El que pedaleaba el bici-taxi por 5 pesos cubanos (algo así como 25 centavos dólar), que nos lleva de regreso desde el malecón hasta el centro, sudaba como si hubiera cortado, él solo, los 10 millones de arrobas de caña que se prometieron en los 70 mientras mi esposa, con esa infinita humanidad que la hace sufrir el castigo del prójimo, pujaba y hacia más fuerza -que el mismo bicicletero- en cada lomita que se le interponía en la conquista del llano con su lento pedaleo. No es fácil tener que buscársela de esta manera eh!? Me susurraba ella con cara de clemencia mientras mi hijo, que en lo que iba de día no había abierto mucho la boca, le dio a esa hora por preguntar (en su inglés de 3 años) la causa por la cual tantos niños corrían por el muro del malecón. Graciosamente minutos antes de esto, el mismo “taxista de las tres ruedas”, había estado contando sus anécdotas con supuestos turistas que habían querido pagar su servicio en dinero cubano y yo, que ya me aburría de dar tantas explicaciones acerca del lugar donde vivíamos, intentaba minimizar los efectos del lenguaje de mi hijo haciendo sonar mi voz un poco más alta que él, no obstante a que, sin descuidar su obligado ajetreo -el ciclista-, mirándonos por el retrovisor de la izquierda, preguntara: ¿y el niño en qué idioma habla? A lo que rápidamente, sin dejar que mi esposa “tantaneara” respondo: !tu sabes chico! demasiados jueguitos y muñequitos americanos en la televisión, aparte, como mi mujer no trabaja pues no nos dan circulo infantil.
¡Ahhh!!!! Es que pensé que hablaba ruso jeje!!, remataba él en lo que intensificaba el pedaleo.
Después de esto seguimos el viaje bastante callados para, en algo más de 15 minutos, haber alcanzado finalmente al parque. Le pedimos al bici-taxista que nos deje en una de las intercepciones que nos sacaba directamente a la oficina de nuestro conocido y le pago el valor de su servicio (multiplicado) en divisa. El, amablemente, nos deja en la esquina acordada mientras, con infinito agradecimiento, se guarda los dos dólares que le amplifican más su interrogante de si éramos nosotros "reales" nacionales. Logramos despedimos, dándole la espalda, y arrancamos a caminar, muy despacio evadiendo los “embotellamientos” humanos, por una calle donde la una de las CaDeCa de la ciudad exhibía una fila de condenación que competía con, un poco más adelante, una aún más infernal donde se vendía pan y galletas. No muy rápido logramos “aterrizar”, por esa misma calle, en la oficina del conocido donde, preguntando por él, se nos invita a sentarnos en el improvisado recibidor y donde retomamos, nuevamente, el debate de los “pro y los contra” de ir a la delegación.
Yo sondeando a mi esposa: ….pero mami si ya perdimos la mañana en inmigración sin que se nos haya aclarado nada, al contrario, esa respuesta tan convincente de que: “para con ellos nosotros no tenemos problemas” me hace todo más dudoso ¿de verdad tú crees que valga la pena arriesgarnos en otra aventura?
Yo creo que si –añade ella- en resumidas a lo mejor y nos explican mejor. ¿No crees?
Yo: bueno, si tú lo dices….
Mi amigo, al fin, sale de una de las puertas notando la indecisión de nuestras caras. Nos indaga al respecto. Le contamos lo acontecido en la oficina de inmigración. El, abre los ojos, mueve su cabeza y espera, pacientemente, al final de la historia para preguntar: ¿y es que acaso tú esperabas otra cosa?
No claro que no -le respondo- pero por lo menos deberían tener una mejor justificación preparada ¿no crees?..Bueno, como dicen ellos y mi esposa, yo creo que es mejor ir a la delegación y ver, si allá, nos pueden sacar de esta eterna duda ¿acaso tú sabes dónde está esa famosa delegación?. Nuestro amigo busca a sus lados, se aleja un poco hasta un buró de la recepción para corroborar la posición de la delegación de Minint con otro de sus compañeros de trabajo. ¡Positivo! Ya sabe donde es. Se regresa hasta nosotros, Le pregunto si nos puede llevar en su carro si no es que (teniendo en cuenta los acontecimientos de las multas) le vamos a buscar problemas a lo que él nos devuelve una respuesta irónica: búscame al que me puede decir algo a mi por montarlos en mi carro, allá los estúpidos que se dejan enganchar ¡eh!.
¿Ah sí? Qué bueno –le celebro- y ya que no te vas a buscar problemas, ¿podrías esperar a que comamos algo? Es que tenemos un hambre de desmayo (nos sonreímos)
Claro que si mi herma -responde él- y cuando regresen, déjale saber a la recepcionista para que me busque en mi oficina, Ok? Aceptamos y, con la misma, salimos disparados del lugar, por el ansiado “apoyo estomacal”, hasta a uno de esos cafés que venden todo por chavitos (divisa o CUC, como quieran llamarle) siguiendo, al pie de la letra, las instrucciones de mi amigo de: no comer nada en las cafeterías en moneda nacional para evitar una diarrea (a tanta insistencia era mejor seguir sus consejos ¿no?). Así nos desplazamos, como dos cuadras más adentro, donde nos atrae la relativa soledad de las mesas emplazadas en unos grandes portales de puntal alto. Nos sentamos. De la diminuta carta-menú escogemos la opción más rápida: sándwich de jamón y queso (variante nutritiva que antes de la globalización se conocía como bocaditos) apoyados por unos refrescos nacionales, más el agua embotellada que arrastrábamos desde nuestra salida en la mañana. El lugar, no obstante al lento servicio y comparado con otros del entorno, no estaba “tan” mal, se podía respirar algo de tranquilidad que solo era alterada por algún que otro transeúnte que pasaba, muy pegado al portal, para evitar el golpe del sol. El tiempo pasaba –!tan, pero tan lento!- que hasta nos llegamos hasta relajar un poco cuando, súbitamente, a mi hijo le dan ganas (graciosamente) de ir al baño y yo, que conozco de esa maldita maldición que arrastran los baños de mi país (no importa, inclusive, si son en el área turística) le pido a mi esposa que me deje hacer esta diligencia por ella. Ella accede y llevo al pequeño hasta el “golpeado retrete” señalizado como baño, decisión de la cual todavía me alegro infinitamente pues sí, llega a ser mi esposa la que entra (por equivocación) a este sitio, la hubiésemos tenido que recoger con un infarto en el “suyocardio” al “chocar” con el estado precario de la instalación sanitaria. Yo dentro del “volcán”, aguantando la respiración, le insisto a mi hijo que se apure y que se concentre en la orinada y no en “la decoración” de los alrededores sacándolo de allí tan pronto termina, tiempo (casi paralelo) en el que le hago una seña a mi esposa, en la salida del sitio, para que recogiera y saliéramos de vuelta a la oficina de nuestro amigo lo más rápido posible pues, el tiempo apremiaba y el baño nos espantaba.
Llegamos de vuelta a la oficina. Volvemos a preguntar y la secretaria nos dice: ¡ay mi amor, yo creo que él se fue para una reunión!!
¡No me jodas! (Pienso bajito) pero si acabo de ver el carro allá afuera… pero ahí mismo mi esposa (que me ala la mano) se da cuenta de que nuestro amigo salía por otra de las puertas, con cara de insulto, invitándonos a seguirlo mientras le reclamaba a la secretaria: ¡Maricusa, maricusa! que la reunión es las 5 mijita.....
Nos acomodamos lo mejor posible dentro del mini-auto mientras, evadiendo la multitud en la calle, logramos tomar la vía hacia las afueras riéndonos de las cosas que nos habían pasado y de las que todavía (él) no estaba al tanto. En una de las calles principales de la ciudad, una persona vestida de “amarillo” parada a mediación de cuadra, con un talonario en la mano, un pie en la acera-otro en la calle y rodeado, de unas 15 personas, le hace insistentes señas a mi amigo de que pare el auto. Señal que él respeta inmediatamente en lo que yo le pregunto: ven acá hermano ¿y esto que es ahora?...no me vayas a decir que hay problemas con ese "amarillo" también….
¡Na’! –Responde él- eso son solo inspectores de transito que paran a todos los carros de de placa estatal para que lleves, si es que te ve vacio, algún que otro pasajero que vaya en tu ruta, pero nosotros vamos llenos, así que tranquilo (se ríe). El amarillo rápidamente, nos señala que podemos continuar, al acercarse al auto y constatar que íbamos repletos (pues 4 personas en un Tico de la Daewoo es considerado tumulto).
Yo: oh, mira eso, yo pensé que los inspectores ya se habían acabado.
No papa -dice mi amigo retomando el camino- aquí lo único que se acaba es la comida, lo demás no hay ni quien lo cambie, ni quien lo arregle...(no sé por qué me parece haber escuchado esta frase antes) Y terminamos riendo todos en el carro mientras mi hijo pegaba la lengua en el cristal.
Nos bajamos frente a la entrada de la delegación donde, el custodio (un cadete del servicio militar) nos remite la recepción, donde a la vez, y después de escuchar nuestros motivos, una señora nos remite hasta la segunda puerta del fondo donde la “muchacha que atiende estos casos” no recibiría. Así fue (después de tener tiempo para encender mi MP3) otra mujer (no tan muchacha como nos la habían descrito) nos recibe muy amablemente en su oficina invitándonos a sentar y escuchando, sin interrupciones, la primera parte de nuestra historia hasta que, unos minutos más tarde, se abre “el intercambio” con una primera pregunta muy lógica.
…..Pero…. ¿a quién le pusieron la multa al chofer o a ustedes?
Al chofer –respondo yo- a nosotros no nos pueden poner multa, bueno! me imagino ¿no?..
Muchacha (madura) #1 del Minint: No, claro que no, pero entonces tiene que ser él quien venga a reclamar aquí en patrulla, y que recuerde que tiene solo tres días para hacerlo. (imagino que haya querido decir transito) Pero después de esto, lo que sí me parece, es que esta “agente” quiere salir muy rápido de nosotros (lo cual me hace arremeter nuevamente): Mire señora, déjame ver si me hago explicar, y disculpe si le corté la idea. Yo entiendo eso de, que la multa, la tiene que reclamar el chofer, pero nosotros estamos aquí por una sencilla razón que es, la preocupación, del no saber si ahora van a multar a todo el que nos transporte ¿usted se imagina nuestra posición, no? Y además, ?a que patrulla le va a reclamar él? en ese punto de control, ayer, no había nadie ni de inmigración, ni ninguna patrulla! Y esto se lo decimos con todo el conocimiento del mundo porque, esta conversación, ya la tuvimos esta mañana en la oficina de inmigración.
¿! Ah no!? –indaga sorprendida la muchacha Minint #1- y.. ¿Entonces quien estaba en el punto?
Dos desamparados policías. Le respondo yo.
Muchacha-Minint #1: ¡Ahhhhhh!!!! ¡Eso mismo es! El policía se pensó que el chofer del carro se estaba buscando unos pesos con ustedes y por eso le aplicó el decreto ¡Eso es!... (No sé, me da la impresión que de acuerdo a su respuesta, ella no ve nada de extraño en lo sucedido, y no es porque el chofer no se estuviera buscando los famosos pesos, pero tampoco es como para que quieran, ellos, que tu entiendas algo que no es lógico)
Yo: pero ven acá (frase muy usada en cuba y que “no” requiere un movimiento obligatorio hacia uno de aquel con quien hablas), a mí me gustaría saber cuánto de real hay en una ley que diga que un particular no puede montar a nadie en su carro ¿o es que las multas aquí solo se fundamentan en la percepción de ilegalidad que tenga el policía? Imagínese usted si, mañana que vamos para la habana, van a multar a todos mis amigos que nos monten en sus carros ¡y mira que son unos cuantos!.......
Muchacha-Minint #1: bueno, el problema es que (y ahí tenemos de nuevo la famosa frasecita) ¡tú sabes muy bien cómo es la realidad aquí!...Por ahí hay muchas personas que tienen carros particulares que se dedican al “boteo” (hacer de taxi) para buscarse unos pesos con los turistas y debe ser por eso que ayer ellos le pusieron esa multa al chofer del carro, pero al mismo tiempo, creo también, que se les debían haber explicado o indagado más…. (Yo la corto) Mire señora, la cosa es que el policía en ese punto nunca escuchó la mas minina explicación y solo se dedicó a poner la multa, no obstante a mi insistencia de que revisara la visa..
Y, es que tú tienes la multa ahí? –Pregunta ella.
Claro que si, aquí la tenemos (pasándole instantáneamente el papel a sus manos). Ella, revisa la multa meticulosamente e ingresa, al mismo tiempo, los datos del chofer en la computadora mientras, mi esposa, continuaba dando las mil y una razones para sentirse mal. (Satirizando el momento pienso que si el chofer, no quería hacerse notar, ahora que su nombre está en la computadora de la delegación sí que está marcado para siempre) A ver, a ver... – insiste mi esposa- ¿es que realmente podemos hacer algo para evitarnos más problemas?
Muchacha-Minint #1: Bueno yo creo que si ustedes saben a dónde van a estar, y quién les va a manejar, pues lo mejor es que lo reporten todos esos datos a inmigración con direcciones, nombres y chapas de los carros.
¿Qué? –le objeto sorprendido- Usted sabe lo que representa eso, no? Coño, es que si tenemos que venir y pagar 40 dólares por persona por el cambio de visa para después tener que reportar a inmigración donde vamos a estar, y con todos los que nos vamos a transportar, para poder evitar las multas, eso sí que me parece ridículo. Aquí hay algo que no concuerda ¿Verdad? O nos dedicamos a declarar cuanto paso demos o pagamos los 80 dólares, pero las dos convoyadas son demasiado. En inmigración nos dicen que con el cambio de visa ya todo es legal pero por otro lado, el policía que te para, como nos pasó, convierte en infractor al chofer y el que está en el medio, nosotros, es el más afectado. ¿No crees que están poniéndola muy difícil para alguien que solo viene a ver su familia?
Muchacha Minint #1: (con muy buena actitud) no chico, mira, es que hay mucha gente aquí que se dedica a eso en sus carros particulares…(y pienso yo mientras ella sigue hablando: ¿pero por que prohibir que lo hagan? si en resumidas tampoco es que el transporte del estado esté bueno, ni nada de eso, de alguna manera se tienen que buscar sus pesos ¿no? Pero lo jodido de esa realidad es que, no obstante a que alguien tenga un carro particular, -ojo que eso en el diccionario significa de propiedad privada- no es legal entonces que monte a cualquiera (cóbrele o no) y menos si es extranjero, pues tampoco hay ley que lo permita. O sea, que hasta ahí llega la legalidad, o tu derecho a usar tus propiedades como te venga en gana. Al final no es que hayamos entendido mucho pero ya casi me convenzo que voy a tener que lidiar con esta disconformidad por los 13 días restantes) la Muchacha Minint #1, en ese momento y, me imagino que por un sentimiento solidario para con los posibles tres únicos legales de la provincia, nos pide un minutos para comunicase con otra oficina donde pide la ayuda de otra “oye chica” en la tramitación del famoso decreto. Hasta ese momento, ella, no nos había logrado explicar la ley o el código que penalizaba ese acto mientras seguía buscando en la computadora… si mira –retoma la conversación con algo más de información- es que para los efectos de la ley tú eres cubano pero ella es extranjera…
Yo: ¡tú ves! esto es muy difícil… ¿y entonces de que sirve la visa A2? Si me pudieras decir.
Muchacha-Minint #1: no, la A2 es solo para los efectos de poder estar en tu casa, pero si usas un carro que no le paga el impuesto al estado, y que hace de taxi, entonces la policía “puede pensar” que el chofer está cometiendo una ilegalidad y lo multan, cosa que no les hubiera pasado si el chofer fuera tu familia. ¿Saben ustedes cuantos casos tenemos de jineteras que se montan en carros particulares con los extranjeros?
Yo: no, no me imagino, pero es que ni yo soy jinetero, ni la madre de mi hijo es una desconocida que encontré en un hotel cuando ya pagamos 80 dólares por un trámite, supuestamente legal, que nos ha creado más insatisfacción que placer...¿Me entiendes?
La esperada otra “Muchacha-Minint”, de verde, entra a la oficina. Se presenta y rápidamente se incluye en la conversación. Se pone al día y, después de haber escuchado lo mejor de la historia, le pregunta a la Minint #1 que si ya había buscado por el nombre del policía con la oficina de transito pero que, también, podía llamar con el número de talonario si era muy difícil dar con el nombre. cuestión que, enfrasca, paso a paso, a nuestra anfitriona, contactando telefónicamente todos los posibles puntos de patrulla que pudieran haber estado implicados, recibiendo rotundas negativas mientras, nosotros, nos enfrascamos en tratar de sacarle algo a la #2 para entender tanta incoherencia. La #1, ya frustrada, decide llamar a la oficina central y pide referencia del número de talonario (en su mano) para que la llamen de vuelta. Cuelga el teléfono. Los camiones, que constantemente entran y salen (no sé con qué) siguen estremeciendo las paredes de la oficina. Tenemos unos segundos de silencio interrumpido ya sea, por "cuchicheo" entre ellas sobre las ultimas chancleticas que sacaron en la shopping (tienda por divisa) o por la indescifrable conversación de mi hijo, con uno de sus muñecos, en la mesa del fondo sin hacer caso a los piropos de ellas hacia él……. Suena el teléfono. La Muchacha-Minint #1 lo toma y por su conversación logro enterarme que los “mete-multas” (por llamarlos de alguna manera) pertenecían a la unidad de policía de mi pueblo ¡Eureka! Nada más y nada menos que la unidad de policía de mi pueblo ubicada un poco más allá del frente de mi casa (es como para morirse de la risa)……. La Muchacha-Minint #1 pide comunicarse con la estación de mi pueblo cuando la Muchacha-Minint #2, al ver que ya todo se va esclareciendo, se despide de nosotros deseándonos buena estancia (¡si, como no¡¡ya lo creo!!) mientras la #1 (teléfono en oreja) le deja claro que la esperará a las 5 de la tarde para ir “allá”, con lo que la otra concuerda. Nosotros, ahora mas callados (no así mi hijo que también le da por visitar el baño del sitio) seguimos sentados esperando el resultado mientras, la #1 acuerda con el jefe de la unidad la posibilidad de que nos recibieran para anular la multa dado lo extraño del caso. Ella mueve afirmativamente la cabeza y se despide amablemente girándose hacia nosotros.
Mira, yo creo que esto lo van a poder resolver con Chávez…. (Nos dice)
Yo: ven acá y no es posible que alguien nos resuelva esto aquí en cuba, es que es de madre tener que esperar a que lo resuelvan desde Venezuela, eh!
Ella: no chico (se ríe), es que Chávez es el jefe y el los vas a esperar mañana con el chofer en la mañana para cancelar la multa ¿está bien?
Yo: bueno, yo creo que sí, yo voy a coordinar con el chofer antes de irnos y lo dejo allí para que anulen eso, pero bueno, ya hemos robado demasiado de su tiempo así que nos vamos.. (Interrumpiendo mí esposa) Entonces... ¿Me puedo o no montar en cualquier caro?
Muchacha-Minint #1: si chica, claro si te puedes montar en cualquier “cosa” (la mejor definición de auto a lo cubano).
Muchas gracias -concluye mi esposa- y ojala no tengamos que regresar aquí con otra queja.
Ahora sí, recogemos los “matules” (como decimos en mi pueblo) para despedimos y salir, cuidadosamente sin que nos pisara ningún camión, a devolvernos, de alguna manera hasta donde me imagino, nuestro amigo, estaría esperándonos si no se había ido a la reunión. Miro a mi esposa y con cara de obstine le comento: lo mejor de haber perdido todo el día en esto es que en ningún lugar nos pudieron decir si en realidad existe una infracción o no, al final todo pasa por el criterio personal del que te encuentres en el camino pues no hay ley o decreto claro ni para ellos mismos… ¡esto es de madre!, pero ahora los policías ya están jodidos pues si nos vuelven a parar les doy el nombre de ella y me los quito de arriba (mientras saco el mp3 de mi bolsillo con el que había grabado toda la conversación en la oficina, salvando la información para apagarlo). ¿Lo grabaste todo? Pregunta mi esposa. Sí, creo que sí, pero tengo que escucharlo luego -respondo.
Nos acercamos a la parada del ómnibus (guagua para los cubanos) en la que, se cobijaban del sol, tres personas. Yo no tengo ni idea de para donde van estas guaguas –le aclaro a mi esposa- y opto por preguntarle, a una “real” muchacha que vestía uniforme escolar, si ese servicio local nos llevaba hasta el centro a lo que ella responde afirmativamente. Esperamos “la local”, sin que nos haya pasado un taxi por el lado, por solo quince minutos hasta que uno de los artefactos de dibuja (afortunados nosotros) en la lejanía. El ómnibus venia repleto (como era de esperar) pero, poco a poco, logran entrar todos. El chofer, que nos ve con el coche, le señala a mi esposa que puede montar por la puerta trasera mientras yo le cojo la mano a mi hijo y subo por delante. Se cierran las puertas del ómnibus. Mi hijo se me agarra fuerte de las piernas mirándome sorprendido, le paso la mano por la cabeza. En fracciones de segundos una señora en el primer asiento (en gesto indiscutible de amabilidad) agarra -a mi hijo- de la mano y se lo sienta en las piernas mientras yo saco algo de menudo de mis bolsillos.
Cuanto es el pasaje chofe’? pregunto medio perdido.
Él: 40centavos mijito….
Yo solo encuentro 5 pesos cubanos en mis bolsillos y al intentar pagar recibo la negativa del chofer explicándome nuevamente que son 80 centavos lo que le debo y que no me preocupe por el pasaje del niño, pero que 5 pesos no puede aceptar. (Nos zarandeamos en una curva)….Ahora si estoy jodido, que hago para pagarle a este hombre (pienso en silencio). Mira, es que no tengo más nada -le indico- y vas a tener que aceptarlo pues si no me voy a tener que bajar. Él, me mira con cara de medio disgustado sin haberle quitado, por ello, la atención a la carretera: Bueno mira párate ahí, indicándome una esquina al otro lado de la entrada. Como era de imaginar a este ese momento había sido, yo, el centro de atención de los pasajeros que llenaban la parte delantera de la guagua (¿quien se monta en una guagua sin menudo eh?) y gracias a eso, creo yo, una de los pasajeras que venía sentada detrás de chofer estira su mano, con un peso cubano, brindándomelo para que pagara el transporte….
Yo no te puedo aceptar eso pues no tengo como pagártelo –le aclaro.
No te preocupes chico, paga con eso, en resumidas es solo un peso y no vas a bajarte a caminar con el niño de aquí hasta donde vayas no? –argumenta ella.
Bueno gracias, quieres aceptarme entonces este (al mismo tiempo que le ofrezco los 5 pesos que llevaba en mi mano). No, no, no, deja eso y paga –insiste ella.
Un millón de gracias (esto si no me lo esperaba) y le paso el dinero al chofer, que se demora varios segundos en indicarme donde depositarlos al tratar de evadir unas curvas con huecos en la calle. La señora que cargaba a mi hijo (que ya se bajaba, según ella, en la próxima parada) se levanta y me sede el puesto dándole yo las gracias. Trato chequear, infructuosamente, la posición de mi esposa en el fondo para ver si podía alcanzarnos. Los estudiantes en el fondo de la guagua gritaban y se reían de cualquier cosa. Me siento a mis hijos en las piernas en lo que, de al lado, una muchacha me pregunta:
De donde son ustedes? Qué lindo tu hijo!!!!..... (Es la cuarta vez en el día que me preguntan de dónde somos, ¿¡que!? ¿Acaso tenemos tanta cara de asustados que nos delata?) Bueno yo soy de un pueblo cerca –respondo- pero por qué me preguntas?
Es que como me preguntaron si esta guagua iba para el parque me imaginé que no eran de aquí (muy inteligente de su parte), pero no viven en ese pueblo, verdad? ¿O sí? -Continúa investigando ella.
No, nosotros vivimos en la habana. (Respuesta que se me ocurre dada esa arraigada condición cubana que soluciona o, justifica como de “la capital” cualquier acción, modismo o lenguaje fuera de lo común)
Ahhh!!!! De la habana… y el niño no habla? (mi hijo, que reparaba todo su alrededor, ni respiraba con tal de que lo bajaran de aquel artefacto)
Bueno si, pero es que está tan cansado que ni quiere hablar –le respondo.
Pasan unos minutos. La joven le hace gracias a mi hijo y este se sonríe (re-atacando ahí mismo ella): Qué bonito ¡eh? (refiriéndose al pequeño)
Si muy bonito, el cabrón salió a su mamá y… déjame hacerte una pregunta (tratando de distraerla) ¿es que esto no para después del boulevard?.
No, -responde la “insistente”- después de estas dos paradas ya no tiene más hasta el malecón.
Vaya, pues entonces nos tenemos que bajar –agrego- mientras súbitamente me levanto.
Para ese tiempo ya el ómnibus se enfilaba por el prado sin que todavía mi esposa hubiera podido caminar hacia nosotros debido a la aglomeración en la puerta trasera. Trato de encontrarla con mi vista para hacerle saber que nos quedábamos en la próxima parada. Llega el bus a su destino y nos bajamos todos, respiro aliviado.
Mi esposa: tremenda experiencia eh? Esta si me gustó…..
Si ya creo -le respondo.
Dentro de una cafetería, frente a la parada, un grupo de personas ayudaban a levantar a un viejito que se había desmayado, tratamos de enterarnos de algo más pero ya había demasiado bulto alrededor del desplomado. Alguien sugería que lo viera el médico y otro, con más sentido común, sugería que le dieran agua-azúcar. Dejamos atrás el desosiego. En la oficina de nuestro amigo nos indican que teníamos que esperarlos hasta las 6 (hora es que se suponía acabara la reunión).
Tenemos tiempo, vamos a dar una vuelta y nos sentamos en el prado a esperarlo –le propongo a mi esposa. y camino arriba compramos unas botellas de agua en un mercado quedándonos con las ganas (pues estaba en “falta”) de comprarle yogurt a mi “primogénito” que después de tanto ajetreo se dormía en el coche (respiro aliviado). Los niños, en el boulevard, corrían por entre las mesas de artesanías. Ingenuamente tratamos de comprar libros infantiles en una librería donde nos enteramos que estaban solo de "adorno" hasta la apertura de la feria del libro. Nos sentamos, por fin, en el prado donde un grupo de hombres jugaban dominó. A nuestra espalda la parada del bus se repletaba a cada segundo sin que se avizorara bus en el horizonte, un perro callejero se nos acerca y le damos un pedazo de pan que mi hijo todavía sostenía en su mano mientras en el techo del lugar donde venden helados, una frase (que había perdido el nombre del autor) rezaba: “Jamás renunciaremos a nuestros principios, coppelia”, haciéndome sonreír sin que mi esposa entienda la razón. Finalmente aparece nuestro amigo que nos propone “multiplicarnos por cero” e irnos de regreso. Nos ajustamos nuevamente en el mini y llegando al pueblo mi amigo me pregunta si mantenemos el viaje de al otro día para la habana y que si queríamos llegarnos, aprovechando el carro, hasta casa del otro chofer para explicarle lo de la multa.
No chico, yo lo llamo por teléfono y le explico para que mañana, él, vaya, ¿no crees? –miro a mi esposa. Si pero no te vayas a poner bravo luego si él no quiere ir a la policía a reclamar la multa, oíste – me advierte ella.
Yo: ¿Tú crees? (nuestro amigo se ríe)
!Tú sabes que por momentos parece que no eres tu el cubano de esta historia! – dice mi esposa haciendo un gesto de negación.
Tú crees de verdad que no quiera anular la multa? –insisto nuevamente-.
Espera y verás viejo, espera y verás…….
©A. Valdés
