la posibilidad de que multaran a todos lo que nos montaran en sus carros de que servía, entonces, haber pagado 80 CUC por la supuesta legalidad. El encargado #2 solo escucha y niega con la cabeza. El encargado #1 me mira y dice: a ver (diciendo mi nombre) yo creo que no hay problemas, ustedes están legales y no veo el por qué ese policía le puso la multa al chofer, inclusive (vuelve a decir mi nombre) la policía tiene conocimiento de este tipo de visa, yo creo que ellos ni la miraron (repitiendo mi nombre con un tono afable, como de amistad) situación que aprovecho para promover una conversación que indagaba un poco más en la legitimidad del decreto en cuestión y creándoles, a los “encargados”, más dudas sobre la manera en que se aplicaban estos decretos en la carretera. Después de varios minutos y viendo, ellos, la complicada que se estaban llevando, uno de los encargados resume de la siguiente manera: mira… (y vuelve a decir mi nombre) eso ya se sale de nuestras manos, yo creo que eso tiene que ver con la delegación provincial del ministerio del interior (vaya, ya empezó el famoso peloteo) yo creo que si ustedes quieren pueden ir hasta allá y poner la queja, es lo mejor, pero para nosotros (dice mi nombre nuevamente) ustedes no tienen ningún problema, es que esa gente de la policía no se saben los decretos, ven acá ¿entonces no había nadie de inmigración en el punto de control?
yo: no, solo habían dos policías
encargado#1: ah!!!! Eso es… (Repitiendo mi nombre), allí debería haber alguien de inmigración, por eso es que los que estaban no sabían de que estaban hablando.
Yo: Bueno. Entonces me queda claro que nosotros tenemos todos los papeles en regla y que no hay razón para que nos asusten más, por lo menos no por el transporte ¿no es así?
si mira -continua él, incluyendo mi nombre nuevamente- ustedes tranquilos, vayan a donde quieran y móntense donde quieran que ella en estos momentos es una cubana más y nadie puede multar a un chofer por ello, pero lléguense hasta la delegación del Minint (ministerio del interior) y pongan la queja, allí les dirán lo que pasó. ¿Está bien?
si gracias -respondemos nosotros no muy convencidos- pero si, si vamos a ir hasta allá no vaya ser que nos sigan multando por los 13 días que nos quedan ¿tú me entiendes, no? (y veo dibujarse una sonrisa maliciosa en más de uno de ellos)
Nos despedimos con un apretón de manos y se nos abre la puerta para retomar la salida de aquel laberinto oficinal en que nos encontrábamos. Tú conoces a ese hombre? Me pregunta mi esposa. Yo no creo (le contesto). No?-indaga mi esposa- es que decía tu nombre de una manera que tal parecía que te conociera.
yo: Pues chica, si me conoce no me acuerdo.(mientras abro la ultima puerta del pasillo)
Pasamos una vez más por la recepción, miro a los lados, no había ni rastro del doliente (yo creo que el satélite lo desapareció para que no tener que verlo más preguntando por sus papeles) pero todavía, después de 30 minutos, veía las mismas caras en las sillas del salón de espera. Salimos a la calle, el día estaba muy bonito, le propongo a mi esposa caminar por el malecón y ella acepta mientras mi hijo se desprende a correr por la acera. Llegamos hasta el prado tomando la bajada en busca del litoral, miro el reloj y le pregunto a mi esposa: ¿tú sabes que se cumple ahora mismo?
No, no se que se cumple en este mismo momento -indaga ella.
Pues que exactamente hace 72 horas que estamos en cuba –le revelo maliciosamente.
Pues mira chico, ni lo celebres mucho –dice ella- no vaya a ser que sigamos con la misma mala suerte de hasta ahora (idea que pone un poco de risa en nuestras caras). Las calles estaban llenas de niñitos que descansaban o jugaban en el muro costero. Los pescadores tiraban sus redes bajo un sol que acechaba y, ya que el hostal “para yumas” de mi medio-primo estaba muy cerca, decidimos hacerle la visita para acordar con él una comida con toda mi familia y así, de paso, ver si chocaba con el balsero recién llegado, pero como estaban las cosas a lo mejor ni salía del cuarto. ¿Tú crees? Pregunta mi esposa.
Nuestra entrada al hostal no es que haya sido de las más placenteras que digamos. Había una tensión que inundaba el lugar. En la casa todos nerviosos y el medio-primo que renegaba en cualquier esquina del “policía hijo de puta ese”. Saludamos al recién llegado (primo-segundo, el balsero) cual nos reafirma su intención de no salir mucho y en tono burlón decirnos: Yo no entiendo nada primo, pero esto está en llamas desde hace un rato. El pariente, dueño de la casa, trataba de localizar desesperadamente por teléfono a otra persona que los tenía (según él) que ayudar y… yo (que ni corto ni no-chismoso) le pregunto: oye primo y ¿qué te pasó? Hace una hora tú estabas de los más bien eh?
Ni me digas nada compadre –me responde- que la policía cogió preso al muchacho que me lava las sabanas del hostal cuando las traía de lejísimo en bicicleta y, encima, lo están acusando de ladrón y yo que no tengo para cambiar la ropa de cama, aparte de que me están arreglando unos colchones que tienen como 40 años y, como si fuera poco, esperando a dos jineteras que vienen con sus “yumas” a hospedarse a las 4 de la tarde, vaya que estoy como loco. Mi esposa me mira y yo, obviando el tormento del contorno, camino hasta el balcón y me paro a detallar la construcción del frente donde, intencionalmente, un cartel enorme con la cara de Raúl castro señalaba como verdaderos revolucionarios aquellos que habían aprendido a vivir con las carencias y que esa acción era lo que los engrandecía. ¡No me jodas! ¡Pa’ su madre! ahora el mejor revolucionario es el que menos tiene, exceptuándolo a ellos, claro!!! -Me rio con mi esposa-. El aire nos daba en la cara mientras a nuestra espalda la locura de colchones desbaratados y llamadas telefónicas continuaba. No se divisaba la más mínima posibilidad de paz en esa “aldea” y no creo que la fuera a haber en largo rato. Las personas de la casa, sumidos en sus propios problemas, aparecían y se desaparecían dejándonos a nosotros como 3 como simples espectadores. Lo mejor es irnos oíste! –Le propongo a mi esposa-. Pero inclusive para despedirnos todos estaban muy ocupados, le sugiero entonces en buen cubano, que lo mejor es multiplicarnos por cero (desaparecernos de allí) y ella acepta sin reparos. Bajamos las escaleras sin que nadie lo notara ¡Coño, al fin salimos de esa locura! caminando una cuadra hasta la calle central donde decidimos esperar algún transporte que nos llevara al encuentro de un amigo nos había prometido regresarnos al pueblo. Pero en ese instante de la espera en la carretera no tenía otra opción que dejarme ser atrapado por el embrujo de Shakespeare en su Hamlet rezando (sin un cráneo en mi mano): “Ir o no ir a la delegación del Minint, eh ahí el dilema…..”
©A. Valdés

02 abril 2010

Capítulo 6. “Al combate corred…”

¡Oye! …y no se nos puede olvidar llamar al chofer cuando regresemos para que nos lleve mañana a inmigración bien temprano -le decía yo a mi esposa mientras caminábamos rumbo al centro del lugar donde, bajo un sol que rajaba las piedras, los turistas (esos de virginales caras eufóricas) abarrotaban las empedradas calles. En otra esquina, muy cerca, el altercado entre dos jóvenes que amenazaban con matar a una tal “descará’ ” amenizaba el mediodía con la llegada de más personas a los portales sin entender de qué se trataba todo aquello mientras más allá (contrastando con los coloridos semi-palacios de jardines y palmas bien ubicadas) la descarnada y “aguerrida clase trabajadora”, esa que ha subsistido durante tantos años gracias al turismo, embestía doquier “y de al lleno” a todo lo que llevara cámara en mano, así, se nos acercó la insistente señora que vende collares más 4 niñas que nos piden “un dólar señor”, la que vende manteles, el de los tabacos, el que hace animalitos de hojas de palma, el vendedor de comidas y hasta uno que nos propone carro barato mientras nosotros, casi, no podemos deshacernos de ellos después de haberle dado unas monedas a las 4 niñas que, con mucha naturalidad, siguieron su curso en sentido contrario al cauce del turismo e interactuando con cada uno de ellos. En la pintoresca plaza un almendrón americano desentona con las edificaciones de, al menos, 500 años que estaban siendo invadidas, en ese momento, por los vendedores de artesanías, y ahí mismo, muy cerca los custodios que conversaban al lado del dueño del burro que cobra 2 dólares por foto, el viejito fumador de tabaco con un gallo en sus piernas o el cartel, visible desde la calle, que instaba a la resistencia convertían todo aquello en algo más irreal o ilógico de lo que realmente era mientras nosotros, turistas sin serlo, todavía tratábamos a toda costa de no atravesarnos a grandes grupos de paseo dirigido pues con ellos venían -incrustados y como embrujados por la primera estrofa de nuestro himno nacional que reza: al combate corred bayameses- toda una serie personajes que luchaban entre sí por llamar la atención de algún extranjero ….. ¡La lucha mi amor, esa es la lucha! -le comento a mi esposa- yo mismo, que nací y me crié aquí, no podría decirte si todos estos satélites que se adhieren al viajero son la causa o el efecto de la fama de este sitio, así que tú no trates de entenderlo ¿oíste? –le agrego- mi esposa, que me mira con cara de haberme entendido menos que a un discurso de Chávez me apura mientras llegamos, loma arriba, a otra plaza donde una “criolla”, que le aguantaba la mano a sus hija para evitar que, la pequeña, se fugara hacia donde jugaban otros niños con unos aros, le pedía dólares a un visitante. Esta es la jodida realidad a que nos obligan -decía ella mientras el señor sacaba algo de dinero para darle a la pequeña que provee las gracias con suspiro de “uno menos para pedir”- esto es así mi’jita (remachaba la madre a la niña) hay que estar en todas para no perder ninguna, mientras le daba el dinero colectado a un sospechoso personaje masculino que aparecía y desaparecía por otra esquina. Por un minuto traté de imaginar el futuro de esa niña cuya inocencia estaba siendo quebrantada por la necesidad de sus padres ¿les importaría algo de eso a ellos o no? es solo una niña y ya la estaban usando para jinetear unos pesos, pero igual, yo no soy quien para juzgar las necesidades ni los motivos que pueden empujar a una familia a hacer esto además: este mundo no lo cambio yo por mucho que luche (punto). Mi conyugue, que hasta ese momento se había dedicado a revisar unas estatuas, me pide vayamos hacia un área (al costado) de restaurantes medios vacios que lucían unos surtidos bares, ingenuamente nos adentramos en ellos y -por aquello de que: no porque haya mucha bebida significa que vas a beber- nadie del lugar nos sabia decir donde estaba el que nos podía vender una cerveza y entre pregunta y pregunta nos dimos cuenta, muy pronto, que teníamos que irnos rápido de ese lugar para evitar algún otro disgusto precoz tropezándonos, afuera, con tres de los meseros, un chofer y un vecino que hablaban alegremente. caminamos entonces hasta un portal descubierto para descansar, descanso que dura poco al aparecerse nuevamente la vendedora de collares que nos insiste como si nunca nos hubiera visto -no lo pensamos dos veces- ¡que se joda el reposo! Para escaparnos a una plaza lateral saturada con mesas artesanales donde se nos propone cambiarnos, ya sea la mochila de mi espalda o el bolso de mi esposa por un mantel, una obra de arte o hasta una camisa, cuestión que nos obliga a cortar la plaza en diagonal y lograr desaparecernos en una de esas calles medias vacías de arquitectura destruida, caminando allí, alguien se nos acerca y debido al hambre, nos convence de almorzar en un restaurante particular (paladar) “lo mejor del lugar”, nos indica la dirección y lo seguimos al mismo tiempo que emerge una pregunta del guía:…Y ¿ustedes de donde son? Pregunta indiscreta que ligada con mi hambre tiende a disparar mi creatividad: bueno ella es extranjera pero yo soy de aquí y soy su jinetero –respondo yo- mi esposa se sonríe al mismo tiempo que el guía, por la duda de que mi respuesta fuera cierta, prefiere no dar más conversación para mantener el silencio en los 3 o 4 minutos que siguen. Llegamos por fin al sitio, el da su contraseña en la puerta y nos hacen pasar por un largo pasillo que bordeaba todas las habitaciones hasta el fondo donde, un acogedor traspatio, exhibía 4 mesas, nos traen la carta, pedimos la comida (mientras sacamos nuestra agua embotellada para evitar dolores de estomago) La dueña de la casa hablaba con la cocinera mientras hacia la lavandería de la semana muy cerca nuestro, nosotros solo esperábamos y cruzábamos miradas por algo más de 20 minutos,… El día esta malo -decía ella- no hay mucha gente para comer hoy…. al mismo tiempo que nos traía el pedido, nosotros devoramos los platos, pagamos la cuenta y salimos nuevamente (bordeando el laberinto hogareño) al camino bloqueado por empotrados cañones en el que sobresalían un par de lagartijas sofocadas al lado de un portón por donde se podía divisar un altar con muñecas negras vestidas de blanco mientras una madre, de seno descubierto, lactaba a su bebé de camino hasta unas casas, más atrás, llenas de pájaros enjaulados en los portales -yo creo que esto es a lo que tú le llamas folklore ¿no? Me pregunta mi esposa. creo que si –respondo yo- todo esto que nos hemos encontrado hoy aquí es parte del folklore, lo que no podría contestarte es si ese folklore es una maldita secuela de la colonización o de la revolución (me sonrío), un vendedor de tabacos que nos promete “son legales y baratos” troncha mi “momento filosófico” adicionándose , casi inmediatamente, la señora de los collares que se nos embiste nuevamente –coño, ya no me queda duda que esta señora es omnipresente, carajo!- grito intencionalmente. Mi esposa , que ríe nuevamente, logra despistar a la “insistente” señora en uno de esos callejones, sin interés, en el cual nos despojamos del protagonismo que nos había perseguido durante toda la tarde para insertarnos en el movimiento cotidiano del cubano medio, así bordeamos la terminal de ómnibus o la fila los cubos de agua en las aceras que son colmados de agua de alguna tubería rota, así mismo tenemos que alejarnos de un “patriota” que subía la bicicleta por una rondana hasta el segundo piso o saludamos al niñito que jugaba con piedrecitas colectadas en frente de otro cartel que, frente al cementerio más viejo de la ciudad, pedía: RESISTENCIA, LO QUE NECESITAMOS ES RESISTENCIA. Miro a mi conyugue y le digo –no sé si reírme o llorar con ese cartel- Ya en la necrópolis el custodio-poeta nos promete un rápido recorrido por las antiguas tumbas que se debatían entre la subsistencia, el deterioro o el saqueo de cada día, mientras graciosamente nos dejaba saber de su amor por la poesía y de la puesta del sol en el horizonte, nos despedimos de él y nos aconseja no salir muy tarde de regreso a nuestro pueblo pues el camino estaba malo. Saliendo del cementerio y aprovechando la lejanía de los “vendedores pega-pega” decidimos “recontrahidratarnos” el cuerpo con algunas cervezas nacionales para una hora más tarde acercarnos, ingenuamente, hasta la terminal de ómnibus donde nos informan que “el ultimo transporte mi pueblo” ya había salido nos obstante a ser solo las 6:30, hacemos una búsqueda rápida por los boteros (choferes) de almendrones pero estos también habían ya desaparecido todos… ¡yo creo que a estos los traen en el mismo camión! –jaraneo con mi esposa- caminamos entonces, como última opción, hasta la salida por donde no vimos salir o entrar ni una carretilla y donde, infructuosamente por espacio de hora y media, esperamos la gracia de la aparición de algo que nos transportara, -yo creo que lo mejor es acercarnos al centro de nuevo– le propongo a mi esposa, regresándonos al punto de desembarque de la mañana pero sin disfrutar todavía de suerte alguna, ya allí y después de un rato cuando ya caía la noche (creo que por la cara de perdidos de llevábamos) un custodio del lugar se me acerca y me pregunta si necesito algo, yo le explico que estoy tratando de buscar transporte de regreso y él me pide que espere un momento. De una fiesta en los alrededores, con la oscuridad imponiéndose en la ciudad, el custodio se me aparece con un “Negrón” con pinta de “yo-lo-negocio-todo” que me dice: dime Yuma ¿qué te hace falta?
Mira papa -le respondo acentuando mi cubaneo- yo no soy Yuma pues para eso tendría que haber nacido en esa ciudad de los estados unidos, yo soy cubano como tú y lo que quiero es encontrar un carro para qué me lleve hasta mi pueblo o al menos hasta la ciudad más cercana de donde yo pueda coger otra cosa, está bien!?
Sí, claro que si, -me dice el negociador- es que estás muy “cuidadito para ser nacional” (trata de elogiarme para tapar la metedura de pata), espérame aquí que ya regreso, y se aleja hasta la esquina a hablar con el custodio. Yo, que no nací en cuba por gusto, no me gustó para nada la intriga a la que uno puede estar expuesto cuando lidia con este tipo de gente pero, no obstante, trato de mostrarle confianza a mi esposa ya que ella podía perder la ecuanimidad en un segundo si la situación de ponía más tensa con lo del transporte, yo ya, casi, la había medio-convencido de que también nos podíamos quedar a dormir allí y salir temprano de vuelta aunque ella insistía en regresarnos, así que tenía que andar suave. No importa si demorábamos un poco –decía ella- mira que ya hemos tenido a nuestro hijo todo un día bajo la protección de tu mamá y no hay porque abusar de esa confianza. El tiempo pasaba inevitablemente, la oscuridad se expandía y nada que el negrito aparecía con sus conocidos, La fiesta del frente continuaba, se me ocurre entonces llamar por teléfono y me indican que el único servicio público que existía estaba dentro de una casa y que había que pedirle permiso al dueño (¡imagínate tú! Un público dentro de una casa), logro al fin que el dueño responda mis llamados, el custodio le ofrece asiento a mi esposa y ya, cuando logro entrar a coger el teléfono, se aparece “maravillosamente” el negociante montado en un extra largo tareco ruso en el cual podía divisar al chofer y una mujer al lado de copiloto (algo que es muy común en cuba), dejo el teléfono sin que me vean, logro descifrar la ultima seña que se hacen entre ellos antes de buscar por mí –esto se va a poner interesante en cualquier momento, asumo yo- el custodio, con su mano, le señala al negociador de mi posición mientras me dice: mira chama, este te puede llevar (señalándome al chofer) ponte de acuerdo con el –reinsertándose nuevamente en la fiesta-. Me acerco al carro y más de cerca observo al joven chofer lleno de cadenas y bien vestido que depositaba su mano derecha en el muslo de su pareja (que pudiera ser la novia o la mujer -eso nunca se sabe-) y la cual a la vez -siendo ya una regla generalizada de las copilotos- demostraba ese orgullo exorbitado por su subordinación con el chofer. Habría que ver ahora cuánto me quiere cobrar el lindón este –pienso bajito- al mismo tiempo que él me pregunta: ¿y...pa’ donde es que tu va’ hermano?
yo: Necesito que me lleves hasta mi pueblo o hasta la cabecera de provincia para después coger algo para allá, somos yo y mi esposa, ¿ya? cuánto me vas a cobrar?.….
El (con convicción firme): Bueno a esta hora y como está la carretera no voy por menos de 70.
Yo: … ¡70s que!?
El: 70 chavitos hermano (con lo de los chavitos y hermano lo único que le faltó añadir fue bolivariano) le pongo cara de no haber entendido.
70 CUC hermano. 70 CUC.-me repite.
Yo:...!que le pasa a la gente aquí le perdieron el respeto al dinero o qué!… ¿70 dólares? ¡Ah no! ¡Tú te volviste loco!, a mí me trajeron por 20 y no creo que hayan corrido más al sur este pueblo desde que llegué ¿o sí?
El: si, no, pero la cosa de noche es diferente, fíjate que: yo no tengo que hacer este viaje, yo lo hago para que te puedas ir pues en resumidas la gasolina está muy cara y los puntos de control te acaballan y…..(Yo que lo corto) Mira ¿cuál es tu nombre? (se me queda callado) si como tú dices: ¡que no tienes que hacer este viaje! pues no lo hagas mijo, pero a mí no me trates de convencer con esa muela que un taxi del gobierno cuesta menos y no ponen tantas trabas, además, tu no pagas la gasolina al precio que está, no me vengas con ese cuento. (Me doy cuenta que se la empieza a ver difícil)
A ver, a ver – me dice- ok, ok, yo te llevo por 60. (Mi esposa que denota mi genio se levanta de su lugar en la esquina)
yo: Que no hermano, que te volviste loco, por ese precio me voy a pie.
_¿Y cuanto tú me das entonces? me pregunta él
esto sí es el colmo del descaro –reparo entre labios- primero me quiere meter un precio desorbitarte, después me empieza a rebajar y ahora me pregunta que cuanto yo le doy… esto es el colmo del jineteo con uno de su misma raza y por eso ahora no le voy a pagar y que se joda, en resumidas deben haber otras opciones lo que hay es que buscarlas, diciéndole entonces en tono calmado y sínico: mira mi hermano, ya el precio lo pusiste tú y a mí no me convino, así que puedes irte por donde mismo llegaste, muchas gracias por haber venido pero yo no voy a pagar más de la cuenta, recuerda que nosotros tenemos la opción de quedarnos y tú, por apretador, vas a perder el cliente, ¿ok? muchas gracias y chao (nos apartamos hasta la esquina contraria). El chofer se siente perdido, me vuelve a repetir que cuanto yo le daba, le respondo que le doy solo 20 mas nada….
pero coño no seas abusador –reclama él buscando apoyo en la copiloto que niega con su cabeza- que en resumidas el taxi del gobierno te sale en 40, a ver, yo te llevo por esos 40 –dándome como el ultimátum-
Yo: ¡Vaya!!! Tremenda rebaja ¿no? (me rio) ¿Y te lo tengo que agradecer? Mira, ahora por querer meterme el pie perdiste la oportunidad así que chao hermano, gracias por venir, y que te vaya bien. Le doy la espalda y llamo a mi esposa para conseguir un lugar de donde llamar a mi madre y saber del niño, le explico todo lo sucedido y ella, no obstante a querer salir de allí, concuerda conmigo en que todos se estaban buscando unos pesitos a costillas de la necesidad de otros. El “coordinador” que hasta ese momento se había mantenido como espectador desde la puerta de la fiesta se acerca al auto y de ahí a nosotros para tratar de convencernos: Mira mi chama! –me dice- ¡que bolá compadre!, el te puede llevar por 40 (me mira con cara mordaz) pero ya no puede bajar más pues eso está muy lejos. (Parece que este se piensa que después de tanta intriga me puede convencer) Mire “estimado” -poniéndome aun más cínico- si él llega y me dice 40 me hubiera ido pero como me quiso tumbar 70 putos CUC de esos pues ahora ni pa’el ni pa’ti –haciéndole clara referencia a su involucramiento- ahora me voy a buscar un carro del gobierno y se jodió to’el mundo. ¿Respuesta del coordinador? Coño chama no se puede ser tan imperfecto en la vida, y se aleja manoteando hacia el carro.
Arrancamos a caminar sin rumbo, esto es lo que no entiendo de estos personajes -iniciando conversación con mi esposa- ellos se quieren buscar la vida pero dándole la mala a quien se le aparezca en el camino y, arriba de todo, es como si te estuvieran haciendo un favor, como si la gente no se dieran cuenta de su propósito, después de todo es mejor así, tú verás como si nos vamos al hotel más cercano aparece un carro así de fácil. Mi esposa se concentra en las aceras, caminamos por algo más de 6 minutos hasta un hotel que nos recomienda unos “turistas de verdad” que nos cruzamos en el camino, llegamos al lugar y, sin muchos rodeos, pregunto por los taxis, me indican que al lado del parque, salimos, caminamos unos segundos, encontramos a un taxista “panataxi” gubernamental que había parado a tomar café, me le acerco, le pregunto si nos puede llevar y consiente, le indago el precio y me dice que por “cuentamillas” son 40 CUC (o sea que estábamos en lo cierto) se termina su café y nos montamos, ¡increíble!, auto limpio, cómodo, con aire acondicionado, sin reggaetón, sin olor a cigarro y sobre todo: “sin nada de miedo que esto es legal”. ¡Estas son las cosas de mi patria no entiendo, mami! –Platico a mi esposa- ya me habían advertido que los taxis particulares son más caros que los mismos estatales y, todos ellos, en peores condiciones, de verdad que esto aquí (con gesto que indicaba mi clara referencia al país) va de mal en peor y esa teoría de “tumbar al coterraneo” no va a terminar en nada bueno……. Así mismo es (replica el chofer que se inserta en la conversación mirando por el retrovisor) mira mi caso: este dinero que yo te cobro no es para mí, a mí solo me toca un porciento mínimo pero los boteros de la calle quieren siempre dar la mala perdiendo la clientela por su avaricia, pero bueno…. allá ellos. Tiene toda la razón mi amigo –respondo- pero eso ya no hay quien lo cambie ni quien lo arregle ¿verdad?, ahora solo espero que no nos paren en el punto de control -y me rio haciéndole la historia de la mañana al chofer mientras mi esposa se dormía.
Siento que el carro para, me despierto. ¡Me quedé dormido coño!, efectivamente, los policías del punto de control habían parado el taxi de turismo en que nos transportábamos pero sin que nadie se acerque, uno de los policias grita desde el otro lado: ..No, no, que sigan que ese es gente honrada, y le hace una seña al chofer que sigue automáticamente. ¿Ya ves? Ese es el problema –le digo al chofer- con quien nosotros veníamos esta mañana era un perverso o un inmoral delincuente, por eso lo multaron, pero yo mañana de decírselo para que él sepa, y me echo para atrás a coger otro pestañazo.
©A. Valdés