24 mayo 2010

Capítulo 10. "Oh, la Habana!, Oh, la Habana!...."

Quien no baila, quien no goza, caballero en mi habana..... Así reza el estribillo de un son popular, de por allá en los 80, y que todavía logro tararear cínicamente sin forzar mucho mi memoria al interactuar con La Habana, la capital de los cubanos, el sitio embrujado que se odia y se ama al mismo tiempo y que convierte en “acto heroico” lo que debía haber sido placer de caminar por sus aceras -destruidas por las raíces de los árboles, hace ya mucho tiempo. La habana, pudiera definirse, como el lugar primordial, el territorio donde las consignas revolucionarias en las paredes (aquellas que han sobrevivido al tiempo, o la falta de mantenimiento) crean una descontextualización aplastante con la realidad que se vive. O como la ciudad que se apaga cuando cae la tarde dejándose ganar por la oscuridad o, como la ciudad que vive del esplendor pasado, pero –como decía mi abuela-lo que fue y no es, es como si no hubiese sido.....
Nosotros, todavía en la vieja mansión de nuestros amigos (que cuidan como fortaleza pues les permite hacer semanalmente los ensayo de su banda) nos sorprende la llegada de mi sobrina: “La Artista” (Dramática desde pequeña), la cual esperábamos desde hacia mucho rato... ‘Ño tío!!!! Es que tuve que venir caminando desde lejos!! –Me decía- mientras nos apretamos fuerte haciendo un intermedio a los espaguetis que, con mucho amor, nos habían preparados los anfitriones. Un millón de historias nos debimos haber contado esa tarde entre risas acompañadas por el jugo “Tropical Island” y la botella de cola de producción nacional que adquirimos en un improvisado mercadito (por dólares) del frente. Después de la sobremesa llamamos un taxi legal, del gobierno (que se conocen como Panataxi), para irnos con todas las maletas y nuestro cansancio hasta la casa donde, mi sobrina “la artista”, había separado verbalmente la renta de un cuarto un par de semanas antes.
- Tu estas segura que esa gente en tu edificio tienes buenas condiciones –le pregunto entretanto acomodamos el equipaje en el maletero.
- Si tío –me responde- yo les dije que ustedes llegaban hoy y que venían con un niño, ellos estaban muy contentos pues en esta etapa no hay mucho turismo.
- Ok, y..... ¿Cuanto es que cuesta la habitación con baño?
- Ellos me dijeron que 35 diarios más la comida, si es que quieren que ellos le preparen desayuno o cena (que fina esta palabra para un cubano eh!).
- ¡ay tío mira que te gusta burlarte!......
- No está mal -responde mi esposa- al menos podemos estar cerca de ti y salir juntos (refiriéndose a la “sobri”).
Nos despedimos de los amigos con la promesa de regresarnos más tarde para continuar la tertulia. El taxi, en su camino, bordeaba un área que, años atrás, había sido sede de unos edificios de oficina y que ahora, convertido en parque, acogían transeúntes cansados o largas filas de espera por el transporte local.
- Oye sobrina –como sorprendido- y es que ahí no habían unas oficinas del hospital.
- Hay tío mijo, aquí cada vez que se cae un edificio hacen un parque, esa es la ultima.(Nos reímos de la frase)
- No muchacho –interfiere el chofer- si en cualquier momento la habana tiene más parques que Holguín y le roba el protagonismo –nos dice con una mirada burlona.
- Y es que Holguín tiene muchos parques? Y es que está muy lejos? –indaga mi esposa
- Ni se te ocurra mami, que eso está al otro lado de la isla y, si multiplicas la distancia por lo malo de las carreteras, entonces está llegando casi a España.
Apretaste mijo! –Me dice alguien desde el fondo tratando de controlar a nuestro pequeño que se desvivía por mirar por la ventanilla.
Llegamos al costado del edificio donde La Artista (ilegal en la habana y que renta un cuarto mensual por algo de 30 CUC) aparentemente nos había separado la habitación. Bajamos todo y, con paso cansado, alcanzamos la cerca que delimitaba los predios de la residencia. Abrimos el pórtico y, rápidamente, una afrocubana “empotrada” en el sillón del portal nos recibe con: Son ellos tu familia? (esto me huele mal...deduzco en cuestiones de segundos) ¡Hay niña que pena! -continua la alquiladora- Pero como nunca me confirmaste le rentamos a otra persona, ya ahora estamos llenos, no tenemos habitaciones... (Todo sin haber movido un músculo del “trono” y mirando al infinito).
Yo sé que en ese preciso momento a mi sobrina le hubiera gustado que se la tragara la tierra. Pero yo, que bajo extrema presión cubana me lleno de calma, la tomo del brazo y bajito, en el oído, le susurro:
- déjalo así, si ella no tiene habitaciones por alguna razón será, todo lo que sucede conviene... salgamos de aquí y después buscamos otro.
- Pero tío....-trata de responderme ella-
- Nada, nada, (dándole poca importancia al desplante y la espalda a la empotrada) dejemos esto así y vamos rápido que ya la noche esta cayendo –al tiempo nos regresamos con la familia a la acera.
- Mira mi niña –nos grita la empotrada desde el lejano portal- ahí hay dos casas que rentan pero no sé si rentan con niños, ve hasta allá.
- Ok gracias -le respondo, porque mi sobrina no podía ni hablar- llegando casi a la esquina.
La situación se empezaba a poner difícil, nos habíamos confiado en que todo estaba resuelto y, definiéndolo en buen cubano, nos “comió el león”. Subimos hasta el tercer piso, donde otra inquilina que le rentaba a mi sobrí nos permite transitoriamente dejar todo el equipaje, en tanto buscábamos, por una hora y dos cuadras a la redonda, un cuarto de renta para los venideros tres días. Todo era cada vez más dificultoso, el que no estaba lleno, no rentaba con niños, estaba en reparación o, en el peor de los casos, no podían rentar a extranjeros por tantos días. Nos regresamos al apartamento de mi sobrina, que más apenada no podía estar y donde, en el ultimo de los casos, tendríamos que apretarnos los 4 durante la noche en su cama (dicen los más optimistas que antes del amanecer la noche se hace más oscura y yo confiaba en ello) Por el momento logramos bañarnos a golpe de jarritos de agua desde un cubo en lo que la sobri preparaba una comida rápida con frijoles y picadillo. Hago unas llamadas a los hoteles de la ciudad por el aquello de que nadie sabe si había algún precio módico desistiendo, después de la segunda respuesta, al darme cuenta que nada había cambiado. Llaman a la comida y mi esposa que se sienta en la mesa con mi hijo. Los acompaño en una de las esquinas. Los frijoles le encienden el bombillo a la artista y de repente le da por llamar a otra amiga que le recomienda una casa de renta a solo unas cuadras. Sin embargo, decidimos comer y caminar luego.
Bajamos las escaleras y enfilamos (tío y sobrina), loma abajo, hasta la casa referida. Nos recibe una señora que, con dos habitaciones disponibles, nos vende el sitio como el más seguro y limpio de todos. Yo, en realidad, ya no tenía mucha más opciones a esa hora como para ponerme pesado. El sitio no estaba del todo mal, por lo menos limpio y organizado con ventilador, aire acondicionado, baño independiente y hasta agua caliente (ni que nos hiciera falta).
- Bueno señora –como cerrando el trato- si me pone la camita para el niño en el cuarto nos regresamos ahora mismo.
- Claro que si, yo voy organizando todo en lo que ustedes regresan.... y no tengas miedo mijo que yo no le voy a rentar a nadie como te hicieron los de la otra casa.
(¿Y como ella se enteró de los que nos había pasado? ¡Coñó!!! Aquí si que los chismes corren rápido) Pero bien, así ya, con más calma, me devuelvo por mi familia comunicándoles que hemos encontrado la morada final de ese día y dándole las infinitas gracias a la anfitriona de las ultimas 2 horas.
Comidos y bañados (gracias a dios, el picadillo de soya y el jarrito del baño) desempacamos todo rápidamente y decidimos devolvernos por los amigos de la tarde para, con ellos, darnos una vuelta por el famoso “vedado”, el reparto más poblado de Latinoamérica, el sitio de donde son la mayoría de los cubanos que viven en el extranjero y que han transformado el barrio habanero en morada previa sobre-poblándolo, de tal manera, que a estas alturas puede tener, sin equivocación, la mitad de la extensión territorial nacional. Es como si todos los Estados unidos dijeran vivir en Manhattan o toda España en el barrio de Salamanca.
Optamos de que el panataxi -ese que habíamos esperado por espacio de media hora a que nos recogiera- nos “aterrizara” en el malecón y calle 23 (sitio de referencia inequívoca) donde la oscuridad se tragaba el litoral sin importarle tener todas las luces encendidas. Cruzamos la calle para sentarnos en el muro donde evitábamos a más de uno que nos vendía el famoso cucurucho de maní a buen precio. Mi hijo disfrutaba el sonido y el olor del mar repitiendo las últimas malas palabras que había escuchado de mi boca. Mi esposa entablaba conversación con nuestra amiga. Yo, con mi sobrina y mi otro amigo, nos debatíamos del por qué las calles tan oscuras. Los autos, con mucho cuidado, trataban de tomar izquierda en la oscuridad y en ausencia del semáforo. La noche fresca (por suerte). El tiempo que pasaba mientras se abarrotaba, cada vez más, el muro malecón. No parecía martes, podría haber sido sábado o domingo. Al menos desde el muro se desconectaba del ambiente cargado del otro lado de la calle –decía alguien-. Todo era como un calmante que decidimos abandonar, después de un rato, para caminar calle arriba en busca de algo más privado. El bar de jazz: muy caro, el “rapidito” por CUC: repleto. Los travesti y las putas se hacían notar en las esquinas y la heladería Coppelia cerrada. A esa altura, nos quedaba la cafetería del Hotel Habana Libre como única opción aunque, ella, nos devolviera los malos recuerdos de, cuando tres años atrás en y escasas 4 horas en la ciudad, habíamos podido tomar solo helado de vainilla de todo un menú súper extenso y en faltante. De todas formas y, presionados por la insistencia de mi hijo de tomar algo, decidimos quedarnos a hacer un segundo intento. Por suerte esta vez el menú no estaba tan mutilado.
Después de algo más de una hora, todos repletos, contentos, cansados de hablar y con mi hijo desmadejado en mis brazos, alcanzamos a parar, en las afueras, otro taxi (este de nombre OK) que sin mucho interrogatorio, pasándonos por el túnel de la calle 31, nos devuelve a cada uno, desapareciéndose rápidamente en la oscuridad de la 7ma avenida, luego de estar seguro que habíamos podido abrir la reja de calabozo que, por puerta frontal, tenia la casa de renta y que la convertía en un punto prácticamente infranqueable.
Día 6. El miércoles amanece fresco y tranquilo, nos levantamos temprano para aprovechar la mañana hasta que, en la tarde, pudiéramos ir con La Artista (que en esos momentos estaba en los ensayos de su grupo teatral) hasta el morro o la habana vieja. Trato infructuosamente de contactar telefónicamente un amigo que me había propuesto transportarnos en su auto. La anfitriona, aprovechando la puerta abierta de la habitación, nos invade con una taza de café y nos propone un desayuno “riquísimo” después del cual resolvemos caminar hasta la no muy lejana costa, sin tener que depender de un transporte. Las aceras todavía no estaban hirviendo pero ya las paradas de ómnibus, adornadas por el “viva la revolución” o el “viva Fidel” del fondo, mostraban largos grupos de espera. Pasamos, despacito, por el acuario nacional (que se repletaba en semana de receso escolar) siguiendo hasta la descubierta costa en la calle 70 (que parecía más basurero que sitio de contemplación) y donde unas cuatro personas practicaban surf. Se respiraba tranquilidad en el sitio pero estaba demasiado sucio como para extendernos en nuestra visita. Nos devolvemos -evadiendo las señales de: “no pise el césped” que nos atacaban por doquier- tratando de encontrar la acera que bordeaba el rimbombante hotel más cercano hasta la calle 3ra y.....ahí mismo, como maldición de miércoles atravesado, comienza nuestra desdicha. Al cruzar la calle con la luz verde peatonal somos casi atropellados por cuatro autos, incluyendo un almendrón y un “tur” (como se definen los autos de renta por CUC), que se apuraban a tomar la derecha en esa intercepción. En otro país esto se hubiera considerado infracción o amenaza al peatón pero, en la habana, nos ganamos el calificativos de “comemierdas” y “échense pa’lla” gritado por los chóferes que se nos encimaban ante nuestras caras atónitas. Asustados e indignados logramos cruzar la calle y, maldiciendo la indisciplina vial, nos refugiamos en un enorme mercado cercano (gloria del pasado y vergüenza del presente) al que se nos prohíbe la entrada por la mochila que cargaba en mi espalda.
- Mire señora que esta mochila es mi cámara, usted quiere se le la abra.
- No, mia, no se pue’entlal con ná, si quiele dejala en el gualda’olso –me responde con un idioma un poco extraño-
Ante la prohibición, y la inseguridad del guarda-bolsos, mi esposa prefiere quedarse afuera con mi hijo y la mochila mientras, yo, me desaparezco a perder mi tiempo en el interior ya que, no obstante al tamaño de la instalación y el historial que lo precedía, la mitad de los estantes y refrigeradores estaban más vacíos que película de post-guerra, ni imaginar entonces que pude encontrar jugos nacionales o el famoso yogurt que, ante mi interrogante, se me describen como: “productos están en falta”...
- Pero estarán en falta hace 50 años ¿no?, respondiéndole a la cajera que me preguntaba como pagaría por los escasos panes, leche y refrescos que maravillosamente había encontrado.
Detallando el cajero descubro que se podía pagar con tarjeta de crédito y, en uno de los actos más ingenuos de mi estancia, decido usar esa vía para ahorrarme, supuestamente, el dinero en efectivo. “Desenfundando” mi tarjeta en el punto de pago descubro que ese tipo de evento en cuba esta hecho, precisamente, para que nunca se nos olvide que la paciencia existe porque el desespero es inevitable. Después de mostrar la tarjeta, la vendedora tiene que ir hasta una caja especial de la tienda, establecer la conexión, pasar la tarjeta, venir de nuevo a pedirme otra identificación con foto, decirte que no te pareces a la foto, esperar por un recibo, anotar el numero de la identificación en él, caminar hasta mí con el recibo para que lo firme, pasar el producto y la tarjeta en su caja, poner en el recibo el numero de la tarjeta y hacerme firmar el ultimo nuevamente en lo que me devuelve la tarjeta y la identificación...!dame paciencia dios mío, dame paciencia!, indiscutiblemente, no pago más con tarjeta en un mercado. Salgo. Mi esposa no me cree que de los 25 minutos dentro del sitio 22 fueron la espera para pagar, ella dice que eso no puede ser posible pues no había cola. Yo desvío la conversación. Nos sentamos en las afueras al golpe de reggaeton y pedimos unos jugos de mangos que se exhibían en una pancarta.
- No mi vida eso está en falta –nos explica (cariñosamente) la joven que atendía que venia y se alejaba al son de la música
- Bueno está bien –tratando de reponerme- dime, en lenguaje claro, que tienes para limitarme a ello.
- Lo que tiene precio y subrayado con lápiz –nos aclara.
Devorábamos entonces (los adultos) la única opción de sandwich con una cerveza (para bajarme los calores del genio). Mi hijo mete una de sus “perretas” al darse cuenta que de la pancarta de helados Nestlé que se mostraba a un lado de la nevera solo “dos” estaban disponibles y, desgraciadamente, eran los únicos que el no había señalado. Logramos convencerlo por uno de ellos al mismo tiempo que mi esposa, “deslumbrada” por los autos de renta parqueados a nuestros costados me pregunta si no era mejor alquilar uno y prescindir de los taxis y los almendrones.
- Mira -le respondo- desdichadamente, y apartándonos del precio de la renta, yo aprendí a manejar en otro país, o sea que si tú le sumas a eso al estado de las calles, las pocas señalizaciones y la indisciplina que se botan mis coterráneos lo más posible es que nos matemos en el primer intento, así que yo prefiero que maneje otro... ¿me entiendes?
- Bueno si tú crees eso pues será mejor así, tú conoces mejor que yo esta ciudad –me responde ella en tono de aceptación-
Terminamos la merienda. Nos despojamos del sitio bordeando la embajada-fortaleza Rusa que se erige, imponente todavía, como símbolo del intervensionismo que se le permitió durante tantos años en la isla. Las calles no tenían mucho tráfico, por ello, seguimos loma arriba sin ningún otro percance automovilístico hasta la casa de renta donde, sin mucho que hacer, la anfitriona, comienza un interrogatorio solapado por las historias de los supuestos extranjeros que han visitado su casa y que inevitablemente regresan al otro año (me imagino porque no hablan español pero, si ella sigue así, yo no regreso más). Me voy hasta el balcón a tirar unas fotos en espera de mi sobrina en lo que, mi esposa y mi hijo, se guardaban del sol en la sala.
- Quieren que les prepare almuerzo –nos pregunta la anfitriona-.
- No gracias ya comimos algo allá abajo en el mercado. (miro a mi esposa) yo creo que lo mejor es llamar un taxi ¿no? – tratando de ponerle punto final al interrogatorio.
La anfitriona nos propone llamar a un amigo pero, este, no estaba disponible. Llamamos a un Panataxi y dejamos nuestras referencias en la casa en caso de que alguien nos llamara. Mi sobrina seguía brillando por su ausencia. 10 minutos más tarde bajamos a la calle sin tener evidencias o rastro de Taxis. La artista (mi queridísima y demorada sobrí), finalmente, aparece por una esquina con paso cansado pues, según ella, había tenido que caminar por algo más de 10 cuadras a nuestro encuentro, le brindo de nuestra agua y subo, una vez más, a contactar la agencia de taxis que me pide paciencia (no jodas, si eso es lo que más he tenido desde que llegué) sin muchas esperanzas bajo y le hago señas a otro panataxi que en sentido contrario gira en U bloqueando la avenida.
- Hasta el morro chofe?
- si como no, monten. -nos responde él.
- Si te es posible irte por el malecón te lo agradecería –le sugiero con la intención de mostrarle a mi esposa el supuesto eclecticismo arquitectónico de la ciudad que parte del periodo colonial español y que para en la década de los sesenta, insertándole algunos elementos post-revolucionarios y hasta buenos ejemplos del Kitsch con, algún que otro, derrumbe o parquecito improvisado. Luego del deleite nos desaparecemos, para alegría de mi hijo, en el túnel de la habana donde el chofer no los describe como el primero de América (fundamentado en esa maldita condición que nos hace pensar que fuimos los primeros del pasado como justificación a ser los últimos del presente). Nos deja en la entrada de la fortaleza del morro, desde donde se podía divisar -después de franquear un millón de vendedores de artesanías que se aglomeraban en el primer nivel- una imponente ciudad que ahora se desvanecía entre el golpe del tiempo y el salitre.
Nos tomamos nuestro tiempo recorriendo las afueras, logramos evadir unos de los cobradores en un pasadizo pues, en teoría, no entraríamos al área de la farola. Llegamos hasta un área solitaria donde nos recreamos por un buen rato. Ya de vuelta, y haciéndonos los locos, tratamos de pasarnos al interior pero los cobradores son infranqueables. Regresamos al área de la entrada y bajamos por un largo trecho hasta unos de los famosos restaurantes pero su soledad nos da mala espina y decidimos no exponernos a una comida que sabe dios desde cuando la guardan. Subimos otra vez y, como quien no quiere las cosas tomamos rumbo a la fortaleza de la cabaña, camino que se nos troncha al enterarnos que estaba cerrado por la inauguración de la feria del libro. Se nos habían acabado las opciones de ese lado y la habana parecía aún muy lejos. Le saco la mano a un almendrón que acababa de dejar a alguien y cuando le digo que vamos para la habana me dice que me lleva pero por 5 CUC. Este se volvió loco......
- 5 CUC hermano? Oye, que solo son 700 metros de túnel eh? –le contesto medio indignado-
- Bueno y cuanto tu me das? Me pregunta el chofer
- ¿Yo? Nada, y muchas gracias por su servicio -dándole la espalda y arrastrando a la tribu hasta el tope.
En nuestro camino, loma arriba nuevamente, el almendrón nos pasa por el lado y parquea un poco más adelante. Mi sobrina no me quitaba la vista y mi esposa, que sabia lo que se avecinaba, le sugiere: déjalo tranquilito que ese está que explota. Yo, parado, meditativo, seguía el ir y venir de los autos en el túnel mientras pensaba: ¿y no es que podremos cruzar ese túnel caminando?
©A. Valdés

10 mayo 2010

Capítulo 9. "La Jineteología"

Día 5: ¡Vamos mamita, que ya es hora!...Intento despertar a mi esposa aprovechando su sobresalto al estallido de un tractor que trataban de arrancar (me da risa) sumándosele al acto una moto karpaty que, como terremoto de Haití, pasa por la esquina de la casa. Mi hijo, en cambio, continuaba durmiendo plácidamente. ¡Vamos, vamos! Que tenemos que levantarnos y recogerlo todo para salir temprano para la habana pues nunca se sabe lo que nos espera en la carretera. Eran como las 7:30 y (¡supuestamente!) el que nos “Peugeotransportaría” hasta la capital estaría recogiéndonos sobre las 9 para que, al mismo tiempo, el chofer fuera hasta la unidad de policía a los trámites anulatorios de la multa. Después de hacer fila para el baño nos sentamos a desayunar, acompañados de mi madre y abuela, que se quedan atónitas con la historia del día anterior habiendo confirmado, antes, con ellas, que todo estaba coordinado para las 9 y poder extendemos entonces, sedados y tranquilos, en una larga conversación matutina que pasaba por accidentes, prisioneros, planes para el viaje, recordatorios y, alguna que otra, llamada telefónica que se troncha (como si no fuera isleño) con la llegada del “Peugeot empolvado” 25 minutos antes de la hora acordada. Parecía increíble. De pronto y hasta los cubanos se acostumbran a ser puntual en los momentos menos esperados. Mi esposa empieza a meter maletas en el “descuarejingadito” ayudada por el otro chofer (el de la mala suerte), mi madre cargaba a mi hijo mientras yo, me sentaba un último momento, con el dueño del carro, a explicarle una vez más lo de la multa no obstante a haberlo hecho la noche anterior. Le pregunto, otra vez, si quiere ir conmigo a la unidad de policía en ese momento a poner la reclamación pues el jefe nos estaba esperando. El me mira con cara de “perrito acobardado” y me deja saber que “NO”, que "no quiere meterse más en candela”.¡Pero si ya lo estabas angelito! -Infiero yo-, pero me repite nuevamente que no, que es mejor dejar las cosas así (me da la sensación que esta “cagao” del miedo) me dice que el paga la multa y deja que las cosas se enfríen…
Mira mi herma –le digo- yo no sé cuál es esa teoría, al final ya tú estás marcado, primero porque ni te vayas a imaginar que la policía no sabe lo que tú haces con tu carro, y segundo por la visita de ayer a la delegación. Si hoy no vas pues le das la razón. Si quieres pagar la multa ok, yo tengo que respetar tu decisión pero me parece que entonces no deberías dedicarte más a esto.
No chico no, no lo veas así –me dice él- acá las cosas son diferentes y ya después yo me las arreglo…. tu vas a ver!.....
Yo, tratando de pensar como él, me quedo mirándolo “lelo”. ¡Ok compadre! –Le digo- haga lo que usted crea y buena suerte, en resumidas esa tu vida y tú sabrás que es mejor para ti. -Ahora entiendo (y lo peor es que no puedo quejarme) cuando las personas, incluidas él, me recomendaban no perder el tiempo en esa reclamación. Es como una reafirmación de ese principio (fundamentalísimo) que guía y mueve la sociedad cubana al son de: “Tienes que dejar que te la metan” (dicho en la jerga más popular), eso es. Es como una enfermedad en la cual no hay cura ni mejoría. Pase lo que pase -a cualquier nivel social- hay que dejar que te la metan y solo quejarte “bajito” (si puedes), o tratar de “metérsela” a otro. ¿Te parece esto gracioso? –Me desahogaba con mi esposa-… yo no sé qué carajo "pintaba" yo ayer comiendo “catibia” por allá tan lejos. Si, ya sé –confrontando la cara de mi esposa- ayer me dijiste que no me podía poner bravo, pero tengo que descargarme ¿no?
Mira –argumenta ella- al menos ahora, después de la entrevista de ayer, tenemos un punto para discutir y reclamar si algo nos sucede por la habana ¿no lo crees?
¡Y si!…creo que sí tienes mucha razón. Es mejor verle la parte positiva a todo esto: Él, se queda con la multa, me sigue manejando y yo, le pago sin coger más lucha con esto aquí pues, en resumidas, cada cual se la resuelve como le han dejado aprender, así que…. mejor me voy con la ola y que sea lo que sea.
Ya para ese tiempo (envuelto en bolsas plásticas para evitar se nos ensuciaran mucho en el “extra sucio” maletero) todo el equipaje estaba montado y, despidiéndonos de los que se quedaban incluido el “aguanta-multa-caratriste”, nos ponemos en marcha. Casi arrancando le pido a mi mujer, que ocupaba el asiento trasero, un pañuelo, aclarándole al chofer que me mira extrañado: Nada hermano, es que si aparece un policía y tengo que ponerme el cinturón, no tengo otra opción que un pañuelo en el hombro pues, la última vez, me dejó una marca prieta que ni a puño con jabón batey quería salir la mancha. El chofer se ríe como si mi explicación fuera un chiste y consiente en que el carrito está un poco sucio pero como no es de él pues no coge “mucha lucha”. Si ya sé -remato yo- esto es también gracias a lo que tantos años nos ha castigado la teoría de: “los que es de todos no es de nadie” y que se jodan lo que vienen. (Silencio rotundo)
Realmente hoy no era un día muy bueno para mí, así que opto por adelantar en el camino sin sacar mucha conversación. Le pido al “chofe” que no me ponga reggaeton ¡por favor! Accediendo amablemente en lo que apaga la radio. Por los primeros 45 minutos del viaje, el camino se hace callado, solo siendo interrumpido por algunos gritos de mi hijo y las preguntas de mi esposa, pero todo marchaba bien, todo en calma.
Ustedes me dicen cuando quieran parar -interviene el chofer cincuenta minutos más tarde- .
Tú no cojas lucha herma que nosotros estamos acostumbrado a tiradas largas, métele la pata y olvídate de eso –le respondo.
Seguimos el viaje en paz. Al “chofe” se le notaban las ganas de hablar pero sin poder encontrar la manera (yo, contento con ello). La carretera que se hacia por momentos estrecha y muy mala….. De verdad que este tipo es muy “guanajo” –rompe el hielo el conductor refiriéndose al dueño del carro- yo no se por que no fue a la policía después que ya te había metido en esto….
No mira, déjame explicarte- le respondo- él no me metió, nosotros nos metimos solos, y al final, si él no quiere buscarse mas problemas es cuestión de él ¿no crees?
Si ya, pero es que él tiene una mala suerte del carajo, todo le pasa a él, a mi nunca me han tocado y eso que yo manejo para todos lados, inclusive, cuando tengo que ir a la habana por lo de la ciudadanía… (Esta es nueva y no me la sabia –pienso yo-) ¿Ciudadanía de donde, hermano, es que tu no eres cubano? Le pregunto con malicia.
Él: la española hermano, la española. (Vaya, otro mas en la “comparsa” de la ciudadanía española, me imagino cuantos más me voy a encontrar en estas andanzas. De pronto, y hasta los negros amigos míos, se están haciendo ciudadanos españoles… ¡quien sabe!)
¿Y es que se demora mucho eso?!Me imagino cuanta gente se está haciendo la ciudadanía verdad!? –lo provoco-.
Él: ¡muchachoooo!, un millón (esta frase ya la habíamos oído), pero que más vas a esperar, hay que escapar de alguna manera ¿no? A mi eso es lo que me queda, pues ya yo lo perdí todo a manos de un “supuesto” amigo y de la extranjera con la que me casé pues la muy descará’ me pidió el divorcio por rebeldía cuando se enteró de que yo andaba con otra…. (Esta conversación se está poniendo buena). Mi esposa, que hasta ese momento se había relegado al espaldar del asiento trasero se hecha un poco hacia alante mostrando inusitado interés en el asunto y me abre los ojos como indiscutible pedido de querer más datos.
Yo: de madre papa, aquí todo el mundo tiene una historia y…. ¿como es eso de la extranjera?
El chofer, entonces, en un tono más “tristón”, divaga sobre la perdida de sus dos carros a manos de un “HP” amigo que se los roba para poder irse del país, mientras él estaba en la cárcel denunciado por el mismo “HP”, un plan maquiavélico que habían creado contra él para sacarlo del juego de la renta ilegal y la búsqueda de los “fulas”. punto donde arranca con lo de su boda con una extranjera que había conocido en el pueblo. La misma que, después, le pidió el divorcio. (Se calla por un momento). Me pregunta: ¿allá donde tú vives conoces muchos cubanos?
Si unos cuantos -respondo- no muchos, pero unos cuantos.
Y es que esta ciudad – insistiendo él nuevamente- (me da su nombre) ¿está muy lejos de donde tu vives?
Yo: no, no mucho, es como a una hora, son como 120 km… ¿es que acaso la extranjera es de ahí?
Él: ah bueno, entonces a lo mejor no conoces a una muchacha que es del pueblo y que vive por allá….
Yo: (regañando a mi hijo que quería abrir la ventanilla) si, si, claro que la conozco, a ella si la conozco y ella vive en ese pueblo, pero que tiene que ver eso con tu historia... (Nos habíamos quedado intrigados)
Él: no viejo, es que con ella fue que me casé y me embarqué…
Yo: pero ven acá mijo ¿no me acabas de decir que tú te habías casado con una extranjera? (mi esposa se acerca mas a mí. para la oreja. los ojos le brillan. no se porque a las mujeres les gusta tanto estas historias macabras, mi hijo se pone insoportable)
Él: si chico, ella es la extranjera, que tiene dos hijos y… (Yo que lo corto)…Espérate hermano, vamos a organizar esto. Ella, de la que me hablas no es ninguna extranjera, es una guajira del pueblo que se fue jineteando y que se nacionalizó en otro país, pero eso no le da el titulo de extranjera. Si me guío por tu comentario entonces yo soy también extranjero ¿no? Explícame eso hermano pues ahora mismo estoy “botao”.
Bueno, es que ella se hace pasar por extranjera y ya la gente la llama así –me aclara él.
Mira lo que son las cosas de la vida –interrumpo nuevamente la conversación- yo vengo con mi esposa, que es nacida en otro lugar, para que conviva conmigo en casa de mi familia y me la catalogan de extranjera cuando no debe ser así y  resulta que esta mujer, nacida, alimentada con boniato y que se jineteó a media playa viene ahora al cabo de los años a hacerse llamar “la extranjera” (me imagino que la negrita del rapidito del capitulo 4 haga lo mismo) pero.. ¡Como cambiar eso, eh! de verdad que nosotros los cubanos no tenemos limites….. (Mientras sigo instigando al chofer para que cuente)
Él: Mira muchacho esa historia es largísima, yo ya había hecho mi fortunita a costillas del alquiler ilegal de autos (se refería a hacer de taxi), pero como tenía un poco de dinero pues me iba hasta la ciudad a “putear” por las noches, y en una de esas noches es que la "tumbé", por lo menos eso creía yo. Estuvimos juntos hasta que ella, a la semana, se fue. Después ella regresó dos veces más, acá, de vacaciones, y como nos iba bien (claro yo le daba su merecido –nos dice el con cara de malicia-) ella me preguntó si me quería casar y yo, que no soy “come mierda”, le dije que si. En resumidas ella es más vieja y yo sabia en lo que estaba ¿no es verdad?
Claro que si –respondo yo-.(mi hijo se va quedando dormido)
Entonces nos casamos -continua él- yo pagué toda la boda que fueron como 2000 dólares….
¿Qué tú pagaste eso? Pregunto extrañado.
Si, yo pagué toda la boda, ella no puso un centavo, nos fuimos de luna de miel y “todo eso” (el significado de el "todo eso" me lo explicó) hasta que ella se regresó y me dijo que me pondría los papeles para sacarme de cuba. Yo pensé que había encontrado la gallinita de los huevos de oro, un poco vieja pero gallina al fin que es lo que uno necesita acá. El supuesto papeleo se demoraba y se demoraba hasta que la llamé un par de veces. Ella solo me decía que tenia que esperar y, como la espera se hacia tan larga decidí, entonces, ya que el dinero seguía apareciendo, de darme por ahí mi “corridita” con mujeres hasta que conocí a otra muchacha (cubana de la isla y que reside en ella, o sea, para nada guajiri-extranjera) y terminamos enamoramos. Pero nada es perfecto hermano –baja la voz- una “informante” de la vieja que vive en el pueblo la llamó para meterle el chisme y la muy descará’ (refiriéndose a la supuesta extranjera) me puso una demanda de divorcio por rebeldía. La última vez que la llamé le dije que no lo hiciera, que si ella quería yo le pagaba todo el proceso para que me sacara y después yo allá me las arreglaba sin tener que molestarla, pero ella no quiso. Me puso los papeles y, al mismo tiempo, la mala con mi familia, la cual me botó de la casa dejándome en la calle, la suerte es que me recogió la otra muchacha con la que estaba saliendo…. ¿Qué te parece?
Espeluznante –respondo mientras miro a mi esposa- (de hecho los dos conocíamos de quien nos hablaba el “chofe”) me parece tremendo eso que me cuentas pero ven acá mijo, ¿y tú no te distes cuenta de que te podía pasar eso desde el principio? Vaya, eso para no decirte que tú fuiste el jineteado en lugar del jinetero!
Bueno si -prosigue él- pero al final yo lo que quería era irme y ni una cosa ni la otra, y arriba de todo mi familia me bota de la casa por culpa de ella.
Bonita familia esa que tu tienes ¿eh? Y.. ¿es que te botan de la casa porque te jineteaste a una jinetera o porque no lograste que te sacara del país? (esquivamos un tractor de cargado de caña quemada)
No hermano –se repone él- esa mujer viró a todo el mundo en mi contra, como ella le traía “regalitos” a todos pues todo se pusieron de su parte.
No te puedo creer -interviene finalmente mi esposa.
Pues si lo vas a tener que creer y todavía no se saben la mejor parte –nos dice.
¿Ah no? Ven acá y que puede haber mejor que eso que te ha hecho esa mujer y tu familia? -le insisto yo, mientras él trataba de esquivar unas personas que, en el afán de llegar a su destino, bloqueaban la autopista mostrando dinero a cuanto carro se le acercaba-
Mira muchacho, esa “yuma” vino una vez más acá y se quedó en casa de mis padres pues a ella en su casa no la pueden ni ver, no se lleva ni con la madre ni con las hermanas y entonces, como era de esperar y haciéndose la dolida, se quedó en mi casa, o sea en casa de mis padres para terminar acostándose con mi hermano que tiene 16 años y mis padres lo aceptaron, inclusive, ahora sigue viniendo y se acuesta con él en la cama donde antes se acostaba conmigo y tiene a todo el mundo dormido con la historia de que se lo va a sacar de cuba muy pronto.
Aguanto (yo) la respiración. Le “meto” una mirada a mi esposa que hace un gesto de repulsa. Retorno la mirada, sin haber, él, quitado los ojos de la carretera (que por momentos les noté aguados) y una vez más, con el aliento cortado, le miro fijamente preguntándole: ¿eso es verdad o es un chiste tuyo?
Coño compadre, no me jodas, que es verdad y todo el mundo en el pueblo lo sabe -responde.
Yo: No, no jodas tú, no es que dicen: ¡pueblo chiquito infierno grande! Entonces ustedes eran los únicos que no sabían que esa mujer era así?
_Si hermano pero yo no sabía que mi familia me iba a traicionar por ella.
Si, es verdad, que tu familia te haya traicionado es lo que más me llama la atención y que dejen que esa “Jineta” se acueste con uno de 16 añitos es una actitud más vergonzosa que la de ella misma. Te voy a decir algo, y es en serio, yo conozco jineteras muy dignas, como igual te digo que no se puede juzgar a la persona por la profesión que tenga pues nadie sabe como ha llegado ahí, pero mijo, si todos en ese pueblo saben quien es ese angelito, o tu eres muy ingenuo o muy mentecato…..
Coño chico no me digas eso –confrontándome.
Claro te lo digo coño, así que tú estabas tratando de jinetear a una guajira que se hacia pasar por extranjera y resultas tú jineteado, arriba de todo, compra a tu familia con pacotilla y te botan a ti de tu casa…
No, yo creo que ella eso lo hace por despecho ¿no crees? –le pregunta mirando a mi esposa.
¿Por despecho? No mijo, eso se hace por “HP”, no me jodas, una cosa es la profesión y otro los sentimientos papito, y ¿ahora donde vives? ¿En casa de la otra novia que te recogió?
_Si, en casa de ella, a esa si no le importó que me haya quedado sin nada…..
No vaya –respirando aliviado- por suerte quedan gente honestas en esta tierra. No si yo te digo a ti que las historias de aquí si que son completamente “surrealista” (creo que esa palabra no la entendió él) y de verdad que no se por que la televisión cubana es tan mala con la cantidad de historias que tienen en la vida real. ¿Me decías tú que el dueño del carro es mal-afortunado? No jodas hermano, que por la historia que me nos haces usted si que es el rey de la mala suerte ¡eh! (y le doy un golpecito en el hombro)
No, si mira –responde más calmado- después de eso me metí en la iglesia y “el señor” me ha guiado por el camino de la paz, pero puedes estar seguro que si logro sacar la ciudadanía española le voy a caer a esa mujer allá a ver que dice. (La suerte es que el señor le ha dado paz por que, de lo contrario, si logra salir de cuba mata a la jinetera) y es que todo viene junto –continua él- pues, casi pegado a eso, es que el supuesto amigo mío, me da la mala con los carros, me meten preso y se va de cuba con el dinero en que los vendió. La suerte es que el dueño de este carro, que me conocía del pueblo y sabe que soy gente honesta, me llama para que le maneje y así me busco los pesos pues sino me hubiera tenido que ir en una balsa, o en un crucero, pues como yo nada más tengo terminado el preuniversitario no creo que me fueran a mandar de misión a Venezuela….
Esta deducción nos saca algo de risas al tiempo que le ponía, él, punto final a toda esta novela que nos había acompañado por las dos últimas horas con un sol que castigaba el techo del “sufrimiento”. Ya no muy lejos se divisaba la mancha de humo negro que tapizaba la habana mientras nos desviábamos un poco antes, en el primer anillo (como se le conoce), para evitar la zona del puerto. Quizás por algún que otro momento tratamos de retomar la conversación pero, los sustos en la vía, nos lo habían impedido. Entramos a la ciudad y yo, hacia un esfuerzo por reencontrarme con la habana de aquellos años en que, desde el cojín de mi bicicleta rusa (afortunado yo) la había descubierto, pero la tarea se me hacia muy difícil en este momento. La ciudad (en arquitectura) no había cambiado mucho. Solo un poco más descolorida, descuartizada y derrumbada pero todavía en pie con ese olor característico que no logro definir. Los semáforos apagados, bicicletas por doquier, las personas cruzando las calles a mediación de cuadra, el niño jugando pelotas en el solar, la señora tendiendo sus sabanas en el balcón y el viejito que vende limones en una carretilla caracterizaban la ciudad a la que había renunciado algunos años atrás, y que ahora me tocaba enseñarle a mi esposa e hijo. Ahí estaba la habana y yo rápidamente guiaba al chofer hasta el punto de desembarque insistiéndole que se arrime a la derecha. Me bajo del carro. Trato de tocar el timbre de la casa de los amigos que nos esperaban. Un señor que pasa por la acera me recomienda chiflar o gritar pues había “apagón” desde la mañana….. ¡Vaya, lo que nos faltaba! Me decido a hacerme notar y grito: ¡Que estoy aquí afuera carajo!!!!!!! Pero nadie se inmuta en la calle. Salen mis amigos muertos de la risa desde el interior de la casa para abrazarnos y ayudarnos con las maletas. Metemos todo apuraditos. Mi hijo se entretiene con los 3 perros y 4 gatos de la casa. Le pago al chofer despidiéndolo con un apretón de manos y una pregunta: ¡bueno que! te vas a llegar hasta la embajada española? (le guiño un ojo). El me devuelve el apretón de manos con un gesto de complicidad. Bueno, ya estábamos en la habana y como dicen muchos: La Habana es Cuba, lo demás es paisaje. Así que todo es permitido.
©A.valdés