Nosotros, todavía en la vieja mansión de nuestros amigos (que cuidan como fortaleza pues les permite hacer semanalmente los ensayo de su banda) nos sorprende la llegada de mi sobrina: “La Artista” (Dramática desde pequeña), la cual esperábamos desde hacia mucho rato... ‘Ño tío!!!! Es que tuve que venir caminando desde lejos!! –Me decía- mientras nos apretamos fuerte haciendo un intermedio a los espaguetis que, con mucho amor, nos habían preparados los anfitriones. Un millón de historias nos debimos haber contado esa tarde entre risas acompañadas por el jugo “Tropical Island” y la botella de cola de producción nacional que adquirimos en un improvisado mercadito (por dólares) del frente. Después de la sobremesa llamamos un taxi legal, del gobierno (que se conocen como Panataxi), para irnos con todas las maletas y nuestro cansancio hasta la casa donde, mi sobrina “la artista”, había separado verbalmente la renta de un cuarto un par de semanas antes.
- Tu estas segura que esa gente en tu edificio tienes buenas condiciones –le pregunto entretanto acomodamos el equipaje en el maletero.
- Si tío –me responde- yo les dije que ustedes llegaban hoy y que venían con un niño, ellos estaban muy contentos pues en esta etapa no hay mucho turismo.
- Ok, y..... ¿Cuanto es que cuesta la habitación con baño?
- Ellos me dijeron que 35 diarios más la comida, si es que quieren que ellos le preparen desayuno o cena (que fina esta palabra para un cubano eh!).
- ¡ay tío mira que te gusta burlarte!......
- No está mal -responde mi esposa- al menos podemos estar cerca de ti y salir juntos (refiriéndose a la “sobri”).
Nos despedimos de los amigos con la promesa de regresarnos más tarde para continuar la tertulia. El taxi, en su camino, bordeaba un área que, años atrás, había sido sede de unos edificios de oficina y que ahora, convertido en parque, acogían transeúntes cansados o largas filas de espera por el transporte local.
- Oye sobrina –como sorprendido- y es que ahí no habían unas oficinas del hospital.
- Hay tío mijo, aquí cada vez que se cae un edificio hacen un parque, esa es la ultima.(Nos reímos de la frase)
- No muchacho –interfiere el chofer- si en cualquier momento la habana tiene más parques que Holguín y le roba el protagonismo –nos dice con una mirada burlona.
- Y es que Holguín tiene muchos parques? Y es que está muy lejos? –indaga mi esposa
- Ni se te ocurra mami, que eso está al otro lado de la isla y, si multiplicas la distancia por lo malo de las carreteras, entonces está llegando casi a España.
Apretaste mijo! –Me dice alguien desde el fondo tratando de controlar a nuestro pequeño que se desvivía por mirar por la ventanilla.
Llegamos al costado del edificio donde La Artista (ilegal en la habana y que renta un cuarto mensual por algo de 30 CUC) aparentemente nos había separado la habitación. Bajamos todo y, con paso cansado, alcanzamos la cerca que delimitaba los predios de la residencia. Abrimos el pórtico y, rápidamente, una afrocubana “empotrada” en el sillón del portal nos recibe con: Son ellos tu familia? (esto me huele mal...deduzco en cuestiones de segundos) ¡Hay niña que pena! -continua la alquiladora- Pero como nunca me confirmaste le rentamos a otra persona, ya ahora estamos llenos, no tenemos habitaciones... (Todo sin haber movido un músculo del “trono” y mirando al infinito).
Yo sé que en ese preciso momento a mi sobrina le hubiera gustado que se la tragara la tierra. Pero yo, que bajo extrema presión cubana me lleno de calma, la tomo del brazo y bajito, en el oído, le susurro:
- déjalo así, si ella no tiene habitaciones por alguna razón será, todo lo que sucede conviene... salgamos de aquí y después buscamos otro.
- Pero tío....-trata de responderme ella-
- Nada, nada, (dándole poca importancia al desplante y la espalda a la empotrada) dejemos esto así y vamos rápido que ya la noche esta cayendo –al tiempo nos regresamos con la familia a la acera.
- Mira mi niña –nos grita la empotrada desde el lejano portal- ahí hay dos casas que rentan pero no sé si rentan con niños, ve hasta allá.
- Ok gracias -le respondo, porque mi sobrina no podía ni hablar- llegando casi a la esquina.
La situación se empezaba a poner difícil, nos habíamos confiado en que todo estaba resuelto y, definiéndolo en buen cubano, nos “comió el león”. Subimos hasta el tercer piso, donde otra inquilina que le rentaba a mi sobrí nos permite transitoriamente dejar todo el equipaje, en tanto buscábamos, por una hora y dos cuadras a la redonda, un cuarto de renta para los venideros tres días. Todo era cada vez más dificultoso, el que no estaba lleno, no rentaba con niños, estaba en reparación o, en el peor de los casos, no podían rentar a extranjeros por tantos días. Nos regresamos al apartamento de mi sobrina, que más apenada no podía estar y donde, en el ultimo de los casos, tendríamos que apretarnos los 4 durante la noche en su cama (dicen los más optimistas que antes del amanecer la noche se hace más oscura y yo confiaba en ello) Por el momento logramos bañarnos a golpe de jarritos de agua desde un cubo en lo que la sobri preparaba una comida rápida con frijoles y picadillo. Hago unas llamadas a los hoteles de la ciudad por el aquello de que nadie sabe si había algún precio módico desistiendo, después de la segunda respuesta, al darme cuenta que nada había cambiado. Llaman a la comida y mi esposa que se sienta en la mesa con mi hijo. Los acompaño en una de las esquinas. Los frijoles le encienden el bombillo a la artista y de repente le da por llamar a otra amiga que le recomienda una casa de renta a solo unas cuadras. Sin embargo, decidimos comer y caminar luego.
Bajamos las escaleras y enfilamos (tío y sobrina), loma abajo, hasta la casa referida. Nos recibe una señora que, con dos habitaciones disponibles, nos vende el sitio como el más seguro y limpio de todos. Yo, en realidad, ya no tenía mucha más opciones a esa hora como para ponerme pesado. El sitio no estaba del todo mal, por lo menos limpio y organizado con ventilador, aire acondicionado, baño independiente y hasta agua caliente (ni que nos hiciera falta).
- Bueno señora –como cerrando el trato- si me pone la camita para el niño en el cuarto nos regresamos ahora mismo.
- Claro que si, yo voy organizando todo en lo que ustedes regresan.... y no tengas miedo mijo que yo no le voy a rentar a nadie como te hicieron los de la otra casa.
(¿Y como ella se enteró de los que nos había pasado? ¡Coñó!!! Aquí si que los chismes corren rápido) Pero bien, así ya, con más calma, me devuelvo por mi familia comunicándoles que hemos encontrado la morada final de ese día y dándole las infinitas gracias a la anfitriona de las ultimas 2 horas.
Comidos y bañados (gracias a dios, el picadillo de soya y el jarrito del baño) desempacamos todo rápidamente y decidimos devolvernos por los amigos de la tarde para, con ellos, darnos una vuelta por el famoso “vedado”, el reparto más poblado de Latinoamérica, el sitio de donde son la mayoría de los cubanos que viven en el extranjero y que han transformado el barrio habanero en morada previa sobre-poblándolo, de tal manera, que a estas alturas puede tener, sin equivocación, la mitad de la extensión territorial nacional. Es como si todos los Estados unidos dijeran vivir en Manhattan o toda España en el barrio de Salamanca.
Optamos de que el panataxi -ese que habíamos esperado por espacio de media hora a que nos recogiera- nos “aterrizara” en el malecón y calle 23 (sitio de referencia inequívoca) donde la oscuridad se tragaba el litoral sin importarle tener todas las luces encendidas. Cruzamos la calle para sentarnos en el muro donde evitábamos a más de uno que nos vendía el famoso cucurucho de maní a buen precio. Mi hijo disfrutaba el sonido y el olor del mar repitiendo las últimas malas palabras que había escuchado de mi boca. Mi esposa entablaba conversación con nuestra amiga. Yo, con mi sobrina y mi otro amigo, nos debatíamos del por qué las calles tan oscuras. Los autos, con mucho cuidado, trataban de tomar izquierda en la oscuridad y en ausencia del semáforo. La noche fresca (por suerte). El tiempo que pasaba mientras se abarrotaba, cada vez más, el muro malecón. No parecía martes, podría haber sido sábado o domingo. Al menos desde el muro se desconectaba del ambiente cargado del otro lado de la calle –decía alguien-. Todo era como un calmante que decidimos abandonar, después de un rato, para caminar calle arriba en busca de algo más privado. El bar de jazz: muy caro, el “rapidito” por CUC: repleto. Los travesti y las putas se hacían notar en las esquinas y la heladería Coppelia cerrada. A esa altura, nos quedaba la cafetería del Hotel Habana Libre como única opción aunque, ella, nos devolviera los malos recuerdos de, cuando tres años atrás en y escasas 4 horas en la ciudad, habíamos podido tomar solo helado de vainilla de todo un menú súper extenso y en faltante. De todas formas y, presionados por la insistencia de mi hijo de tomar algo, decidimos quedarnos a hacer un segundo intento. Por suerte esta vez el menú no estaba tan mutilado.
Después de algo más de una hora, todos repletos, contentos, cansados de hablar y con mi hijo desmadejado en mis brazos, alcanzamos a parar, en las afueras, otro taxi (este de nombre OK) que sin mucho interrogatorio, pasándonos por el túnel de la calle 31, nos devuelve a cada uno, desapareciéndose rápidamente en la oscuridad de la 7ma avenida, luego de estar seguro que habíamos podido abrir la reja de calabozo que, por puerta frontal, tenia la casa de renta y que la convertía en un punto prácticamente infranqueable.
Día 6. El miércoles amanece fresco y tranquilo, nos levantamos temprano para aprovechar la mañana hasta que, en la tarde, pudiéramos ir con La Artista (que en esos momentos estaba en los ensayos de su grupo teatral) hasta el morro o la habana vieja. Trato infructuosamente de contactar telefónicamente un amigo que me había propuesto transportarnos en su auto. La anfitriona, aprovechando la puerta abierta de la habitación, nos invade con una taza de café y nos propone un desayuno “riquísimo” después del cual resolvemos caminar hasta la no muy lejana costa, sin tener que depender de un transporte. Las aceras todavía no estaban hirviendo pero ya las paradas de ómnibus, adornadas por el “viva la revolución” o el “viva Fidel” del fondo, mostraban largos grupos de espera. Pasamos, despacito, por el acuario nacional (que se repletaba en semana de receso escolar) siguiendo hasta la descubierta costa en la calle 70 (que parecía más basurero que sitio de contemplación) y donde unas cuatro personas practicaban surf. Se respiraba tranquilidad en el sitio pero estaba demasiado sucio como para extendernos en nuestra visita. Nos devolvemos -evadiendo las señales de: “no pise el césped” que nos atacaban por doquier- tratando de encontrar la acera que bordeaba el rimbombante hotel más cercano hasta la calle 3ra y.....ahí mismo, como maldición de miércoles atravesado, comienza nuestra desdicha. Al cruzar la calle con la luz verde peatonal somos casi atropellados por cuatro autos, incluyendo un almendrón y un “tur” (como se definen los autos de renta por CUC), que se apuraban a tomar la derecha en esa intercepción. En otro país esto se hubiera considerado infracción o amenaza al peatón pero, en la habana, nos ganamos el calificativos de “comemierdas” y “échense pa’lla” gritado por los chóferes que se nos encimaban ante nuestras caras atónitas. Asustados e indignados logramos cruzar la calle y, maldiciendo la indisciplina vial, nos refugiamos en un enorme mercado cercano (gloria del pasado y vergüenza del presente) al que se nos prohíbe la entrada por la mochila que cargaba en mi espalda.
- Mire señora que esta mochila es mi cámara, usted quiere se le la abra.
- No, mia, no se pue’entlal con ná, si quiele dejala en el gualda’olso –me responde con un idioma un poco extraño-
Ante la prohibición, y la inseguridad del guarda-bolsos, mi esposa prefiere quedarse afuera con mi hijo y la mochila mientras, yo, me desaparezco a perder mi tiempo en el interior ya que, no obstante al tamaño de la instalación y el historial que lo precedía, la mitad de los estantes y refrigeradores estaban más vacíos que película de post-guerra, ni imaginar entonces que pude encontrar jugos nacionales o el famoso yogurt que, ante mi interrogante, se me describen como: “productos están en falta”...
- Pero estarán en falta hace 50 años ¿no?, respondiéndole a la cajera que me preguntaba como pagaría por los escasos panes, leche y refrescos que maravillosamente había encontrado.
Detallando el cajero descubro que se podía pagar con tarjeta de crédito y, en uno de los actos más ingenuos de mi estancia, decido usar esa vía para ahorrarme, supuestamente, el dinero en efectivo. “Desenfundando” mi tarjeta en el punto de pago descubro que ese tipo de evento en cuba esta hecho, precisamente, para que nunca se nos olvide que la paciencia existe porque el desespero es inevitable. Después de mostrar la tarjeta, la vendedora tiene que ir hasta una caja especial de la tienda, establecer la conexión, pasar la tarjeta, venir de nuevo a pedirme otra identificación con foto, decirte que no te pareces a la foto, esperar por un recibo, anotar el numero de la identificación en él, caminar hasta mí con el recibo para que lo firme, pasar el producto y la tarjeta en su caja, poner en el recibo el numero de la tarjeta y hacerme firmar el ultimo nuevamente en lo que me devuelve la tarjeta y la identificación...!dame paciencia dios mío, dame paciencia!, indiscutiblemente, no pago más con tarjeta en un mercado. Salgo. Mi esposa no me cree que de los 25 minutos dentro del sitio 22 fueron la espera para pagar, ella dice que eso no puede ser posible pues no había cola. Yo desvío la conversación. Nos sentamos en las afueras al golpe de reggaeton y pedimos unos jugos de mangos que se exhibían en una pancarta.
- No mi vida eso está en falta –nos explica (cariñosamente) la joven que atendía que venia y se alejaba al son de la música
- Bueno está bien –tratando de reponerme- dime, en lenguaje claro, que tienes para limitarme a ello.
- Lo que tiene precio y subrayado con lápiz –nos aclara.
Devorábamos entonces (los adultos) la única opción de sandwich con una cerveza (para bajarme los calores del genio). Mi hijo mete una de sus “perretas” al darse cuenta que de la pancarta de helados Nestlé que se mostraba a un lado de la nevera solo “dos” estaban disponibles y, desgraciadamente, eran los únicos que el no había señalado. Logramos convencerlo por uno de ellos al mismo tiempo que mi esposa, “deslumbrada” por los autos de renta parqueados a nuestros costados me pregunta si no era mejor alquilar uno y prescindir de los taxis y los almendrones.
- Mira -le respondo- desdichadamente, y apartándonos del precio de la renta, yo aprendí a manejar en otro país, o sea que si tú le sumas a eso al estado de las calles, las pocas señalizaciones y la indisciplina que se botan mis coterráneos lo más posible es que nos matemos en el primer intento, así que yo prefiero que maneje otro... ¿me entiendes?
- Bueno si tú crees eso pues será mejor así, tú conoces mejor que yo esta ciudad –me responde ella en tono de aceptación-
Terminamos la merienda. Nos despojamos del sitio bordeando la embajada-fortaleza Rusa que se erige, imponente todavía, como símbolo del intervensionismo que se le permitió durante tantos años en la isla. Las calles no tenían mucho tráfico, por ello, seguimos loma arriba sin ningún otro percance automovilístico hasta la casa de renta donde, sin mucho que hacer, la anfitriona, comienza un interrogatorio solapado por las historias de los supuestos extranjeros que han visitado su casa y que inevitablemente regresan al otro año (me imagino porque no hablan español pero, si ella sigue así, yo no regreso más). Me voy hasta el balcón a tirar unas fotos en espera de mi sobrina en lo que, mi esposa y mi hijo, se guardaban del sol en la sala.
- Quieren que les prepare almuerzo –nos pregunta la anfitriona-.
- No gracias ya comimos algo allá abajo en el mercado. (miro a mi esposa) yo creo que lo mejor es llamar un taxi ¿no? – tratando de ponerle punto final al interrogatorio.
La anfitriona nos propone llamar a un amigo pero, este, no estaba disponible. Llamamos a un Panataxi y dejamos nuestras referencias en la casa en caso de que alguien nos llamara. Mi sobrina seguía brillando por su ausencia. 10 minutos más tarde bajamos a la calle sin tener evidencias o rastro de Taxis. La artista (mi queridísima y demorada sobrí), finalmente, aparece por una esquina con paso cansado pues, según ella, había tenido que caminar por algo más de 10 cuadras a nuestro encuentro, le brindo de nuestra agua y subo, una vez más, a contactar la agencia de taxis que me pide paciencia (no jodas, si eso es lo que más he tenido desde que llegué) sin muchas esperanzas bajo y le hago señas a otro panataxi que en sentido contrario gira en U bloqueando la avenida.
- Hasta el morro chofe?
- si como no, monten. -nos responde él.
- Si te es posible irte por el malecón te lo agradecería –le sugiero con la intención de mostrarle a mi esposa el supuesto eclecticismo arquitectónico de la ciudad que parte del periodo colonial español y que para en la década de los sesenta, insertándole algunos elementos post-revolucionarios y hasta buenos ejemplos del Kitsch con, algún que otro, derrumbe o parquecito improvisado. Luego del deleite nos desaparecemos, para alegría de mi hijo, en el túnel de la habana donde el chofer no los describe como el primero de América (fundamentado en esa maldita condición que nos hace pensar que fuimos los primeros del pasado como justificación a ser los últimos del presente). Nos deja en la entrada de la fortaleza del morro, desde donde se podía divisar -después de franquear un millón de vendedores de artesanías que se aglomeraban en el primer nivel- una imponente ciudad que ahora se desvanecía entre el golpe del tiempo y el salitre.
Nos tomamos nuestro tiempo recorriendo las afueras, logramos evadir unos de los cobradores en un pasadizo pues, en teoría, no entraríamos al área de la farola. Llegamos hasta un área solitaria donde nos recreamos por un buen rato. Ya de vuelta, y haciéndonos los locos, tratamos de pasarnos al interior pero los cobradores son infranqueables. Regresamos al área de la entrada y bajamos por un largo trecho hasta unos de los famosos restaurantes pero su soledad nos da mala espina y decidimos no exponernos a una comida que sabe dios desde cuando la guardan. Subimos otra vez y, como quien no quiere las cosas tomamos rumbo a la fortaleza de la cabaña, camino que se nos troncha al enterarnos que estaba cerrado por la inauguración de la feria del libro. Se nos habían acabado las opciones de ese lado y la habana parecía aún muy lejos. Le saco la mano a un almendrón que acababa de dejar a alguien y cuando le digo que vamos para la habana me dice que me lleva pero por 5 CUC. Este se volvió loco......
- 5 CUC hermano? Oye, que solo son 700 metros de túnel eh? –le contesto medio indignado-
- Bueno y cuanto tu me das? Me pregunta el chofer
- ¿Yo? Nada, y muchas gracias por su servicio -dándole la espalda y arrastrando a la tribu hasta el tope.
En nuestro camino, loma arriba nuevamente, el almendrón nos pasa por el lado y parquea un poco más adelante. Mi sobrina no me quitaba la vista y mi esposa, que sabia lo que se avecinaba, le sugiere: déjalo tranquilito que ese está que explota. Yo, parado, meditativo, seguía el ir y venir de los autos en el túnel mientras pensaba: ¿y no es que podremos cruzar ese túnel caminando?
©A. Valdés

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