02 abril 2010

Capítulo 6. “Al combate corred…”

¡Oye! …y no se nos puede olvidar llamar al chofer cuando regresemos para que nos lleve mañana a inmigración bien temprano -le decía yo a mi esposa mientras caminábamos rumbo al centro del lugar donde, bajo un sol que rajaba las piedras, los turistas (esos de virginales caras eufóricas) abarrotaban las empedradas calles. En otra esquina, muy cerca, el altercado entre dos jóvenes que amenazaban con matar a una tal “descará’ ” amenizaba el mediodía con la llegada de más personas a los portales sin entender de qué se trataba todo aquello mientras más allá (contrastando con los coloridos semi-palacios de jardines y palmas bien ubicadas) la descarnada y “aguerrida clase trabajadora”, esa que ha subsistido durante tantos años gracias al turismo, embestía doquier “y de al lleno” a todo lo que llevara cámara en mano, así, se nos acercó la insistente señora que vende collares más 4 niñas que nos piden “un dólar señor”, la que vende manteles, el de los tabacos, el que hace animalitos de hojas de palma, el vendedor de comidas y hasta uno que nos propone carro barato mientras nosotros, casi, no podemos deshacernos de ellos después de haberle dado unas monedas a las 4 niñas que, con mucha naturalidad, siguieron su curso en sentido contrario al cauce del turismo e interactuando con cada uno de ellos. En la pintoresca plaza un almendrón americano desentona con las edificaciones de, al menos, 500 años que estaban siendo invadidas, en ese momento, por los vendedores de artesanías, y ahí mismo, muy cerca los custodios que conversaban al lado del dueño del burro que cobra 2 dólares por foto, el viejito fumador de tabaco con un gallo en sus piernas o el cartel, visible desde la calle, que instaba a la resistencia convertían todo aquello en algo más irreal o ilógico de lo que realmente era mientras nosotros, turistas sin serlo, todavía tratábamos a toda costa de no atravesarnos a grandes grupos de paseo dirigido pues con ellos venían -incrustados y como embrujados por la primera estrofa de nuestro himno nacional que reza: al combate corred bayameses- toda una serie personajes que luchaban entre sí por llamar la atención de algún extranjero ….. ¡La lucha mi amor, esa es la lucha! -le comento a mi esposa- yo mismo, que nací y me crié aquí, no podría decirte si todos estos satélites que se adhieren al viajero son la causa o el efecto de la fama de este sitio, así que tú no trates de entenderlo ¿oíste? –le agrego- mi esposa, que me mira con cara de haberme entendido menos que a un discurso de Chávez me apura mientras llegamos, loma arriba, a otra plaza donde una “criolla”, que le aguantaba la mano a sus hija para evitar que, la pequeña, se fugara hacia donde jugaban otros niños con unos aros, le pedía dólares a un visitante. Esta es la jodida realidad a que nos obligan -decía ella mientras el señor sacaba algo de dinero para darle a la pequeña que provee las gracias con suspiro de “uno menos para pedir”- esto es así mi’jita (remachaba la madre a la niña) hay que estar en todas para no perder ninguna, mientras le daba el dinero colectado a un sospechoso personaje masculino que aparecía y desaparecía por otra esquina. Por un minuto traté de imaginar el futuro de esa niña cuya inocencia estaba siendo quebrantada por la necesidad de sus padres ¿les importaría algo de eso a ellos o no? es solo una niña y ya la estaban usando para jinetear unos pesos, pero igual, yo no soy quien para juzgar las necesidades ni los motivos que pueden empujar a una familia a hacer esto además: este mundo no lo cambio yo por mucho que luche (punto). Mi conyugue, que hasta ese momento se había dedicado a revisar unas estatuas, me pide vayamos hacia un área (al costado) de restaurantes medios vacios que lucían unos surtidos bares, ingenuamente nos adentramos en ellos y -por aquello de que: no porque haya mucha bebida significa que vas a beber- nadie del lugar nos sabia decir donde estaba el que nos podía vender una cerveza y entre pregunta y pregunta nos dimos cuenta, muy pronto, que teníamos que irnos rápido de ese lugar para evitar algún otro disgusto precoz tropezándonos, afuera, con tres de los meseros, un chofer y un vecino que hablaban alegremente. caminamos entonces hasta un portal descubierto para descansar, descanso que dura poco al aparecerse nuevamente la vendedora de collares que nos insiste como si nunca nos hubiera visto -no lo pensamos dos veces- ¡que se joda el reposo! Para escaparnos a una plaza lateral saturada con mesas artesanales donde se nos propone cambiarnos, ya sea la mochila de mi espalda o el bolso de mi esposa por un mantel, una obra de arte o hasta una camisa, cuestión que nos obliga a cortar la plaza en diagonal y lograr desaparecernos en una de esas calles medias vacías de arquitectura destruida, caminando allí, alguien se nos acerca y debido al hambre, nos convence de almorzar en un restaurante particular (paladar) “lo mejor del lugar”, nos indica la dirección y lo seguimos al mismo tiempo que emerge una pregunta del guía:…Y ¿ustedes de donde son? Pregunta indiscreta que ligada con mi hambre tiende a disparar mi creatividad: bueno ella es extranjera pero yo soy de aquí y soy su jinetero –respondo yo- mi esposa se sonríe al mismo tiempo que el guía, por la duda de que mi respuesta fuera cierta, prefiere no dar más conversación para mantener el silencio en los 3 o 4 minutos que siguen. Llegamos por fin al sitio, el da su contraseña en la puerta y nos hacen pasar por un largo pasillo que bordeaba todas las habitaciones hasta el fondo donde, un acogedor traspatio, exhibía 4 mesas, nos traen la carta, pedimos la comida (mientras sacamos nuestra agua embotellada para evitar dolores de estomago) La dueña de la casa hablaba con la cocinera mientras hacia la lavandería de la semana muy cerca nuestro, nosotros solo esperábamos y cruzábamos miradas por algo más de 20 minutos,… El día esta malo -decía ella- no hay mucha gente para comer hoy…. al mismo tiempo que nos traía el pedido, nosotros devoramos los platos, pagamos la cuenta y salimos nuevamente (bordeando el laberinto hogareño) al camino bloqueado por empotrados cañones en el que sobresalían un par de lagartijas sofocadas al lado de un portón por donde se podía divisar un altar con muñecas negras vestidas de blanco mientras una madre, de seno descubierto, lactaba a su bebé de camino hasta unas casas, más atrás, llenas de pájaros enjaulados en los portales -yo creo que esto es a lo que tú le llamas folklore ¿no? Me pregunta mi esposa. creo que si –respondo yo- todo esto que nos hemos encontrado hoy aquí es parte del folklore, lo que no podría contestarte es si ese folklore es una maldita secuela de la colonización o de la revolución (me sonrío), un vendedor de tabacos que nos promete “son legales y baratos” troncha mi “momento filosófico” adicionándose , casi inmediatamente, la señora de los collares que se nos embiste nuevamente –coño, ya no me queda duda que esta señora es omnipresente, carajo!- grito intencionalmente. Mi esposa , que ríe nuevamente, logra despistar a la “insistente” señora en uno de esos callejones, sin interés, en el cual nos despojamos del protagonismo que nos había perseguido durante toda la tarde para insertarnos en el movimiento cotidiano del cubano medio, así bordeamos la terminal de ómnibus o la fila los cubos de agua en las aceras que son colmados de agua de alguna tubería rota, así mismo tenemos que alejarnos de un “patriota” que subía la bicicleta por una rondana hasta el segundo piso o saludamos al niñito que jugaba con piedrecitas colectadas en frente de otro cartel que, frente al cementerio más viejo de la ciudad, pedía: RESISTENCIA, LO QUE NECESITAMOS ES RESISTENCIA. Miro a mi conyugue y le digo –no sé si reírme o llorar con ese cartel- Ya en la necrópolis el custodio-poeta nos promete un rápido recorrido por las antiguas tumbas que se debatían entre la subsistencia, el deterioro o el saqueo de cada día, mientras graciosamente nos dejaba saber de su amor por la poesía y de la puesta del sol en el horizonte, nos despedimos de él y nos aconseja no salir muy tarde de regreso a nuestro pueblo pues el camino estaba malo. Saliendo del cementerio y aprovechando la lejanía de los “vendedores pega-pega” decidimos “recontrahidratarnos” el cuerpo con algunas cervezas nacionales para una hora más tarde acercarnos, ingenuamente, hasta la terminal de ómnibus donde nos informan que “el ultimo transporte mi pueblo” ya había salido nos obstante a ser solo las 6:30, hacemos una búsqueda rápida por los boteros (choferes) de almendrones pero estos también habían ya desaparecido todos… ¡yo creo que a estos los traen en el mismo camión! –jaraneo con mi esposa- caminamos entonces, como última opción, hasta la salida por donde no vimos salir o entrar ni una carretilla y donde, infructuosamente por espacio de hora y media, esperamos la gracia de la aparición de algo que nos transportara, -yo creo que lo mejor es acercarnos al centro de nuevo– le propongo a mi esposa, regresándonos al punto de desembarque de la mañana pero sin disfrutar todavía de suerte alguna, ya allí y después de un rato cuando ya caía la noche (creo que por la cara de perdidos de llevábamos) un custodio del lugar se me acerca y me pregunta si necesito algo, yo le explico que estoy tratando de buscar transporte de regreso y él me pide que espere un momento. De una fiesta en los alrededores, con la oscuridad imponiéndose en la ciudad, el custodio se me aparece con un “Negrón” con pinta de “yo-lo-negocio-todo” que me dice: dime Yuma ¿qué te hace falta?
Mira papa -le respondo acentuando mi cubaneo- yo no soy Yuma pues para eso tendría que haber nacido en esa ciudad de los estados unidos, yo soy cubano como tú y lo que quiero es encontrar un carro para qué me lleve hasta mi pueblo o al menos hasta la ciudad más cercana de donde yo pueda coger otra cosa, está bien!?
Sí, claro que si, -me dice el negociador- es que estás muy “cuidadito para ser nacional” (trata de elogiarme para tapar la metedura de pata), espérame aquí que ya regreso, y se aleja hasta la esquina a hablar con el custodio. Yo, que no nací en cuba por gusto, no me gustó para nada la intriga a la que uno puede estar expuesto cuando lidia con este tipo de gente pero, no obstante, trato de mostrarle confianza a mi esposa ya que ella podía perder la ecuanimidad en un segundo si la situación de ponía más tensa con lo del transporte, yo ya, casi, la había medio-convencido de que también nos podíamos quedar a dormir allí y salir temprano de vuelta aunque ella insistía en regresarnos, así que tenía que andar suave. No importa si demorábamos un poco –decía ella- mira que ya hemos tenido a nuestro hijo todo un día bajo la protección de tu mamá y no hay porque abusar de esa confianza. El tiempo pasaba inevitablemente, la oscuridad se expandía y nada que el negrito aparecía con sus conocidos, La fiesta del frente continuaba, se me ocurre entonces llamar por teléfono y me indican que el único servicio público que existía estaba dentro de una casa y que había que pedirle permiso al dueño (¡imagínate tú! Un público dentro de una casa), logro al fin que el dueño responda mis llamados, el custodio le ofrece asiento a mi esposa y ya, cuando logro entrar a coger el teléfono, se aparece “maravillosamente” el negociante montado en un extra largo tareco ruso en el cual podía divisar al chofer y una mujer al lado de copiloto (algo que es muy común en cuba), dejo el teléfono sin que me vean, logro descifrar la ultima seña que se hacen entre ellos antes de buscar por mí –esto se va a poner interesante en cualquier momento, asumo yo- el custodio, con su mano, le señala al negociador de mi posición mientras me dice: mira chama, este te puede llevar (señalándome al chofer) ponte de acuerdo con el –reinsertándose nuevamente en la fiesta-. Me acerco al carro y más de cerca observo al joven chofer lleno de cadenas y bien vestido que depositaba su mano derecha en el muslo de su pareja (que pudiera ser la novia o la mujer -eso nunca se sabe-) y la cual a la vez -siendo ya una regla generalizada de las copilotos- demostraba ese orgullo exorbitado por su subordinación con el chofer. Habría que ver ahora cuánto me quiere cobrar el lindón este –pienso bajito- al mismo tiempo que él me pregunta: ¿y...pa’ donde es que tu va’ hermano?
yo: Necesito que me lleves hasta mi pueblo o hasta la cabecera de provincia para después coger algo para allá, somos yo y mi esposa, ¿ya? cuánto me vas a cobrar?.….
El (con convicción firme): Bueno a esta hora y como está la carretera no voy por menos de 70.
Yo: … ¡70s que!?
El: 70 chavitos hermano (con lo de los chavitos y hermano lo único que le faltó añadir fue bolivariano) le pongo cara de no haber entendido.
70 CUC hermano. 70 CUC.-me repite.
Yo:...!que le pasa a la gente aquí le perdieron el respeto al dinero o qué!… ¿70 dólares? ¡Ah no! ¡Tú te volviste loco!, a mí me trajeron por 20 y no creo que hayan corrido más al sur este pueblo desde que llegué ¿o sí?
El: si, no, pero la cosa de noche es diferente, fíjate que: yo no tengo que hacer este viaje, yo lo hago para que te puedas ir pues en resumidas la gasolina está muy cara y los puntos de control te acaballan y…..(Yo que lo corto) Mira ¿cuál es tu nombre? (se me queda callado) si como tú dices: ¡que no tienes que hacer este viaje! pues no lo hagas mijo, pero a mí no me trates de convencer con esa muela que un taxi del gobierno cuesta menos y no ponen tantas trabas, además, tu no pagas la gasolina al precio que está, no me vengas con ese cuento. (Me doy cuenta que se la empieza a ver difícil)
A ver, a ver – me dice- ok, ok, yo te llevo por 60. (Mi esposa que denota mi genio se levanta de su lugar en la esquina)
yo: Que no hermano, que te volviste loco, por ese precio me voy a pie.
_¿Y cuanto tú me das entonces? me pregunta él
esto sí es el colmo del descaro –reparo entre labios- primero me quiere meter un precio desorbitarte, después me empieza a rebajar y ahora me pregunta que cuanto yo le doy… esto es el colmo del jineteo con uno de su misma raza y por eso ahora no le voy a pagar y que se joda, en resumidas deben haber otras opciones lo que hay es que buscarlas, diciéndole entonces en tono calmado y sínico: mira mi hermano, ya el precio lo pusiste tú y a mí no me convino, así que puedes irte por donde mismo llegaste, muchas gracias por haber venido pero yo no voy a pagar más de la cuenta, recuerda que nosotros tenemos la opción de quedarnos y tú, por apretador, vas a perder el cliente, ¿ok? muchas gracias y chao (nos apartamos hasta la esquina contraria). El chofer se siente perdido, me vuelve a repetir que cuanto yo le daba, le respondo que le doy solo 20 mas nada….
pero coño no seas abusador –reclama él buscando apoyo en la copiloto que niega con su cabeza- que en resumidas el taxi del gobierno te sale en 40, a ver, yo te llevo por esos 40 –dándome como el ultimátum-
Yo: ¡Vaya!!! Tremenda rebaja ¿no? (me rio) ¿Y te lo tengo que agradecer? Mira, ahora por querer meterme el pie perdiste la oportunidad así que chao hermano, gracias por venir, y que te vaya bien. Le doy la espalda y llamo a mi esposa para conseguir un lugar de donde llamar a mi madre y saber del niño, le explico todo lo sucedido y ella, no obstante a querer salir de allí, concuerda conmigo en que todos se estaban buscando unos pesitos a costillas de la necesidad de otros. El “coordinador” que hasta ese momento se había mantenido como espectador desde la puerta de la fiesta se acerca al auto y de ahí a nosotros para tratar de convencernos: Mira mi chama! –me dice- ¡que bolá compadre!, el te puede llevar por 40 (me mira con cara mordaz) pero ya no puede bajar más pues eso está muy lejos. (Parece que este se piensa que después de tanta intriga me puede convencer) Mire “estimado” -poniéndome aun más cínico- si él llega y me dice 40 me hubiera ido pero como me quiso tumbar 70 putos CUC de esos pues ahora ni pa’el ni pa’ti –haciéndole clara referencia a su involucramiento- ahora me voy a buscar un carro del gobierno y se jodió to’el mundo. ¿Respuesta del coordinador? Coño chama no se puede ser tan imperfecto en la vida, y se aleja manoteando hacia el carro.
Arrancamos a caminar sin rumbo, esto es lo que no entiendo de estos personajes -iniciando conversación con mi esposa- ellos se quieren buscar la vida pero dándole la mala a quien se le aparezca en el camino y, arriba de todo, es como si te estuvieran haciendo un favor, como si la gente no se dieran cuenta de su propósito, después de todo es mejor así, tú verás como si nos vamos al hotel más cercano aparece un carro así de fácil. Mi esposa se concentra en las aceras, caminamos por algo más de 6 minutos hasta un hotel que nos recomienda unos “turistas de verdad” que nos cruzamos en el camino, llegamos al lugar y, sin muchos rodeos, pregunto por los taxis, me indican que al lado del parque, salimos, caminamos unos segundos, encontramos a un taxista “panataxi” gubernamental que había parado a tomar café, me le acerco, le pregunto si nos puede llevar y consiente, le indago el precio y me dice que por “cuentamillas” son 40 CUC (o sea que estábamos en lo cierto) se termina su café y nos montamos, ¡increíble!, auto limpio, cómodo, con aire acondicionado, sin reggaetón, sin olor a cigarro y sobre todo: “sin nada de miedo que esto es legal”. ¡Estas son las cosas de mi patria no entiendo, mami! –Platico a mi esposa- ya me habían advertido que los taxis particulares son más caros que los mismos estatales y, todos ellos, en peores condiciones, de verdad que esto aquí (con gesto que indicaba mi clara referencia al país) va de mal en peor y esa teoría de “tumbar al coterraneo” no va a terminar en nada bueno……. Así mismo es (replica el chofer que se inserta en la conversación mirando por el retrovisor) mira mi caso: este dinero que yo te cobro no es para mí, a mí solo me toca un porciento mínimo pero los boteros de la calle quieren siempre dar la mala perdiendo la clientela por su avaricia, pero bueno…. allá ellos. Tiene toda la razón mi amigo –respondo- pero eso ya no hay quien lo cambie ni quien lo arregle ¿verdad?, ahora solo espero que no nos paren en el punto de control -y me rio haciéndole la historia de la mañana al chofer mientras mi esposa se dormía.
Siento que el carro para, me despierto. ¡Me quedé dormido coño!, efectivamente, los policías del punto de control habían parado el taxi de turismo en que nos transportábamos pero sin que nadie se acerque, uno de los policias grita desde el otro lado: ..No, no, que sigan que ese es gente honrada, y le hace una seña al chofer que sigue automáticamente. ¿Ya ves? Ese es el problema –le digo al chofer- con quien nosotros veníamos esta mañana era un perverso o un inmoral delincuente, por eso lo multaron, pero yo mañana de decírselo para que él sepa, y me echo para atrás a coger otro pestañazo.
©A. Valdés

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